OPINIÓN

La Navidad

Celebrar la Navidad, con sus costumbres, sus hábitos, sus tópicos y sus símbolos, es algo que debemos conservar y potenciar, tanto por el significado religioso que tiene, como, sobre todo, por su expresión cultural.

La Navidad.
La Navidad. FLICKR: Huahe

Hace unos días, un amigo mío me comentaba, con cierta ironía, que en la vida de las personas se pueden distinguir, claramente, cuatro etapas: La etapa de la “infancia”; la de la “adolescencia”; la de la “madurez”, y la etapa de lo que llamaba del “¡Que bien te veo!”. Pensaba, después de darle un par de vueltas a su comentario, que podía llevar razón. Suelen ser expresiones prefabricadas que se destinan a las personas de una determinada edad, por otras más jóvenes con la supuesta intención de animarla, a pesar de que saben que tiene más de una “gotera”.

Se acerca, en pocas semanas, la Navidad que suele ser tiempo propicio para sacar de los viejos baúles de expresiones parecidas, todo un aserto de ellas dirigidas, con más buenismo que intención verdadera, a agradar a todos aquellos que nos rodean, lo deseemos, o no. Nos reencontramos con conocidos, y familiares, a los que, muy probablemente, un número significativo de ellos, no vemos desde el anterior y fraternal abrazo de la Navidad anterior. Recuperamos entonces todo ese elenco de amables palabras, para expresarlas nosotros o, escucharlas de quienes a nosotros nos las dirigen:” ¡Qué bien te veo!”,... “¡Cada día estás mas joven!”,... “¡Qué guapo, o guapa, estás!”...son halagos que dejan a su destinatario algo confundido, quién con media artificial sonrisa, se queda mascullando para sí mismo...” ¡Si yo te contara!”.

En otras muchas ocasiones se producen conversaciones que quieren ser socialmente amables, pero que son absolutamente incongruentes

En ese contexto, en otras muchas ocasiones se producen conversaciones que quieren ser socialmente amables, pero que son absolutamente incongruentes. Un señor, o una señora, acompañado de su nieto, o nieta, ya mayorcita, va paseando por la calle, y se la acerca  una, conocida, y manifestando exagerada alegría por verles, le dice... “Dª Fulana... que alegría de verla... que bien acompañada... ¿es su nieta?... qué guapa, y que mayor está... hay que ver como pasa el tiempo”. Y a continuación, sin dejar de articular palabra, añade... “Y a Vd., ¡qué bien la veo!... cada día mas joven... por Vd. no pasan los años”... es decir, que al tiempo que la nieta se hace mayor, la abuela rejuvenece. Y también es frecuente que siga la conversación, con un punto de mala intención,... “¿Y su marido?... ¿Cómo se encuentra?... a lo que la “victima” contesta... “¡Bien, muy bien, gracias a Dios!... aunque le duelen un poco los pies y por eso no ha salido”... Y remata la conocida... “¡Me alegro!... pero dígale que se cuide porque, a fulano, que es más joven que él, le dio un infarto el otro día que por poco no lo cuenta...”. Y cuando la conocida se despide con un ostentoso ¡Feliz Navidad!, la mujer del marido se queda desconcertada, con la sonrisa congelada, sin saber si la conocida se alegraba  de que su marido se encontrara en buen estado de salud, o le estaba profetizando lo que le va a ocurrir.

Ya decía Platón que “lo malo de la vejez es que nunca viene sola”. Decirle a una persona de determinada edad “¡Qué bien te veo!”, o “Por ti no pasan los años”, es obligarle a devolver la supuesta cortesía con una sonrisa, mientras recuerda que se está tomando doce pastillas diarias, que no encuentra nunca las gafas o el mando de la tele, o que está siempre pendiente del tiempo por aquello de que, con la humedad, le duelen mas los huesos o tiene mas posibilidades de resfriarse. Y, también, que las Navidades, cada año, le resultan más difíciles y complicadas.

Ya decía Platón que “lo malo de la vejez es que nunca viene sola”

Mucho se ha escrito sobre “la hipocresía de la Navidad” y el argumento nuclear de de toda esa literatura no es otro que la artificialidad de los comportamientos de la gente, en general, durante esas fiestas. Prima, y predomina, el buen deseo, que aflora de repente por la simple rutina del calendario. Nos abrazamos con cierta euforia a quienes no soportamos durante los 365 días anteriores. Les deseamos, no siempre convencidos, todo lo mejor para los que habrán de transcurrir hasta el siguiente abrazo.

Compartimos mesa con familiares que no vemos durante el año y brindamos por sus éxitos de futuro. Se sigue bebiendo a pesar de lo mal que sientan los excesos. Pero son esas ocasiones en las que todo vale. En las que aflora una suerte de desmedida euforia y nos crecen por doquier los amigos y los buenos deseos.

Definía, un humorista norteamericano, la Navidad como esos días en los que se te acaba antes el dinero que los amigos

Definía, un humorista norteamericano, la Navidad como esos días en los que se te acaba antes el dinero que los amigos.  Y es que la Navidad nos despierta sentimientos contradictorios. Nos molestan sus inconvenientes, las reuniones obligadas o por compromiso, pero esperamos, con ansiedad, que se repitan los momentos felices de las pasadas, aunque pensemos que ya son muchas. A mi, personalmente, me gustan mucho esas Fiestas. Comer juntos, en casa, con la gente que quieres, es un placer. O dar, o recibir, un regalo a alguien, o de alguien, que sabes que ha disfrutado al comprarlo tanto como tú al recibirlo, constituye un momento verdaderamente feliz. Dicen los agnósticos, los que no creen en nada, que todo eso se podría hacer en cualquier momento del año. Es posible, pero las cosas importantes, y los sentimientos lo son, necesitan motivos importantes para manifestarse. Y estas Fiestas se celebran, no lo olvidemos, para conmemorar, el nacimiento y la evolución de una cultura que nos ha hecho como somos. Celebrar la Navidad, con sus costumbres, sus hábitos, sus tópicos y sus símbolos, es algo que debemos conservar y potenciar, tanto por el significado religioso que tiene, como, sobre todo, por su expresión cultural. Y máxime, en unos momentos en los que el progresismo estúpido, que alegando una ”multiculturalidad” que nadie sabe muy bien lo que es y que, en el fondo, nadie quiere, trata de desprestigiar lo nuestro, al tiempo que ensalza cualquier cosa que venga de cualquier sitio. Olvidan estos “progresistas” que “no todas las diferencias son aceptables”.

Cierto que hay demasiada falsedad e hipocresía. Cierto, también que  se produce esa apariencia de la sonrisa obligada, de consumismo excesivo, etc. con la excusa de las Fiestas. Pero para la mayoría de nosotros, para los que sabemos el “porqué” de ellas, no dejan de ser el momento oportuno para reafirmarnos en lo que somos y en lo que creemos, y demostrar sentimientos sinceros  a la gente que nos importa, aunque sólo sea una vez al año. A pesar de saber que hay algo de artificialidad y voluntarismo. Aun siendo conscientes de ello, la apuesta por ese acercamiento merece la pena.


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