Europa, parque temático

Tregua olímpica

Siempre que pretendo pasar a papel mis reflexiones sobre algún acontecimiento del momento, trato, antes, de encontrar un hilo conductor que me ayude a hilvanar las ideas y los conceptos. Me preocupa más saber sintetizar el mensaje que la mayor o menor actualidad de la reflexión en sí misma, pero en esta ocasión, no puedo sustraerme a esa actualidad. Y soy consciente de que al opinar sobre temas que afectan a sentimientos te expones a contribuir a polémicas y controversias de las que puedes salir malparado. Aun así, pienso que si alguna utilidad tienen estas acotaciones es, precisamente, la de intentar servir de estímulo para propiciar el debate y la sana discusión. Así pues, hoy, voy a reflexionar sobre las "treguas olímpicas"

Los Juegos Olímpicos comenzaron a celebrarse en el Siglo VIII antes de Cristo, en honor a los dioses del Olimpo venerados en la Antigua Grecia. Se celebraban cada cuatro años, y su calendario era el que regía la vida de los griegos, hasta el punto de que el período de tiempo entre dos Juegos se llamaba “Olimpiada”. Los Juegos siguieron celebrándose incluso bajo la ocupación romana, hasta que, a mediados del Siglo IV, después de Cristo, el emperador Teodosio los prohibió por su carácter pagano. Se celebraron, pues, ininterrumpidamente, durante 1.200 años. Tendrían que pasar 1.600 años más, para que, en 1896, se volvieran a organizar unos Juegos Olímpicos, los llamados de la “Era Moderna”. En la Era Antigua, los Juegos, además de las competiciones deportivas, cumplían una función añadida. Cuando se celebraban, se paralizaban las guerras. Las armas callaban y solo se reanudaban las hostilidades cuando los Juegos concluían. Es lo que se conocía como "treguas olímpicas". De ahí viene a asociar las Olimpiadas con la paz y la llama olímpica con la concordia.

Los Juegos van de la mano de la violencia y de la guerra. No existen las "treguas olímpicas". 

Tras su reanudación, los Juegos de "la Era Moderna" recuperan para sí su valor más preciado, el espíritu de la exaltación de la competición más pura. Esos eran los principios, que hizo suyos el Barón Pierre de Coubertin, a quien los Juegos actuales deben la gloria de su recuperación. Pero, desgraciadamente, aquella buena intención fue efímera. La edición de 1916 no se celebró debido al estallido de la primera Gran Guerra. Más adelante, en 1936, los juegos celebrados en el Berlín dominado por el fervor nacionalsocialista sufrieron la adulteración de la obsesión de Hitler por la pretendida demostración de la superioridad de la raza aria. Afortunadamente, Jesse Owens desbarató con su victoria esa idea tan nazi y tan contraria al espíritu olímpico. En el verano de 1939 Alemania invade Polonia y comienza la Segunda Guerra Mundial. Los Juegos de 1940 no se celebran por la contienda. Y tampoco los de 1944. Se acaban, así, las "treguas olímpicas". Los Juegos ya no paralizan las guerras. Son las guerras las que impiden la celebración de los Juegos.

Un nuevo concepto de tregua

En 1948 se recuperan los JJOO, precisamente en un Londres victorioso, tras el final de la guerra. Pero no se recuperan las "treguas olímpicas". En 1952, la Olimpiada de Helsinki no representó el cese de las hostilidades de la Guerra de Corea. Los Juegos de Tokio de 1964 tampoco ponen freno a la Guerra de Vietnam. Los de México de 1968 no impiden la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco, en el mismo corazón de la capital azteca. Y en los de Múnich, de 1972, se produjo la matanza de atletas israelíes por parte del Septiembre Negro palestino. En 1980 se boicotean los Juegos de Moscú por la invasión soviética de Afganistán. Y en 1984, en represalia, el bloque soviético boicotea los de Los Angeles. Los Juegos van de la mano de la violencia y la guerra. No hay "treguas olímpicas".

A finales de siglo XX surge, sin embargo, un nuevo concepto, no escrito, de "tregua olímpica", ciertamente alejado de los valores esenciales del Barón. No se trata, ahora, de parar las guerras durante su celebración, pero sí de demorar, o retrasar, el estallido de crisis financieras larvadas durante tiempo, dejándolas en suspenso durante la celebración de los Juegos. Fue el caso de las Olimpiadas de Barcelona en 1992. Los mercados dan una tregua y esperan a septiembre, para que salte por los aires un insostenible Sistema Monetario Europeo. La libra esterlina y la lira abandonan el sistema, que se supone iba a ser el germen de la futura Unión Monetaria Europea. Ello acabó provocando que buena parte de las monedas periféricas sufrieran importantes devaluaciones. Los últimos Juegos convocados, anteriores a los que hoy se están celebrando en Londres, los de 2008 en Pekín, "taparon", durante semanas, la crisis financiera que se estaba larvando en EEUU. En septiembre de ese mismo año, concluidos los Juegos, se produce el estallido que culmina con la caída de Lehman Brothers. Son dos casos recientes de esta nueva y particular "tregua olímpica". En este caso de crisis financieras, no de conflictos bélicos. Pero, como en aquellas, al acabar los Juegos, se acaba la "tregua". 

Las nuevas treguas retrasan el estallido de crisis financieras durante la celebración de los JJOO

¿Que pasará tras los JJOO de 2012? ¿Estamos de nuevo ante un caso de "tregua olímpica" tras la cual se producirá una nueva gran crisis? Ciertamente la eurozona no proporciona mucha tranquilidad. La salida de Grecia del euro sigue siendo una posibilidad, hoy quizá firmemente verosímil, que puede contagiar, con sus efectos, al conjunto de la Unión. Por otro lado, ¿Cual va a ser el papel del BCE en la resolución de la crisis de deuda soberana de España e Italia? ¿Habrá sendos rescates? ¿Que pasará con las tensiones sociales que se avecinan para el otoño en los países del sur de Europa con la prolongación de la depresión? Todo ello por no citar la delicada situación de algunos países emergentes, como Argentina, y su posible "efecto dominó" en Latinoamérica. El escenario no deja de ser alarmante, pese a la aparente tranquilidad.

Ojalá no estemos ante una nueva "tregua olímpica". Ojalá mis preocupaciones para el otoño, se queden en falsa alarma y el venidero sea tranquilo. Pero mucho me temo que, cuando se apague la llama olímpica pueda sorprendernos algún fuego incontrolado. Yo no lo deseo, pero, por si lamentablemente así fuera, disfrutemos de lo que nos queda de olimpiada y de mes de Agosto.Y no olviden: “luchemos todos contra la corrupción”.

Como decía Jorge González Moore: “la corrupción es causa directa de la pobreza de los pueblos y suele ser la razón principal de sus desgracias sociales”.


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