Europa, parque temático

No golpeen más a la clase media

El triunfo del relativismo

En nuestro mundo cotidiano, el poder, 'la posición  de poder', es asociada, por regla general, al dinero. Porque, por un lado, nos encontramos que todo cargo público lleva aparejado, invariablemente, un presupuesto, unos recursos que administrar y gestionar, elementos éstos que configuran ese estatu de poder. Ello, en sí mismo, no necesariamente ha de entenderse como algo negativo por cuanto alcanzar un cargo público supone una cierta vocación, una predisposición de honestidad, la adecuada formación y el reconocimiento del esfuerzo realizado hasta entonces para merecer la confianza de los ciudadanos. Sin embargo, el relativismo en el que la sociedad en su conjunto se ha instalado hace que terminemos admirando, por acción u omisión, a aquellos que, sin ninguno de esos atributos, transforman en méritos la transgresión y la carencia de escrúpulos, para llegar al poder como un medio para el enriquecimiento ilícito y el nepotismo más execrable.

Indefectiblemente ello produce, a ojos de muchos - poco exigentes con sus débiles convicciones morales -, un efecto perverso al considerar - y lo qué es más grave, a asumir como natural - "que todo valga", que no importa lo que suceda en tanto en cuanto no le afecte de manera personal y directa. Eso en lo que está aconteciendo en la España de nuestros días, en la que predominan el relativismo, la corrupción y el "todo vale". Pero aun peor es, y alarma, si cabe, todavía más, que la sociedad esté asumiendo como consustancial a su clase política esos comportamientos y formas de actuar. La sociedad se encuentra gravemente enferma cuando se resiste a extirpar de sí misma tales actitudes y termina aceptándolas con esquizofrénica naturalidad.

Denunciemos los abusos de poder

Es cierto que, afortunadamente, hay personas y entidades a las que reconocemos determinada capacidad de influencia moral por su discurso, por sus actos y, sobre todo, por su ejemplo de comportamiento ético. Pero son muy pocas y no son noticia. Sabemos que están, los observamos con cierta candidez, producto de nuestra predisposición a no querer aceptar ese modelo de actitudes, comportamientos y principios al ser conscientes de que activar nuestra reacción moral nos exigirá alguna renuncia que más que probablemente no estemos dispuestos a asumir al vivir confortablemente en la ceguera del mundo que nos rodea. Nos limitamos a tranquilizar nuestra conciencia autoconvenciéndonos de que desde nuestra individualidad no podemos cambiar las cosas. A diario, los medios de comunicación nos inundan de noticias relacionadas con la corrupción política y empresarial que está minando la credibilidad de nuestro país o de la marca España, ahora tan de moda. Nos señalan recurrentemente todo lo que sucede y no debería suceder.

Es cierto y estoy absolutamente de acuerdo en que, en una democracia, faltaría más, se debe denunciar todo abuso de poder, proceda de quién proceda, con independencia de su posición social. No podemos obviar que el abuso de poder está tipificado penalmente en nuestro ordenamiento jurídico. Y en razón de ello, ¿por qué hemos de retorcer nuestros argumentos para denunciarlos sin ambages? ¿Por qué nos resistimos a combatirlos con toda determinación? Han de ser denuncias radicalmente críticas y bien fundamentadas, como para que todos tengamos claro el por qué y por quién se producen. Decía, cínicamente, F. Nietzsche, el filósofo que definió la "búsqueda del poder" como el principal estímulo para la acción del hombre, que "es más convincente una sospecha que un argumento".

El perjudicado, siempre el mismo: la clase media

Pero, ¿a quién está perjudicando todo este relativismo moral, despreciable peste que va serpenteando por las venas de la sociedad? Está claro que a España en general y a la clase media en particular, porque quienes ni siquiera pueden situarse en ese grupo social ya han sido totalmente machacados y están fuera de combate. A la clase media se le intenta convencer de la bondad de las reformas que están adoptando nuestros gobernantes. Pero la realidad es que sólo se aplican y se llevan a la práctica las que afectan directamente a los escasos ahorros de que disponían y que, amén de los impuestos, cada día se ven más reducidos por tener que acudir al auxilio de sus familiares. Efectivamente dentro de esa clase media encontramos personas que tienen hoy entre 60 y 70 años, jubilados que han esperado durante decenios ese momento de relajación y estabilidad, tanto emocional cómo económica, y que en la situación actual viven con desasosiego la precaria situación de sus hijos, desesperanzados de encontrar trabajo alguno y que, en consecuencia, han de ser por ellos ayudados a paliar, en la medida de sus posibilidades, esa trágica situación por la que atraviesan. Sin embargo, los ahorros, dada la duración de la crisis, se están acabando y con ello empeorará la situación social. Nadie se rasga las vestiduras al hablar de un paro alcanzando en 2013 el 27% de la población ni de más de seis millones de parados. Y, mientras tanto, se destruye su poder adquisitivo, no sólo por el incremento del tipo impositivo sino también por la tendencia a la no deflactación del IRPF -que además de injusta, penaliza en mayor medida a las clases medias. Todo ello consolida la pérdida de actividad y la destrucción de empleo. Mientras tanto, siguen sin acometerse las verdaderas reformas necesarias: la disminución de los gastos públicos que no crean valor; la reducción del tamaño de las administraciones, incluyendo tanto la estatal como la autonómica y la local; la eliminación de un gran número de empresas públicas, etc.

En tanto en cuanto nuestros gobernantes no acepten como axioma irrenunciable que el incremento verdadero de la recaudación no se logra golpeando el empleo, difícilmente saldremos de este pozo negro en el que nos encontramos.

Pero no desfallezcamos. Que la laxitud de nuestros gobernantes no mine nuestro espíritu y nuestro ánimo. Combatamos con iniciativa la corrupción.

Como dijo Kofi Annan: "La corrupción pone los servicios públicos básicos fuera del alcance de los que no pueden darse el lujo de pagar sobornos".


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