Europa, parque temático

El 9-N y el muro de “Merlín”

Caída del Muro de Berlín

Ha querido el azar que el 9 de Noviembre de 2014 hayan coincidido en el tiempo la conmemoración del 25 aniversario de la caída del muro de Berlín y la celebración de la parodia irresponsable del evento participativo convocado por Artur Mas como refrendo de los ciudadanos –no todos- de Cataluña para expresar su voluntad de separarse de España y constituirse en Estado independiente.

El 9 de Noviembre de 1989 supuso, de facto, el final del siglo XX y el comienzo anticipado del siglo XXI. Tras 44 años de división y vergüenza se cerraba una de las más hondas heridas producidas en Europa consecuencia del desenlace de la segunda gran guerra continental. Han transcurrido, de manera vertiginosa, 25 años desde aquella noche, que todos guardamos en nuestra memoria, en la que en una rueda de prensa un gris funcionario de la RDA, a pregunta de un periodista italiano, precipitó, involuntariamente, la caída del muro y la apertura de los pasos entre uno y otro lado de Berlín. Aquel acontecimiento, no sólo representó la desaparición física de la frontera que tantas vidas costó  a ciudadanos  alemanes que ansiaban huir del régimen del “telón de acero”, supuso algo mucho más importante para la historia de la civilización actual como era la desmembración del comunismo en el viejo continente y el inicio de la verdadera construcción de la nueva Europa que hoy conocemos.  No cayó  un muro físico, sino una más importante barrera ideológica que separaba dos visiones del  mundo, dos formas distintas de organizar la sociedad.

 A ello contribuyeron protagonistas de la Historia, con mayúsculas, que siempre serán reconocidos como actores principales de un suceso que si bien se aventuraba en un futuro, jamás se imaginó tan pronto y tan irreversible. Se confiaba en que aquello sucedería algún día, pero también, que costaría enormes sacrificios y esfuerzos que afortunadamente aquel 9 de Noviembre de 1989 se permitió conjurar. En última instancia, la desaparición de aquella monstruosa barrera artificial, que separó familias y amigos a ambos lados de ella, recuperaba la eterna aspiración alemana del siglo XX transcurrido hasta entonces, de ver algún día su capital reunificada. Es decir el gran acontecimiento de aquel capítulo de nuestra historia más reciente contribuiría a consagrar la unión de las dos Alemanias. A la recuperación de la historia de un pueblo milenario de siglos de convivencia al que los resultados de una guerra provocada por un líder patológicamente visionario arrastró.

Hoy  Alemania es una pieza clave de la vertebración de la Europa que todos ansiamos.  Solidaria e integradora. Capaz de contribuir al progreso de los diferentes pueblos que la configuran y con el inequívoco objetivo de superar las diferencias económicas entre ellos desde la concepción de un verdadero estado plurinacional pero unificador en sus últimos postulados.

Coincidencia con el 9-N

Decía al inicio, que el azar ha querido que coincidieran en el tiempo ambos acontecimientos: la conmemoración del aniversario de la caída del muro de Berlín y la celebración en Cataluña del “vodevil” orquestado por un visionario Artur Mas, convertido en una suerte de personaje entre Merlín el Encancatador y el Flautista de Hamelín. Un político que se cree ungido por la historia para convertir a Cataluña en un Estado independiente que será la tierra prometida para sus ciudadanos.

Una Cataluña separada de la España que durante siglos la ha sojuzgado y expoliado.  Una España, dicen, que ha reprimido toda iniciativa de desarrollo cultural propio. Esa misma Historia, por la que él se cree ungido para liderar a su pueblo, no sólo no acredita tales manipulaciones de la misma si no que permite comprobar cómo Cataluña ha crecido y evolucionado hasta llegar al momento actual con las más altas cotas de autogobierno de las que jamás haya gozado y, por supuesto, muy superiores a las de muchos de los espejos en los que se miran los irredentos nacionalistas catalanes.

Este 9 de Noviembre, Cataluña ha vivido otro día, el enésimo de los últimos dos años, de tensión y desasosiego. Una jornada presidida por el sucedáneo de la “consulta participativa” auspiciada por el “Govern” que preside un patético Artur Mas, rehén de Esquerra Republicana y de las asociaciones civiles  que, habiéndoles facilitado los recursos económicos y mediáticos para su organización, le han desbordado y ahora son una amenaza difícilmente controlable para él.  Una consulta sin ninguna garantía democrática. Sin un censo y una organización independiente que supervise el proceso de seguimiento y control de los resultados. Donde se puede “votar” por internet o transcurridos varios días posteriores a su celebración. Y si como la propia Generalidad de Cataluña sostiene ahora, no es más que un mero ejercicio de libertad de expresión y un proceso de participación ciudadana, ¿por qué se engaña a los ciudadanos convocándoles a “votar” su futuro separados de España?

Se está produciendo un encantamiento perverso de los catalanes haciéndoles creer que la parodia de una consulta plagada de ilegalidades, legitimará sus aspiraciones de libertad e independencia. El resultado de este 9-N, sea cual sea el que oficialice el Gobierno de la Generalidad, no será otro que la generación de una mayor frustración de muchos ciudadanos que inocentemente, pero de buena fe, hayan podido creer en esa tierra prometida que Artur Mas les ha ofrecido. Un viaje a ninguna parte. Supone, también, un agravio más al Gobierno de España, que constata, también una vez más, la deslealtad institucional de un  President cuyo fracaso personal ha conducido a Cataluña, durante los dos últimos años, a un auténtico desgobierno. Ahondará en la profundidad de la herida abierta y dividirá  más a los catalanes y a estos con el resto de España.

Un verdadero problema

Es obvio, e imposible no afrontarlo, que España tiene ante sí un verdadero problema con la “cuestión catalana”  y que la política, la política con mayúsculas, ha de ponerse a trabajar en una pronta solución. Pero también lo es que a la hora de sentarse a  la mesa de la negociación las cartas no pueden estar marcadas y la lealtad ha de ser premisa y compromiso irrenunciables. No se puede negociar una salida con la amenaza encima de la mesa. Con la presión permanente de una calle manipulada y maliciosamente encantada con engaños imposibles. Ha de encontrarse una solución jurídicamente factible que resitúe el problema a sus justos términos. No cabe, en nuestro ordenamiento constitucional actual, solución alguna que pueda satisfacer las ansias nacionalistas si para ellos la única factible es la independencia de España.

Necesidad de dialogo

Afortunadamente el 9-N ha transcurrido y es a partir de este momento cuando sin esa agobiante presión debe abordarse, con serenidad y transparencia, la cuestión para tratar de contener la sangría que la situación está provocando entre los ciudadanos de Cataluña. El problema será  identificar al interlocutor capaz de representar al Gobierno de la Generalidad en la mesa de la negociación. Se me antoja que Artur Mas está deslegitimado por sus propios actos y por la inestabilidad de sus posiciones. España necesita, en estos momentos, en los que la dura recesión  de los últimos siete años parece que toca a su fin, ofrecer una imagen de serenidad y estabilidad que le permitan poder consolidar esa incipiente recuperación y con ello ir creando empleo, lo único y verdaderamente importante para poder reconocer que la salida de la crisis es una realidad. Importantes actores  de los mercados financieros ya recomiendan no invertir en deuda española como consecuencia de la crisis de Cataluña y la irrupción de Podemos.

No deja de ser una paradoja que mientras Europa celebra alborozada la conmemoración de la caída del muro de Berlín, veinticinco años después un político visionario  -él mismo se ha comparado con protagonistas de la historia de la talla de Martin Luther King o Gandhi-  pretenda levantar otro para dividir y separar a ciudadanos de una de las naciones de mayor peso en la historia del viejo continente. Una historia que no puede ser revisada y manipulada para arrastrar a todo un pueblo al abismo de la desmembración.


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