OPINIÓN

En inferioridad de condiciones

Harían muy bien nuestros líderes sociales y políticos en reflexionar, pensar antes de hacer y decir, para facilitar, y no dificultar, que las actuales generaciones, y las venideras, puedan conseguir ”su” Sociedad más justa.

En inferioridad de condiciones.
En inferioridad de condiciones.

Durante el puente de San Isidro, he tenido la oportunidad, de recluirme en mi rincón de la sierra madrileña y, plácidamente, leer, con clara intencionalidad, despacio, y con atención, la primera Encíclica del Papa Benedicto XVI. Me parecía que los tiempos, siempre convulsos, de nuestra política, con minúscula, favorecían recuperar cierto pensamiento hondo y profundo sobre el papel de la Iglesia en la Sociedad, tanto en su perspectiva humana, la comprensión del hombre; como desde el plano de su protagonismo ante la caridad, la justicia y la política.

Benedicto XVI ha sido un Papa capaz de reafirmar los principios y de renovar la doctrina de la Iglesia

Había leído ya algunos artículos, sobre todo uno, sobre el problema cultural de Europa, escritos por el todavía Cardenal Ratzinger, que me confirmaron su elevada intelectualidad y el rigor de su pensamiento, no en vano ha sido considerado como uno de los grandes teólogos de la Iglesia contemporánea. Nunca estuve de acuerdo con aquellos que, desde su designación como cabeza de la Iglesia, demasiado prontamente, con injustificada ligereza, le etiquetaron de “conservador” y “reaccionario”. La lectura de la Encíclica “Deus Caritas Est” ratifica mi opinión de que Benedicto XVI ha sido un Papa capaz de reafirmar los principios y de renovar la doctrina de la Iglesia; de despojarla de todas aquellas adherencias, mas o menos interesadas que han aflorado en los últimos años, y de neutralizar a todos esos “salvadores” y “poseedores de la verdad” que, con sus interpretaciones particulares, tanto daño están haciendo.

A lo largo de la historia, la visión revolucionaria de la Iglesia exige, siempre, una obligada contextualización. Una Institución basada en el dogma de la fe, que es concebida como entidad “universal”, cuya misión principal es impartir doctrina válida para todo el mundo, no puede ser nunca revolucionaria en su acepción más superficial. Atender las demandas y necesidades de los pueblos más desarrollados no puede llevarse a cabo de la misma manera con la que la Iglesia ha de ayudar a aquellos otros cuyo progreso, personal y social, se encuentra a enorme distancia de los primeros. El eje principal de la primera Encíclica de Ratzinger como Papa, que define en el texto una guía de lo que fuera a ser su pontificado, es el amor, en su doble orientación: el de Dios por el hombre y el amor humano. Ratzinger ya en su libro, Introducción al cristianismo (1964), describe que la unidad primigenia es el amor y, en particular, la vida humana cuyo origen y meta está en el amor.

Cuando habla de “Justicia y caridad”, subraya de manera irrenunciable que el orden justo de la Sociedad y del Estado es una tarea principal de la política

La Encíclica, evoluciona, en su desarrollo, desde un riguroso, y didáctico, análisis semántico del término amor, y su significado más ascendente de la cultura griega, hasta la interpretación que del mismo se hace en el Nuevo Testamento en su concepto del amor descendente del hombre que se perfecciona con la ocupación y preocupación por el otro. Dicha disquisición no es gratuita. Intencionadamente persigue contraponer el concepto, y el uso, que del mismo se ha venido haciendo del amor a lo largo de la historia y hasta nuestros días. 

El amor ascendente de los viejos griegos se personificaba en “Eros”. Un amor vehemente y pasional. Más centrado en el cuerpo que en el alma. Que ofrece la infinidad. En contraposición, tras el Nuevo Testamento aquella visión es desplazada por una concepción más descendente, orientada hacia la cohesión del término y su verdadero protagonista: el hombre.

Es casi revolucionario que el Papa, en una Encíclica, diga que el “eros”, desde esa concepción original y semántica es necesario para el amor

El primero, quizá el más fácil de hacer propio en una sociedad de consumo, es aquél en el que afirma que el “eros” es parte fundamental, necesaria, del verdadero amor entre un hombre y una mujer. Acostumbrados como estamos a oír que todas, o casi todas, las represiones y problemas sexuales de la Sociedad, a lo largo de la historia, se deben a la obsesión por la castidad de la Iglesia, es casi revolucionario que el Papa, en una Encíclica, diga que el “eros”, desde esa concepción original y semántica es necesario para el amor. 

Pero con ser importante que un Papa aborde una cuestión como esa, en una Encíclica, siendo, además, la primera de su pontificado, hay otro aspecto en la Encíclica, para mí no menos trascendente: cuando habla de “Justicia y caridad”, y en ese marco, subraya de manera irrenunciable que el orden justo de la Sociedad y del Estado es una tarea principal de la política.

Benedicto XVI, no quiere evitar la polémica sobre el papel de la Iglesia en la Sociedad y su protagonismo para lograr una Sociedad más justa y caritativa. Y por ello, de entrada, reconoce que “la Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la Sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”. Deja claro, posicionándose firmemente sobre la cuestión, que la caridad cristiana ha de ser independiente de los partidos y las ideologías. No persigue cambiar ideológicamente el mundo. Y es, desde ese posicionamiento, claro e inequívoco, desde donde se puede discrepar con aquellos mandatarios religiosos, incluidos algunos obispos y arzobispos, que, olvidándose de que su misión es la de propagar y mantener valores válidos para toda la sociedad, se empeñan en acercarse a postulados partidistas, a mi juicio equivocando su misión y olvidando el papel que la Encíclica reconoce para la labor de la Iglesia en la Sociedad. El texto postula que la Sociedad avance hacia lo que llama, llamamos, la “Sociedad justa”.

La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política

Así, tras decir que el progreso exige “dialogo con todos los que se preocupan por el hombre y su mundo”, afirma que “El orden justo de la sociedad y del Estado, es una tarea principal de la política”, y que “La justicia es el objeto y la medida intrínseca de toda política”, porque “La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política”. Y, en lo que supone una severa corrección a todos aquellos que piensan que “el pasado fue mejor”, Benedicto XVI sostiene que “La construcción de un orden social y estatal justo, mediante el cual se dé a cada uno lo que le corresponde, es una tarea fundamental que debe afrontar de nuevo cada generación”. No me ofrece duda ese posicionamiento de Benedicto XVI que no acepta, en ningún caso, que la Iglesia, su doctrina, esté en situación de “inferioridad de condiciones” frente a otros poderes del mundo, en el que muchos, sobre todo los defensores del “pensamiento único”, la pretenden arrinconar. El Papa reivindica el enorme poder de los principios, del pensamiento, y de la razón en la defensa de valores éticos y las creencias morales, para avanzar hacia una sociedad más justa.

En España, país de incuestionado origen cultural cristiano, en estos momentos en los que se producen constantes debates, más apasionados que apasionantes, sobre lo que somos, sobre la distribución territorial del poder, sobre el reparto justo de los recursos, sobre lo que queremos ser, en suma, harían muy bien nuestros líderes sociales y políticos en reflexionar, pensar antes de hacer y decir, para facilitar, y no dificultar, que las actuales generaciones, y las venideras, puedan conseguir ”su” Sociedad más justa. Nadie, los españoles tampoco, debemos quedarnos, por las incompetencias y dogmatismos de algunos, en “inferioridad de condiciones”.


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