Europa, parque temático

La educación, el antídoto de la corrupción

Dicotomía: formación académica o valores morales

Hace apenas unos días mi promoción ha celebrado el cincuentenario de la salida del Colegio, a la cual he tenido el honor y el placer de asistir. La primera parte la celebramos en el recinto académico en el que nos formamos desde críos y hasta adolescentes. Tuvo un carácter eminentemente religioso con el oficio de la Santa Misa en la capilla del mismo. Fue un acto que nos llenó a todos, a la vez, de alegría y emoción. Durante la celebración, el que fuera director del centro en nuestra época nos recordaba una anécdota que se me quedó grabada.

Lo prioritario para ella era que terminarían con una buena formación cristiana y sobre todo con unos valores morales y sociales que pudieran trasmitir, a su vez, a sus hijos

En aquella época una madre de familia numerosa cuyos hijos estudiaban en el colegio le preguntó, con cierta sorpresa, que cómo él, una persona tan joven, –contaba 31 años entonces- ocupaba ya el cargo de director, a lo que éste le contestó que no se preocupara que sus hijos saldrían con una buena formación académica en la que pondría todo su empeño. Ante tal respuesta la señora dio por supuesto que los conocimientos que adquirirían eran importantes, pero que lo prioritario para ella era que terminarían con una buena formación cristiana y sobre todo con unos valores morales y sociales que pudieran trasmitir, a su vez, a sus hijos en el futuro y que les permitieran conducirse por la vida con la cabeza bien alta.

No es un problema nuevo

Anécdota aparte, coincido plenamente con los deseos de aquella madre, y hoy me alegro de que el asunto clave de la enseñanza, o de la formación en valores morales de los jóvenes preocupe, muy significativamente,  a  la Sociedad y se hable de él en la calle y en los movimientos sociales. Se trata de una cuestión  básica en cualquier civilización que se precie como tuve ocasión de comentar en mi artículo “Educación y Progreso” publicado en su día en este mismo medio. No sólo se deben enseñar matemáticas, literatura, ciencias…. sino también, y fundamentalmente, valores éticos,  porque no creo que ningún padre se niegue a que se enseñen a sus hijos derechos fundamentales, honestidad y tolerancia.

Antídoto de la corrupción

Y es que la formación, desde la familia y el colegio, en los valores ciudadanos y morales, y el respeto a la ley son un antídoto para prevenir la corrupción que ha devenido en la peor de las lacras de nuestra sociedad y de nuestra época. Los valores de la honestidad, integridad, respeto, transparencia y legalidad deben constituir el complemento fundamental de la educación. Implica que a través de ella se instruya no solo a los jóvenes sino también a los niños en lo que es la corrupción, sus distintas modalidades y las consecuencias colectivas negativas para la convivencia y el desarrollo económico, político y social de la sociedad civil. La corrupción debe enseñarse no como algo ajeno y complicado que solamente se visibiliza en la esfera política, sino como algo que puede experimentarse en la vida cotidiana de las personas y que hay que erradicar sin ambage alguno de nuestra sociedad. No bastan palabras huecas en época de elecciones o de luchas políticas sino que es necesaria EDUCACIÓN EN MAYÚSCULAS  y, como complemento, lograr el endurecimiento de las sanciones por los delitos de corrupción sean del tipo que sean.

La corrupción es un proceso activo, invasivo y expansivo como las infecciones y hay que atajarlo de raíz 

Corruptores y corruptos

La corrupción es un proceso activo, invasivo y expansivo como las infecciones y hay que atajarlo de raíz. Hay que castigar rápidamente al corrupto. Desde el primer momento en el que se conoce el hecho. Es imprescindible actuar de manera inmediata para evitar que se extienda. Pero no podemos olvidar que para que haya corrupción no sólo es necesario que haya corruptos sino que es “conditio sine qua non” que existan los corruptores y colaboracionistas. Y pensamos siempre más en los primeros que en los segundos y esto ha de cambiar. Hay que perseguir sin piedad a los colaboradores necesarios. Unos y otros son igualmente culpables, y quizá más estos últimos, de dicha lacra social. Pasemos de las musas al teatro y que se cumpla, ya, lo que ahora se acuerda  sobre la corrupción en estos pactos postelectorales que parece obedecen más a repartos oportunistas de cuotas de poder y revancha que al verdadero interés por ofrecer a los ciudadanos una cirugía efectiva para erradicar de nuestra sociedad la corrupción y sus demoledores efectos.


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