OPINIÓN

El Valle de los Caídos y la Memoria Histórica

El monumento debe quedar como está, como un testimonio para las futuras generaciones de que lo que sucedió a mediados del siglo XX no se repita jamás.

El Valle de los Caídos y la Memoria Histórica.
El Valle de los Caídos y la Memoria Histórica. EFE

Después de haber transcurrido más de 40 años de la muerte de Franco (Noviembre de 1975), y de haber contado, en ese largo período de tiempo, con veintidós de gobierno socialista, la semana pasada el Congreso de los Diputados aprobó, con los votos de la totalidad de los grupos parlamentarios y la abstención del Partido Popular, una proposición no de Ley del grupo parlamentario socialista, para la exhumación de los restos del dictador de su sepultura en el Valle de los Caídos. ¿Es realmente ésta una cuestión que ocupa, y preocupa, a los españoles de hoy? ¿Por qué durante 22 años de gobierno de Felipe González y de José Luis Rodríguez Zapatero -el gran revisionista de la Memoria Histórica- tal cuestión no fue abordada contando para ello con diferentes mayorías absolutas?

Durante los últimos 40 años, la sociedad española no solo ha protagonizado un impresionante cambio político, sino que también ha experimentado un no menos impresionante cambio social

Puede sorprender que un hecho que tuvo tanta trascendencia, y que causó tanta inquietud y miedo a la incertidumbre en la sociedad española haya podido pasar bastante desapercibido. Pero, recapacitando un poco, pienso que es normal. Por dos razones. La primera, porque si tenemos en cuenta que una persona no es completamente consciente, en su acepción más respetuosa y rigurosa del término, de lo que ocurre a su alrededor hasta que tiene 10 años, resulta que todos aquellos que hoy tengan menos de 51 años, mas de la mitad de la población, es prácticamente imposible que tengan alguna vivencia directa de aquel Régimen, y por lo tanto nada tienen que celebrar. Y la segunda es que, durante los últimos 40 años, la sociedad española no solo ha protagonizado un impresionante cambio político, sino que también ha experimentado un no menos impresionante cambio social, costumbres y modos de vivir, y que, además, se ha visto inmersa, con todas sus consecuencias, en la revolución tecnológica mundial. La verdad es que me sorprende que los que teníamos, mas o menos, 30 años en el 75, la generación del cambio, hayamos sido capaces de asimilar y de sobrevivir a transformaciones sociales de esa magnitud, sin precedentes en la historia, en apenas 40 años y sin volvernos esquizofrénicos. En el 75 ni el más agudo de los pensadores pudo prever lo que ha ocurrido. Merecemos un premio. 

A finales del presente año 2017, se cumplirán 10 de la promulgación de la Ley de Memoria Histórica promovida por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En su Exposición de Motivos, la Ley, expresa su pretensión del reconocimiento de “un derecho individual a la memoria personal y familiar de cada ciudadano”, y el objetivo de “contribuir cerrar heridas todavía abiertas en los españoles”.

Con seguridad, ninguno de esos dos objetivos fue logrado con su aprobación. La memoria personal y familiar de cada ciudadano no puede ser promovida por Ley y ésta no sólo no ha cerrado viejas heridas sino más bien ha reverdecido odios que el tiempo había ido haciendo desaparecer. 

La verdad indubitada es que Franco, tras casi 40 años de poder absoluto, murió en la cama y de viejo

Sea como fuere, la verdad indubitada es que Franco, tras casi 40 años de poder absoluto, murió en la cama y de viejo. Es cierto que, tras su muerte, fundamentalmente tras su muerte, se produjo en la sociedad española una explosión de libertad, un anhelo de democracia, que quizá estuviera latente y adormecido, pero que sólo se manifestó abiertamente tras su desaparición. A lo largo de los años 70, pero sobre todo a partir de la muerte de Franco, la sociedad española se balanceó como un péndulo: desde el miedo a la libertad, de estar casi absolutamente despolitizada, de no saber qué era aquello de la democracia, a la exigencia de todo, de todas las libertades, de democracia inmediata, a querer ser igual, o más, que cualquier país de nuestro entorno. Esa comprensible ansiedad, la de querer desandar el largo camino del desierto y la frustración, fue el principal riesgo de la transición. Afortunadamente los españoles de entonces, quizá por esa añoranza de expresión en libertad, fuimos capaces de anteponer el interés general, como pueblo y como nación, al particular y partidista. Surgió, espontáneamente, una conciencia colectiva de lo mucho que teníamos de ganar y lo poco que perder si fuéramos capaces de hacer de todos la enorme apuesta que teníamos por delante.

Tenía 27 años en 1.975. Aproximadamente casi la mitad de mi vida ha transcurrido en aquel Régimen. Uno de los grandes estudiosos de la contienda civil española, el historiador norteamericano Stanley Payne, dice que “la memoria histórica es un error.Es fácil pensar que se refiera a esa “memoria histórica” que ahora se intenta recuperar. La de aquellos que consideran que no han tenido ninguna reparación por las humillaciones que sufrieron, y teme el historiador que, otra vez el revanchismo recalcitrante pretenda reescribir la historia que no fue. Que ello haga revivir la provocación, el conflicto y los enfrentamientos. Reinventar la historia, desde una sola de sus perspectivas, puede conducirnos a resucitar viejos fantasmas del pasado. España, y los españoles, hemos sabido superar la tragedia de la guerra civil, sin duda alguna. Y para ello, hemos antepuesto la generosidad al odio que hoy, pocos, muy pocos, pretenden mantener vivo. Sin embargo, ese complejo, también muy nuestro de no saber expresar con rotundidad que aquella página de nuestra historia está ya pasada, que no es necesario releerla, y menos reescribirla, nos lleva a debates innecesarios, al menos para la sociedad, aun cuando parece que no para la clase política o a una parte de ella.

Si no existiera esa obsesión revanchista, el Valle de la Santa Cruz, que es el nombre de la fundación constituida en su día, sería una referencia turística a visitar

Y es, en ese contexto, en el que ha de analizarse lo que ha sucedido la semana pasada en el Congreso de los Diputados con la aprobación de la Proposición no de Ley, cuyo propósito es sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos. Con independencia de la inevitable carga política e ideológica que el Valle arrastra, el paraje es de singular belleza. Si se conociera, con la necesaria profundidad y objetividad la historia real del monumento, su construcción y la finalidad del mismo, quizá, si en él no estuvieran sepultados Franco, que jamás lo pretendió y quiso -y cuya ubicación final fue decidida por Arias Navarro sin el consenso de la familia que prefería el panteón familiar situado en El Pardo- y Primo de Rivera, obviamente ajeno al futuro de sus restos, el debate sería otro.

Si no existiera esa obsesión revanchista, el Valle de la Santa Cruz, que es el nombre de la fundación constituida en su día, sería una referencia turística a visitar, no con el propósito de honrar o legitimar a nadie, sino de conocer un episodio de nuestra historia, pero interpretado en su justa medida y sin deformación intencionada alguna. Existe en el Valle una Abadía de monjes Benedictinos que con su entrega y generosidad lo cuidan espiritual y materialmente. No estigmaticemos esa realidad. No tiene justificación alguna pretender cambiar las cosas que no son posibles cambiar. La historia de la Guerra Civil, es inviolable y la verdad sólo una, para tragedia de todos.

Es, además, un debate intencionado que no obedece al interés real por “sacar a Franco” del Valle de los Caídos, sino por mantener vivo el odio entre españoles

Es, además, un debate intencionado que no obedece al interés real por “sacar a Franco” del Valle de los Caídos, sino por mantener vivo el odio entre españoles y entre clases sociales y esperar de ello un rédito político. Por querer instrumentalizar sin límite racional alguno la vida política. La de los partidos que viviendo tan alejados de la sociedad que les elige pretende hacer valer aquello de que “el fin justifica los medios” y el todo vale para restar fuerza, y votos, al contrario.

Francia, nuestro vecino del norte y con quién hemos compartido tanta parte de nuestra historia, es un buen ejemplo de cómo respetar su historia, la buena y la menos buena. Nadie hoy, ni en Francia, ni fuera de ella, pone en duda que Napoleón Bonaparte dio, en noviembre de 1799, un golpe de Estado contra el Directorio que gobernaba la nación. Nadie hoy, tampoco cuestionaría la ambición personal y política de quién se hizo coronar Emperador de Francia y quiso dominar el mundo, guerra tras guerra. La historia cuenta que el motivo fue acabar con la corrupción y el desgobierno del Directorio, pero, como casi siempre suele suceder, una vez llegado al poder, tardó más de una década en abandonarlo y por la fuerza.

Los franceses conocen su historia y no reniegan de ella. La respetan aun cuando puedan comprender que no es gloria honrosa todo lo que su pueblo puede contar de su pasado

Algunos de los monumentos más visitados de París, tienen en Napoleón Bonaparte a su promotor, el Arco de Triunfo de la capital francesa o la tumba del Emperador, son destino seguro de los turistas que viajan a la capital francesa. Se conservan en perfecto estado y son destinatarios de cuantiosas inversiones para su mantenimiento. Los franceses conocen su historia y no reniegan de ella. La respetan aun cuando puedan comprender que no es gloria honrosa todo lo que su pueblo puede contar de su pasado. Para muchos historiadores y estudiosos del emperador francés, fue un genio militar, para otros un déspota tiránico cuyas aventuras bélicas causaron millones de muertes en aquella Europa. Sin embargo hoy, sus monumentos siguen en pie y respetados por todos. Eso sí la cultura democrática de Francia no está en entredicho.

Pues bien pienso que en nuestro País el monumento debe quedar como está, como un testimonio para las futuras generaciones de que lo que sucedió a mediados del siglo XX no se repita jamás. Pero si lo que se va es a la clausura del Monasterio, la desacralización de la Basílica y a la destrucción de la gran Cruz que preside el Valle, bajo la excusa de sacar los restos de Franco y de José Antonio estamos haciendo un flaco favor a la democracia, a la historia y a la cristiandad, recodemos que Europa y con ella España están presididas por lo valores del cristianismo.

Memoria histórica sí, pero para todos, en sus justos términos y con respeto y tolerancia, por el bien de este gran país que es España.


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