Europa, parque temático

¡Márchese del palco, general!

Recientemente me contaron una anécdota que transcurrió durante la celebración de un partido de futbol en el entonces denominado estadio de Chamartín. Millán Astray, prohombre de la época en su condición de general y fundador de la Legión, asistía al encuentro en el palco de invitados y, según cuentan los cronistas de entonces, buenos conocedores de la historia del Real Madrid, el general se excedió con la esposa de uno de los invitados. Enterado don Santiago del incidente, subió al palco e invitó al general a que abandonara de inmediato el recinto, prohibiéndole la entrada en el estadio. El colérico militar se fue amenazando de muerte a Bernabéu y parece ser que sólo la decidida intervención de otro general, el laureado Muñoz Grandes, a cuyas órdenes sirvió don Santiago durante la Guerra Civil, impidió que el primero consumara su amenaza y que el Real Madrid perdiera a quién probablemente haya sido el mejor presidente de un club de futbol. Cuentan también quienes conocen con rigor las muchas anécdotas del centenario club, que la cuestión no acabó en el palco y que al día siguiente, con ocasión de una recepción en El Pardo a Bernabéu, Saporta y el mismo Muñoz Grandes, el presidente contó a Franco lo sucedido y tras unos minutos a solas con el generalísimo, al salir de su despacho esbozaba una ligera sonrisa de satisfacción, por lo que sus acompañantes le interpelaron por lo comentado sobre el asunto y don Santiago les contó que Franco le había manifestado que “no había ganado una guerra para perder los valores”.

Lamentablemente, y salvando siempre las distancias con la historia y sus protagonistas, hoy “es el pan nuestro de cada día” asistir impasibles a la degradación de la sociedad consecuencia de la continua pérdida de valores. Circunstancia ésta que se refleja con nitidez en la 'clase' política y económica española. Vivimos con desazón la permanente crónica de la corrupción de muchos de nuestros dirigentes. Los escándalos financieros y de enriquecimiento fácil. La doble vara de medir, de unos y otros, a la hora de juzgar las imputaciones de sus compañeros o las del partido contrario. La ignominia de desbancar al más votado con el apoyo de un acosador condenado y ello además, para más Inri”, coincidiendo con el Día de la Mujer, en un partido que siempre se ha reconocido así mismo cómo gran valedor de la igualdad de sexos.

Nos atenaza la mediocridad de la clase dirigente. Aquella a la que Ortega identificaba como la 'aristocracia dirigente'. La que debería estar formada por quienes fueran capaces de generar opinión, de conducir ética y moralmente a la sociedad, de introducir criterios sobre lo que es correcto o rechazable. Porque, decía, si no existe esa 'aristocracia dirigente', o la que existe no tiene la cualidades necesarias, corremos el riesgo de que la sociedad se convierta en una masa desestructurada e incontrolable, en la que cada uno, por cualquier medio, por la fuerza física, por el poder del dinero, por su capacidad de coacción, termine imponiendo su particular concepto y ámbito de “libertad”, sin tener en cuenta la “libertad” de los demás. Por eso es tan importante, continuaba Ortega, el elegir, y elegir bien, a quienes deben formar parte de esa “aristocracia”. Iba más allá al interpretar que esa minoría o élite que asumiera la guía de la masa debía aceptar la temporalidad de su función, es decir, en tanto en cuanto “cualificado” para desarrollar esa actividad concreta, una vez la hubiere concluido habría de retornar al colectivo y así facilitar el relevo por otros que contaran con mejores atributos para continuar la misión. La propia composición etimológica de la palabra griega “aristocracia” nos conduce a entenderla como “el gobierno de los mejores”.

Comparto la tesis de Ortega. Desde hace bastantes años, la sociedad española ha visto como, progresivamente, la clase dirigente ha ido rebajando su nivel intelectual y moral, su función ejemplarizante, hasta tal punto que, hoy, nuestra “aristocracia”, en la concepción acuñada por Ortega, quienes de algún modo han de suponer una referencia de comportamiento, está compuesta por personas que destacan por todo aquello que no sólo se aleja de lo más esencial de la función para la que han sido designados, sino que más bien al contrario, se les conoce por los escándalos que les acompañan: económicos, morales o de cualquier otra deleznable consideración. Parece que es consustancial a la clase política y, dirigente en general, pasar a diario por los Juzgados en calidad de imputado testigo o colaborador necesario. Se atreven a contarnos, como excusa de perdedor, que esto ha ocurrido siempre, que la política toda la vida ha generado corrupción; que la hay en todos los partidos; que es imposible acabar con ella y, en última instancia se acude al “y tú más” que sirve para zanjar cualquier debate sobre una cuestión tan profunda y de tanto calado. Pero hasta ahora, esa forma de proceder no ha representado un modo de vida al que se aspiraba, no constituía ejemplo para nadie. Porque lo que es grave es que todo ello se nos presente de tal modo que  podamos quedar obligados a decantarnos, a tomar partido, entre un comportamiento deleznable y otro todavía más deleznable, con el agravante de que esa “maniquea” normalidad pueda hacernos  considerarlos como normales, y caigamos en la debilidad y la tentación de  conducirnos como ellos.

En tal escenario, la falta de ética, de principios, donde se impone el mal gusto y la relajación interesada en la que todo se disculpa, la “contaminación” de la moral está calando de forma muy preocupante en nuestra sociedad. Y cuando en un pueblo, en una ciudad, en todo un país se echa en falta la existencia de una “aristocracia dirigente” que con su comportamiento, su modo de hacer y decir, su esfuerzo, sea capaz -de crear opinión, de indicar lo que es bueno o malo, de ofrecer una sociedad mejor para todos, también para la masa que dirige -, las carencias nos pasarán factura. Ortega no diferenciaba peyorativamente entre minoría elegida y masa, pretendía distinguir identificando a quienes desde sus mejores cualidades y mayor inteligencia están más capacitados desde  la exigencia a sí mismos,  y “por ende”,  al servicio a la comunidad.

Afortunadamente, considero que siendo la situación ciertamente preocupante, y desde su nociva influencia, no hemos de arrojar la toalla y renunciar a nuestra legítima aspiración de vencer esa situación. Y está claro que hasta que la “sociedad civil” no haga desaparecer esa lacra que nos afecta a todos será difícil que salgamos de esta gran crisis, que lo es más por ir acompañada de una mayor, y más grave, crisis de los valores universalmente reconocidos  del honor, la lealtad, la honradez, el sacrificio por los que sufren, el trabajo y la honestidad, etc.

Y termino como siempre pidiendo el esfuerzo de todos en la lucha contra la corrupción, lacra que no deja de tentar a nuestra aristocracia dirigente. Como dijo Madre Teresa de Calcuta,  “el mayor mal es la falta de amor y caridad, la terrible indiferencia hacia nuestro vecino que vive al lado de la calle, asaltado por la explotación, corrupción, pobreza y enfermedad”.


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