Europa, parque temático

Los intereses de España: objetivo incuestionable

En mayo de 1936, dos meses antes de que implosionara la República, ante miles de sus seguidores en Cuenca, Indalecio Prieto con sabio sentido de la anticipación dijo a quienes le escuchaban con atención: “Mis dos amores son el partido socialista y España, pero si alguna vez hubiera contradicción entre ellos, que no deseo se produzca nunca, elegiría los intereses de España”. Supo, con acierto, conjugar dos palabras mágicas: interés y España. 

Recientemente Rajoy ha advertido: «No es momento de indecisiones ni de experimentos. Que lo hagan otros con cosas que no sean serias, pero con los intereses de los españoles no se puede experimentar.”

Y esta semana Albert Rivera, también con notable capacidad para posicionar su discurso, manifestaba: “los votantes de otros partidos no son mis enemigos, son mis compatriotas.”

Siempre debe gobernarse con la supremacía del valor superior del interés nacional con independencia de los programas que hayan de conducir al logro del mismo

En los tres dirigentes subyace la misma reflexión: el interés de España y de los españoles como objetivo incuestionable. Los tres defienden los intereses de su partido, pero de sus palabras se deduce que siempre debe gobernarse con la supremacía del valor superior del interés nacional con independencia de los programas que hayan de conducir al logro del mismo. La razón de ser de la política no es otra que la del servicio público. La generosidad de quienes la ejercen, porque voluntariamente así lo han querido, para dedicar su esfuerzo a la labor de una mejora de la Sociedad y de sus ciudadanos, con independencia de que les hayan, o no, votado y elegido. Ese objetivo por excelencia ha de llevarse a la práctica, sin ataduras ni servidumbres. Sin peajes. Con la firme convicción de que como político, los intereses de los ciudadanos están muy por encima de los de los partidos a los que pertenecen y en cuyas listas se arropan. Con libertad de conciencia y movimiento para, con honestidad, fortalecer la acción que posibilite su consecución. Si para ello hay que propiciar pactos, lo más naturales posible, aunque sean temporales, es incuestionable anteponer los intereses de los ciudadanos a los de los  partidos. Por su propio bien y por el de la nación a la que pertenecen. No son frases huecas y fáciles propias de tiempos de insuficiencia de capacidad para gobernar en solitario. Es el momento de la altura de miras. De que las palabras dejen paso a los hechos, a la acción, a la renuncia egoísta propia de quienes no son capaces de ver más allá de la nariz de sus partidos.

Los intereses generales de España y de los españoles deben de estar por encima de las ideologías partidistas y partidarias. Recordemos lo que dice el artículo 103-1 de nuestra Constitución del 78: “La Administración pública sirve con objetividad los intereses generales y actúa de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento pleno a la ley y al Derecho.”

Pero, ¿sabemos, o aceptamos reconocer, cuáles son los intereses de España?

¿Cuáles son esos intereses generales?

Pero, ¿sabemos, o aceptamos reconocer, cuáles son los intereses de España? Ninguno dudaríamos, si alguien nos preguntara, en subrayar, entre otros: la defensa y el respeto a los símbolos de España y fundamentalmente de su bandera. Parece que en los últimos días Pedro Sánchez también lo ha entendido así. El concepto integrador, y no excluyente, de unidad de la Nación española, compatible con la autonomía territorial y con las diferencias culturales.  El sometimiento a la ley ya al derecho como ejes de la convivencia social.  La igualdad de todos ante la ley sin privilegio alguno. La irrenunciable aspiración a un Estado de Bienestar sostenible.  El derecho a una vivienda digna y adecuada. La lucha inquebrantable contra el desempleo y, muy particularmente, las políticas activas para la integración de los jóvenes en el mercado de trabajo. La justicia social, con el control y reducción de las diferencias sociales extremas fomentando la motivación individual y colectiva. La erradicación, sin tibieza alguna, de la corrupción y sus protagonistas. La defensa de los valores de la democracia, la libertad, el pluralismo y la tolerancia. El respeto a la división de poderes. El reconocimiento de una realidad social basada en los derechos humanos y los valores morales y éticos. La preservación del medio ambiente. La implementación de un modelo educativo perdurable en el tiempo y ajeno a los posicionamientos ideológicos de los partidos que los proponen.  El mantenimiento de la economía de Mercado. La promoción de la Unión Política de Europa, muy lejos todavía de alcanzarse, y base de nuestra futura mayor prosperidad. La contribución a la paz mundial y la ayuda al tercer mundo, etc.

En definitiva, la asunción de unos principios y reglas que han de presidirnos, como piezas que somos de una Sociedad activa guiada por políticos que tienen que aceptar, como regla inexcusable de comportamiento, que sus intereses, y los de los partidos a los que pertenecen, están sometidos a los generales del Estado al que sirven. Y si para ello los ciudadanos no les hemos otorgado la patente de corso que representan las mayorías absolutas, saber pactar, también, con el objetivo claro e inequívoco de ese interés general, y persiguiendo siempre la estabilidad, moldear, sin fatuos mercadeos, las diferencias ideológicas de unos y otros.


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