Europa, parque temático

“Vivir de” o “vivir para” la política

Decía Ortega y Gasset que "las culturas son sistemas de ideas, que se tienen, y de creencias, en las que se está". Pienso que es cierto. Todas las personas, a lo largo de nuestra vida, vamos adquiriendo un conjunto de certezas, de creencias, que suelen permanecer inamovibles a lo largo del tiempo, que son más o menos racionales, y que, a partir de ellas, desarrollamos nuestra propia filosofía de vida, nuestra visión de la sociedad, nuestra ideología, a fin de cuentas. No obstante, es normal que dos personas que coinciden en sus certezas, en sus creencias, puedan evolucionar con ideologías diferentes, con distintas visiones de la sociedad, dependiendo en la mayoría de los casos, de su educación y de las circunstancias en las que les ha tocado vivir. Esas ideologías distintas serán tanto más convergentes en cuanto más se acerquen al origen común, a las certezas comunes, por lo que el diálogo, e incluso el acuerdo, siempre será posible entre ellas. Surgen así, en las sociedades avanzadas, los partidos políticos, que no son más que grupos de personas que se agrupan en torno a una determinada concepción ideológica, aceptando la pluralidad de maneras de buscar ese bien común que toda sociedad desea. Hasta aquí todo parece normal, pero el problema surge cuando quienes forman parte de los partidos políticos hacen de la política su profesión y con ella su 'modus vivendi'per in secula seculorum.

La política es servir al bien común

La política es el arte del buen gobierno, y los políticos deben ser vocacionales y estar al servicio del bien común. Esto es lo que no está sucediendo hoy en nuestro país. La política se ha tomado como una profesión en la que se ingresa cuando se acaba la enseñanza secundaria y, en el mejor de los casos, cuando se termina la Universidad. La matrícula se produce en las llamadas nuevas generaciones de los partidos y de allí se va ascendiendo en la vida política, casi siempre por la dedocracia y no por la meritocracia. Así, se nace, se vive y se muere dentro de una organización política con escaso contacto con la vida real tanto económica como empresarial.

Decía Arnold Joseph Toynbee que “el mayor castigo para quienes no se interesan en la política es ser gobernados por quienes si se interesan”. Y es que efectivamente cuando los políticos anteponen el interés personal y de sus partidos por encima de la voluntad de sus electores y del bien común se produce entonces una desafección del ciudadano de la política. O lo que es lo mismo, cuando para estos profesionales conversos, la política está por encima de la sociedad civil se corrompe el arte del buen gobierno.

A la política no se llega para enriquecerse

Max Weber, en su obra La política como profesión, escrita en 1919, ya diferenciaba entre “vivir de…” y “vivir para…”. Con notable convicción sostenía que “de” la política vive quien aspira a hacer de ella una fuente constante de ingresos; y “para” la política vive quien no aspira a ello. Y concluía que quien quisiera dedicarse al ejercicio de la política tendría que ser económicamente independiente de los ingresos que la política pudiera ofrecerle.

No tardará mucho alguien en calificarme de excluyente y dogmático por compartir esas ideas de los grandes pensadores de no hace mucho tiempo. Nada más alejado de mi intención que excluir a nadie del ejercicio de su libre albedrío a la hora de postularse para servir a la sociedad y contribuir a su máximo desarrollo y progreso. No. No es esa la cuestión. El problema es saber interpretar, en sus justos términos, los problemas derivados de quienes pueden desembarcar en la política “para vivir de...”. Se trataría de analizar y ponderar los efectos de la reflexión de Weber al propugnar que la política haya de ser ejercida por quienes realmente sean económicamente independientes de lo que aquella pueda ofrecerles.

¿Creen ustedes que nuestra actual clase política aceptaría espontáneamente tal postulado? Apuesto a que de manera inmediata se echarían a la calle miles y miles de candidatos a cualquier cargo público decididos a defender su propia legitimidad frente a quien por su eventual y saneada posición económica puede ser considerado un privilegiado y que en función de dicho privilegio aspira a gobernar la sociedad. No defiendo eso, obviamente, pero si me resisto a aceptar, como vemos, con estupor, a diario, cómo muchos llegan a la política con un patrimonio inexistente, o cuanto menos irrelevante, y la abandonan con considerable fortuna. Volveríamos a la época de los 'príncipes' de la Italia de las ciudades-estado y sus 'políticos profesionales' como los define Weber que a la sombra de a quien servían, y con el beneplácito de aquél, amasaban su riqueza.

De alguna forma, el juego de los partidos políticos actuales que acogen en su seno a estos políticos profesionales favorece que bajo el paraguas de una más que aparente coincidencia ideológica, en una preocupante mayoría, aquellos lleguen a la política para “vivir de ella”.

John Fitzgerald Kennedy dijo en una ocasión: "en la política es como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto, está mal".


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