Europa, parque temático

Marcando estilo

Dicen que la democracia es el mejor de los sistemas políticos posibles para el gobierno de las sociedades. Yo así lo creo. Por lo menos en nuestra cultura occidental, y tras soportar, a lo largo de la historia, todos los regímenes y formas de gobierno imaginables, hemos llegado, a esa conclusión. Y tan convencidos estamos de ello que intentamos, y en muchas ocasiones queremos imponer, que, en otras culturas, carentes de ella, la democracia vaya abriéndose paso, entre otras cosas, porque pensamos que para llegar a acuerdos vinculantes con cualquier pueblo o nación no basta con que firme el líder, más o menos carismático, el jefe del clan, o el dirigente autoproclamado o consentido, sino que exigimos que el que adquiera los compromisos tenga el apoyo de su sociedad, en definitiva del pueblo soberano que le ha votado.

Es interesante analizar y profundizar en lo que ocurre en una sociedad democrática consolidada. Cuando el ciudadano deposita su voto en la urna, con él introduce toda una expectativa de vida, un modo de entender y desear el gobierno de la sociedad en la vive y de la que espera alcanzar notables cotas de mejora. Una mezcla de esperanzas, sentimientos, frustraciones y deseos que, creemos -en un sorprendente acto de fe- que van a satisfacer a aquél o aquellos a quienes hemos votado. Cuando ejercitamos el “sagrado” derecho del sufragio estamos seguros de que los elegidos nos gobernarán como nosotros creemos que deben hacerlo, y nos sentimos ligados -“comprometidos”- con las decisiones que toman porque, precisamente, para eso les hemos elegido, para que ejecuten los programas y las acciones con los que han cautivado nuestro voto. Y si en el transcurso del tiempo nos damos cuenta que esas decisiones no son aquellas que esperábamos, sabemos que tendremos la oportunidad, en la siguiente cita con las urnas, de retirarles nuestra confianza. Por eso, las naciones, los países, las sociedades democráticas en general, funcionan, porque los gobernantes saben que sus decisiones han de ser cumplidas al contar con el respaldo de los ciudadanos que les han elegido.

Teóricamente, el sistema es, debería ser, perfecto. Pero el uso de la democracia, el día a día del sistema, pone en evidencia defectos, errores o inconvenientes que exigen del ciudadano arbitrar mecanismos de corrección que, por un lado resuelvan los problemas propios de la gobernabilidad de la sociedad y, por otro, hagan ver, y tener presente, a quienes nos gobiernan que el voto no es una suerte de “patente de corso” que legitima el distanciamiento y el abandono de las promesas electorales y los compromisos asumidos para con los ciudadanos. También nosotros, los electores, tenemos el deber, y la obligación, de no desentendernos, desde el momento siguiente al del ejercicio del voto y hasta la próxima convocatoria a las urnas, de lo que acontece en la sociedad en la que vivimos. Cuando votamos elegimos a personas que, previamente, han sido identificadas como idóneas por sus respectivas opciones políticas. Nosotros, los ciudadanos, confiamos en que las ideas y tendencias que manifiestan esas opciones son las que van a defender los elegidos que, con nuestro voto, vamos a convertir en líderes sociales. Sin embargo ocurre, con demasiada frecuencia, que las personas designadas por los partidos no son las idóneas para gobernarnos. Y es ahí donde se quiebra la fortaleza de la democracia y del sistema que la sustenta. Confiados en el buen hacer de los partidos, nos encontramos que personas inadecuadas pueden llevar a todo un pueblo al desencanto, a la frustración y al desapego más absoluto con todo lo que la política representa para el conjunto de la sociedad. Cierto que podremos corregir en las elecciones siguientes, pero cierto, también, que la desilusión que provoca un líder incapaz puede perjudicar, gravemente, la confianza de la sociedad en el sistema.

Y es que toda sociedad necesita líderes que la dirijan. En un régimen democrático, cuando votamos, elegimos no solo a unos gobernantes, sino también a una especie de “aristocracia” que, con su comportamiento, costumbres, ética y modo de hacer las cosas, debe servir de ejemplo a toda la sociedad. Gobernar a un pueblo, a un país, no solo es legislar sin más. Es hacerlo desde el profundo conocimiento de las necesidades del colectivo. Gobernar es “marcar estilo” dejando una impronta de la labor desarrollada y, sobre todo, de cómo hacerlo desde el mayor de los respetos a las reglas de juego y a la confianza que en los políticos depositamos los ciudadanos. De lo contrario, cuando no existe esa aristocracia de gobernantes que, con su modo de actuar, tenga capacidad de influencia, la sociedad se fija en aquellos que, por el contrario, son determinada referencia, o conocidos, por su falta de ética, su inmoralidad, su carencia de valores, por su vida desordenada, o simplemente, porque les ha tocado la lotería o se han hecho ricos de un modo extraño. Una sociedad sin clase dirigente, sin líderes capaces de “marcar estilo”, camina hacia la indiferencia, hacia el “todo es lo mismo”, o “el todo da igual”, hacia su propia decadencia, por muy democrática, en las formas, que sea. Y dicho sea de paso, gran parte de la culpa de la crisis que hoy soportamos, aquí y fuera de aquí, se debe a la falta de escrúpulos, a la falta de sentido de las estrategias equivocadas, al relativismo y la avaricia desmesurada, de gran parte de los que con nuestro voto convertimos en elite dirigente.

Desde luego en el conjunto de la sociedad española, está mucho más marcada, y es más difícil de entender, asimilar y superar, la diferencia “derecha e izquierda” que la existente en la que se da entre una opción “nacionalista, no nacionalista”. A mi entender, y visto desde fuera, otra cosa sería un error, y una falta de sentido político, y estético, y una renuncia al liderazgo, en suma, de los elegidos. El tiempo nos dirá, pero espero que nacionalistas, populares y socialistas, y para ejemplo de todo el país, sean capaces de “marcar estilo”.

En pocas semanas, se han de celebrar las elecciones al Parlamento Europeo. La frustración, el desengaño y la falta de propuestas ilusionantes y recuperadoras de la fe en el sistema, anticipan una preocupante abstención en España y, en general, en los países más desarrollados de nuestro entorno. Ese desapego, esa renuncia al ejercicio del voto, contribuye, también, a la aparición del “voto de castigo”. Aquél que va orientado a expresar, más contundentemente, ese descontento y frustración personales, que al compromiso de apostar por la opción coherente con nuestros postulados y posicionamientos. Nos vence la ira del descontento. Preferimos renunciar al derecho a votar en conciencia en pro de dejar patente nuestra falta de fe en los candidatos. Existen estudios e informes que vienen a concluir que cuando el desengañado es un votante moderado, “ideológico”, su frustración la manifiesta con la abstención. Sin embargo cuando el desencanto se instala en opciones de derecha o izquierda el castigo se evidencia hacia posicionas más extremas, a la derecha o la izquierda, respectivamente. Ello, no obstante, puede terminar posibilitando una importante erosión de las sociedades claramente sesgadas hacia el bipartidismo y derivar en una progresiva aparición de nuevos partidos fruto de la recolección de los votos de los desencantados.

En todo caso, no siempre ello sucede así y aquí, en nuestro país, tenemos claros ejemplos de cómo ni la elección de los candidatos, siquiera idóneos, ni por supuesto, honrados y dignos, ni los imparables escándalos de corrupción política, favorecen, en determinadas Comunidades Autónomas, la aparición de opciones de partido que jueguen un papel de moderación desde planteamientos menos contaminados por no haber tocado el poder que incentiva la corrupción.


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