Europa, parque temático

Un laicismo obsesivo

Me lleva a escribir este artículo el recuerdo del solemne bautizo de mis nietos y de la ceremonia que tuvo lugar con ocasión de ello. 

Durante la celebración, el sacerdote derramó, sobre la cabeza del verdadero protagonista del acto, el agua bendita, y dirigió la palabra a los asistentes allí reunidos -los padres, padrinos, familiares y amigos- recordándonos el significado del acto. La verdad es que la ceremonia, resultó emotiva e importante toda vez que representaba haber ejercido una opción en favor de una criatura desde la responsabilidad de quien cree dar un paso acertado en nombre de un ser que en ese momento no puede decidir pero desde la firme convicción de unos padres libres, para querer educar y formar a su hijo, desde su nacimiento, en la fe católica. Las Iglesias, en general, proporcionan un marco inmejorable y adecuado para solemnizar y engrandecer este tipo de celebraciones. Y no sólo las Iglesias, pues lo mismo sucede con similares ceremonias desarrolladas en Mezquitas o Sinagogas. Es evidente que el marco contribuye a vivirlas de una manera especial y profunda.

Como en todos los casos, mis nietos estaban ya inscritos en el Registro Civil desde el día en que nacieron. Con el acto de su inscripción habían adquirido su condición de ciudadano, titular de todo un abanico de derechos. En razón de ello, el bautizo fue un acto voluntario de los padres, tradicional y satisfactorio, para mí y para todos los que les acompañamos, encaminado a subrayar la importancia que tiene el que el bautizado sea recibido en el mundo religioso y cultural al que pertenece por nacimiento y familia. Y si quieren que les diga la verdad, no entiendo a aquellos que deciden no bautizar a sus hijos porque, defienden que, de ese modo, cuando sean mayores, podrán elegir ellos a que religión quieren pertenecer. Pienso que los padres, si creen en algo, tienen la obligación de introducir a sus hijos en lo que creen. Postergar el bautismo solo puede deberse a la falta de convicciones de los padres, a su desidia, y a su nulo compromiso con el mundo, la cultura y los valores en lo que viven. La propia Constitución Española, consciente de la importancia de asistir al niño en la primera etapa de su vida y su incorporación a la Sociedad, establece en el art. 27.3 el ''derecho que asiste los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones''. Lamentablemente, esa desidia, ese “dejar que el niño haga lo que quiera”, de muchos padres, es la principal causa de los graves problemas de indisciplina, bajo rendimiento, nulo sentido de la responsabilidad, y abandono escolar, que encontramos en nuestro sistema educativo.

Esa forma de desidia, el no querer discutir, el da igual una cosa que otra, tiene como consecuencia el que nos mostremos indiferentes ante quienes, alegando igualdad, menosprecian y desprestigian nuestras costumbres, creencias y valores culturales, como si ello fuera la causa de todos los males que azotan el mundo. Ahora, a los nuevos progresistas, se les ha ocurrido, y están presionando para que se institucionalicen, los “bautizos laicos”, “civiles” les llaman. Luego vendrán las “comuniones laicas” y los “funerales laicos”. Muy recientemente algunos líderes de nuestra provinciana política, con ocasión de las recientes honras fúnebres en recuerdo del presidente Suárez, reclamaban que en un futuro próximo, las exequias fueran civiles y laicas. Con el difunto expuesto en los salones de pleno de los Ayuntamientos, y con el funcionario de turno, civil, por supuesto, pronunciando un panegírico. Los que dicen que no debe existir ninguna religión, porque eso no es racional, intentan crear nuevos ritos y ceremonias para solemnizar el “laicismo” de nuevo cuño. Para convertirlo en una nueva religión. Y para tales solemnidades laicas proponen que sean las instituciones públicas (que son de todos) las que faciliten los marcos acordes a la importancia de quien se quiere honrar. Ponen como excusa que ya existen los “matrimonios civiles”. Olvidan, intencionadamente, que el matrimonio es un contrato entre dos personas que exige la presencia de un funcionario público que lo certifique. Los bautizos, las comuniones y los funerales, son actos de íntima privacidad, voluntarios, y que cada uno realiza según sus creencias y convicciones exigiendo para ello el mayor de los respetos.

Y como escribía el filósofo, “para mirar hacia algún sitio hay que colocarse en algún sitio”. Si lo quieren de otro modo, es imposible imaginar el futuro si no eres consciente del presente que vives. Y si intentando construirlo destruyes lo que tienes, y te quedas sin nada en lo que apoyarte, sólo conseguirás el vacío. Digo esto, porque destruir los valores y creencias en los que se sustenta la convivencia de una sociedad, es condenarla a la nada, al todo vale, al individualismo más egoísta, en el que “lo bueno” es, únicamente, lo que a uno le beneficia, sin tener en cuenta a los demás. Decía Einstein que “el mal no existe, solo es la ausencia de Dios”, entendiendo a “Dios” como el conjunto de creencias, sentimientos y valores que nos hemos dado a lo largo del tiempo. Porque, efectivamente, una sociedad sin valores éticos y morales que defender está abocada a su destrucción.

En el momento actual se está generando un ambiente que pretende sacralizar un obsesivo laicismo, en el que todos seamos laicos. En España, nuestro arraigado comportamiento pendular, de extremos, de filias y fobias quiere convertir a la sociedad en una suerte de paraíso laicista donde en aras de maximizar el logro del “vellocino de oro” que representa la siempre mal utilizada libertad de conciencia, terminan conduciéndonos a todos al “unitarismo” del progresismo laicista. Determinados medios de comunicación, “enganchados” a ese falso postulado, producen, y exhiben sin pudor alguno, programas y reportajes vergonzantes, repletos de personajes amorales, irrespetuosos y escandalosamente obscenos, que, además, alardean de ello, desde la asunción de su propia “zafiedad” e, incluso, se esfuerzan en asociar su mediocre y simple concepto de “felicidad” con la ausencia más absoluta de cualquier planteamiento ético o moral.

Con un mundo de la cultura en el que sus protagonistas, se llaman así mismos “generadores de opinión”, divididos entre los que asisten al espectáculo de un modo acrítico, precisamente por su falta de criterio, y los que ocultan su ignorancia con un pretendido progresismo, aplaudiendo a quien les da de comer, al menos, estómagos agradecidos. Con unas organizaciones, cívicas y religiosas, embarcadas, ahora, en guerras que ya perdieron precisamente por no saber adaptarse a los tiempos y aferrarse a planteamientos caducos. Y, por último, y sobre todo, con algunos, demasiados, líderes políticos que, bajo la excusa de gobernar con la “razón” y desde la “racionalidad”, intentan convencernos de que las creencias y valores no deben influir en nuestras decisiones cotidianas, si quiera en las privadas más íntimas y personales. Obsesionados con lo “razonable” estos políticos olvidan, y por eso no ganarán unas elecciones, que gobernar es, fundamentalmente, respetar y hacer respetar los sentimientos no “racionales” de la sociedad. Porque puede, y debe, haber un Estado “laico”, pero sólo en el sentido de la defensa por igual del derecho de todos, y de cada uno, a creer en lo que cada cual quiera.

Sin embargo, no existe una sociedad que no crea en nada. No hay ninguna sociedad en la que el “laicismo”, entendido como la no existencia de nada -que es como la entienden estos nuevos apóstoles- se haya convertido en una “nueva religión”.


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