Europa, parque temático

Querer es poder: ¿podemos?

Nuestros políticos y líderes sociales en general -quienes deberían tener mayor, o alguna, visión de futuro- basan sus decisiones en “lo que la gente quiere” sustituyendo objetivos  y proyectos de futuro por un pragmatismo tan populista como simple. Y esto, al menos a mí, me causa notable desazón porque, aunque el futuro nunca sea como lo imaginamos, una sociedad se descompone si no tiene en todo momento presentes metas y objetivos  basados en programas cumplibles y no en palabrería tan hueca como oportunista.

Mitin o debate

Nuestros políticos, todos en general, sostienen su discurso en función de cual sea el auditorio al que se dirigen. Un mismo mensaje puede instrumentarse de muy diferentes formas y maneras si se da a conocer en un mitin o si se expone en un debate más ortodoxo. En un discurso ‘mitinero’ uno puede decir lo que le venga en gana y argumentarlo, o no, como quiera con arreglo al público que le escucha o que simplemente asiste. Se puede limitar a ir anunciando cosas, a hacer promesas, a lanzar frases, ideas o clichés de mayor o menor entidad e impacto; que impresionen a la audiencia, sin preocuparse de razonar, o no, lo que se dice. El que habla sabe que nadie le va a replicar en ese momento y, menos, a interpelar por lo que haya podido manifestar, su contenido y la forma en que lo haya hecho. El objetivo no es otro que los mensajes y promesas lleguen simples y claros a la gente, que llamen su atención y, en el mejor de los casos, salvar el titular por si en una suerte de acierto inesperado alguno de los asistentes lo compra y hace suyo contribuyendo a su divulgación para mayor gloria del padre intelectual del mismo.

En un discurso ‘mitinero’ uno puede decir lo que le venga en gana y argumentarlo, o no, como quiera con arreglo al público que le escucha o que simplemente asiste

Los ciudadanos vivimos convencidos de que las intervenciones públicas de los líderes políticos encaminadas a cautivar al potencial votante se soportan en programas de partido que reflejan su inequívoca voluntad de cambiar el orden de las cosas. De facilitar el acceso al ciudadano a lo que éste, en general o particular, ansía conseguir o tiene necesidad de obtener. Ahí surgen las primeras disfunciones entre el mensaje y la corresponsabilidad de quien lo lanza. Aventurarlo puede ser fácil, justificarlo complicado y cumplirlo una utopía. Pero da igual. Habrá tiempo posterior para defender no sólo su inviabilidad sino también para justificar  que en su día se hiciera. Así las cosas, es comprensible escuchar en las campañas electorales proclamas grandilocuentes que ofrecen, y garantizan, una  “vivienda digna para todos”, “acabar con la corrupción”, “cobrar más y pagar menos impuestos”, “facilitar el crédito para todos”, “eliminar las tasas universitarias”… etc.

Hace muy pocas fechas, algo más de tres meses, hemos podido leer y escuchar de una candidatura electoral al parlamento europeo su oferta, y promesa, de “una renta básica para todos”; un salario máximo para los que más reciben”; “la prohibición para las empresas en beneficios de ajustar plantillas”; “una subida generalizada de las pensiones y, además, a partir de los 60 años”; “acabar con el imperialismo empresarial”; ”democratizar los partidos políticos” y sobre todo, “acabar con la casta de los políticos que nos ha llevado a la crisis y la miseria de las familias y la clase trabajadora”.

¿Creen Vds. que los padres ideológicos de tales postulados estaban convencidos de lo que ofrecían? ¿Piensan que quienes les votaron tenían claro pasar, en los días posteriores al sorprendente resultado electoral, a reclamar lo ofrecido? Hoy sí se puede manifestar que ni aquellos eran conscientes de lo que prometían ni estos se habían leído el programa que sustentaba tan radicales, como inviables, propuestas.

Volvemos a la máxima enunciada. Lanzar un mensaje es fácil, defenderlo y argumentarlo es otra cosa. Ni siquiera sus adversarios políticos, quienes concurrían a las mismas elecciones, se preocuparon de leer el programa y denunciar, en aquel momento, su inviabilidad. Estos últimos en el pecado llevan, ahora, la penitencia.

Hoy, los medios de comunicación, el resto de la clase política, los economistas ortodoxos, se rasgan las vestiduras poniendo de manifiesto que la aplicación de aquellas propuestas no sólo es imposible sino que perjudicaría muy gravemente la recuperación  y la sostenibilidad de nuestra economía. A buenas horas mangas verdes.

Programas y su viabilidad: populismo

Es muy fácil ser populista, basta con decir lo que el ciudadano quiere escuchar. Aunque el programa no tenga atisbo de verosimilitud alguna, ni quien lo presenta capacidad  organizativa ni medios para ejecutarlo. No basta aferrarse al tópico de querer es poder. Es bueno saber lo que la sociedad civil quiere y necesita. Pero el simplismo de hacerlo tuyo conduce a la demagogia más aberrante que sólo produce frustración en quién inconscientemente creyó en las promesas no fundadas y alejadas de la realidad más elemental. Hay que explicar a la sociedad, con sólidos y realistas argumentos,  cómo se van a conseguir las propuestas realizadas, a través de qué acciones y con qué coste. El fin nunca justifica los medios.

Hay que explicar a la sociedad cómo se van a conseguir las propuestas realizadas, a través de qué acciones y con qué coste

Como ya me habrán leído en alguna ocasión, la clase dirigente –la aristocracia en expresión de Ortega- ha de  ser capaz  de generar opinión, de conducir ética y moralmente a la sociedad. Si Ortega levantara la cabeza defendería con pasión su término rechazando, sin ambage alguno, su eventual identificación con la casta de los políticos que hoy es arma arrojadiza para cautivar votantes sedientos de proclamas demagógicas.

Nos hemos acostumbrado a que en política valga todo. Las vacuas promesas de regeneración moral sin más. La realización de propuestas inaplicables. La no necesidad de defenderlas al hacerlas y, lo peor, la hiriente facilidad con la que se  justifica posteriormente su inviabilidad sin asumir responsabilidad alguna por el engaño y la utilización partidista de los votantes.

En definitiva, querer no es poder y, desde luego, no podemos.


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