Europa, parque temático

Las 'primarias' de mayo

El próximo mes de mayo está mucho más cerca de lo que nos pensamos. Y si no, esperen a que pasen estas fiestas y sufrirán en sus carnes la pesadilla del inicio de una interminable campaña de elecciones al Parlamento Europeo que, en esta ocasión, comenzará mucho antes y serán mucho más transcendentes que todas las vividas en nuestro país desde que estamos en Europa.

No olvidemos que serán la antesala de un año 2015 cargado de citas electorales con elecciones locales, autonómicas y generales. En España, quizá por haber llegado tarde a Europa, y sin ninguna honda convicción, tradicionalmente la participación en los comicios europeos ha sido baja o muy baja. Al ciudadano de a pie, Europa le queda lejos y sólo es consciente de su existencia cuando en su particular economía doméstica nota los efectos de los recortes impuestos, se indigna con la desaparición de la 'doctrina Parot' o le abren un expediente a su equipo de fútbol de toda la vida. Pues bien siendo eso así, los sondeos realizados en los últimos meses, auguran una abstención ciertamente preocupante para la convocatoria de la segunda quincena de mayo de 2014. Vaticinan, también, una caída significativa de los dos grandes partidos nacionales, PP y PSOE, y ello no tendría que ser malo en sí mismo, si no fuera porque la alternativa de un mosaico de partidos pequeños, algunos de ellos radicales, es todavía peor. El hastío que tienen los ciudadanos de la clase política, la poca relevancia que tiene España en el actual concierto europeo y la falta de fe en ambas cosas harán que la abstención pueda alcanzar, si no superior, el cincuenta por ciento.

Cierto debate --y derivado de ello, alguna reflexión-- siempre es positivo si contribuye a que el ciudadano vaya conformando una opinión ilustrada de su participación en la consolidación del siempre inacabado proyecto europeo. Pero, para ello, se ha de saber distinguir entre propuestas serias y candidatos, más o menos idóneos, de lo que son, simplemente, “globos sonda”, intentos de desprestigiar al adversario, o propuestas sin sentido que se lanzan para “ver cómo reacciona la gente”. Es necesario saber identificar los planteamientos demagógicos, que tuvieron tanto gran éxito en la última contienda electoral, y que, pasado el tiempo, nos ha permitido saber que fueron un engaño colectivo, que contribuyó a agravar, aún más,  una crisis negada, que terminó provocando un incremento, si cabe, de nuestra frustración.

Lo bueno, quizá lo mejor, de la democracia, es que cada cierto tiempo podemos retirar el poder y la confianza a quienes se lo otorgamos y no han sabido devolvernos la confianza en ellos depositada. Bien porque nos engañaran bien porque han demostrado su incapacidad para gobernar. Espero que, esta vez, los electores seamos sensatos, tengamos los pies en el suelo y sepamos distinguir el grano de la paja. Que nos atrevamos a dar la espalda a los 'encantadores de serpientes', verdaderos profesionales en el arte de embaucar y que hoy pululan por nuestras instituciones. Sobre todo, espero que los programas que nos propongan los partidos sean serios, responsables y sin mentiras encubiertas. Y que sus candidatos tengan la formación suficiente, y sean, ética y moralmente, intachables. Desde el momento en que es elegido, e incluso antes, desde el momento que es  proclamado candidato, esa persona es centro de atención y se convierte en un líder social que influye, que debe influir, y, aunque parezca frívolo, 'marcar la moda', la forma de hacer y estar, entre sus conciudadanos. Y si esa influencia es positiva, es tan importante como las acciones concretas que pueda llevar a cabo.

Ahora, cuando se están seleccionando los candidatos y elaborando programas, los partidos políticos, los grandes responsables de la calidad de nuestra democracia, deben saber que no sólo se trata de ganar unas elecciones, sino de combatir la frustración, la desidia y el “todos son lo mismo” y cambiarlo por la ilusión y la esperanza de una sociedad mejor. Para eso hacen falta líderes que sepan qué decir y qué hacer, y sobre todo, cómo decirlo y cómo hacerlo. Líderes que reúnan la ética y la estética en sí mismos. No vale cualquiera.

Andamos desconcertados intentando adaptarnos a un futuro que no es el que pensábamos, y sin capacidad ya para imaginar un nuevo “proyecto mejor”. Europa, no sólo para los propios europeos, sino para el conjunto del planeta, tiene un extraordinario papel que jugar en la estabilidad y la paz en el mundo. Por ello ha de cohesionar sus políticas superando viejos y decimonónicos nacionalismos, tanto ideológicos como económicos. Son muchas, quizá demasiadas, las tareas pendientes para conseguir esa verdadera Unión Europea, o mejor dicho Europa Unida. Esta crisis que parece languidecer, y que España sufrirá todavía por algunos años, ha reverdecido algunos nuevos modos de nacionalismo, no evidenciados en las viejas aspiraciones territoriales, pero sí en las modernas imposiciones de política económica que no dejan de consagrar el poder de los fuertes frente a los más débiles. Es necesario ahondar en una estructura federal que en lo político cohesione y posibilite una inequívoca redistribución de la riqueza de los ciudadanos de la Unión. Muy probablemente una Europa federal sería más verosímil que un 'gigante europeo con pies de barro'. Es igualmente necesario cerrar de una vez por todas la unión bancaria y facilitar, con ello, la inaplazable unión fiscal.

Dicen que la esperanza es la más humana de las tres virtudes teologales, por lo que de egoísta y vanidoso nos define, es decir, que nos queremos tanto y nos creemos tan importantes que pensamos que nuestros deseos necesariamente se han de cumplir, y no podemos desaparecer sin más. Soy de los que piensa que ningún tiempo pasado fue mejor, que la sociedad siempre avanza, y por eso mismo, porque siempre lo hace, tengo la esperanza de que esta sociedad reafirme, con orgullo, en estos tiempos confusos, sus orígenes, su cultura y los valores que la han hecho libre. Por ello yo preferiría a una derecha, o a una izquierda, que nos gobernase proponiéndonos lo que debemos ser desde la honestidad, la honradez y el castigo a la corrupción que está a la orden del día en nuestro país.

Les deseo, aprovecho para ello, unas muy felices fiestas y que, junto a sus hijos/as y nietos/as – discúlpenme este intencionado lapsus ortográfico - disfruten  'montando el Belén'.


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