Europa, parque temático

Jubilación y pensiones

Decía San Agustín, que el presente para ser tiempo habría de ser pasado. Entendía que tiempo y eternidad son incompatibles. Se preguntaba en sus 'Confesiones', si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo deciros que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser? 

Concepción del tiempo

¿Es entonces el tiempo algo que está ahí, fijo, inmutable, como una autopista que viene de atrás, desde nuestros orígenes, y se pierde por delante hacia un infinito imposible, hacia una suerte de eternidad medida en años de existencia? Si entendiéramos verosímil esa concepción del tiempo nosotros, en un momento dado, nos incorporamos a esa autopista del tiempo para recorrer por ella el corto tramo de nuestra vida. Cuando entramos, cuando nacemos, nos encontramos con muchos vehículos por delante, que viven la suya a sus respectivas ‘velocidades’, cada una determinada en función de la existencia y modo de vida del individuo que la conduce. 

Poco a poco vemos cómo se van incorporando otros que se sitúan  detrás de nosotros y cómo van desapareciendo algunos de los que nos precedían y a los que nos resistíamos a adelantar quizá conscientes de que al hacerlo vamos tomando un relevo que nos advierte del camino realizado y  nos anticipa el que nos queda por recorrer. Llega un momento de ese transcurrir por el tiempo presente, “aquel que  lo es a la vez que lo deja de ser”,  en palabras de San Agustín, que, casi sin querer darte cuenta, te percatas de las referencias que guiaban tu ruta por delante, tus “mayores”,  tus abuelos, tus padres, algunos amigos o conocidos, que han abandonado la vía.

Es entonces cuando te das cuenta de repente, en ese momento del tiempo presente“que pasa a ser pretérito”,  de que eres tú el que “encabeza el pelotón”, el que marca la referencia. Los demás circulan por detrás. La autopista del tiempo permanece inmutable, eterna, facilitando el corto recorrido que sobre ella realiza cada generación, dándose  relevo unas a otras. Nos disponemos así a asumir y aceptar con una cierta dosis de resignación indolente que la Sociedad envejece deprisa y pasamos de un estado y posición de reconocimiento y valoración a un nuevo estatus de “jubilado”  tratando de buscar nuestro mejor encaje en el puzle de la nueva vida a emprender. Reivindicando el mejor de los significados de la palabra,  incardinado en su propia acepción etimológica. Cuántas veces olvidamos que jubilación tiene su entronque con júbilo, es decir alegría por haber conseguido llegar hasta ese momento muchas veces esperado. 

El carril lateral de la autopista

Es normal. Mi generación, incluido quien esta reflexión escribe, ha recorrido ya el suficiente camino  para que mis amigos y conocidos, bien sea por imperativo legal, bien porque están cansados ya de conducir, o, simplemente, porque se han dado cuenta de que ya no son lo que eran, se están apartando al carril lateral de esa autopista de la vida para, dicen, no interferir a los que vienen por detrás, aun como en nuestro caso ellos también son conscientes de que nadie les quiere adelantar. De que cada uno quiere disfrutar del camino rechazando los atajos, con la mayor plenitud. 

Sin embargo, los que nos introducimos en ese carril lateral de la autopista del tiempo, queremos convencernos a nosotros mismos, de que por esa nueva vía  se circula mejor, que aún queda mucho tramo por recorrer y queremos hacerlo sin la presión de los que nos siguen y no quieren adelantarnos, sin agobios, con mayor tranquilidad, sin nervios, sin que nadie nos atosigue. Sin embargo, ese autoconvencimiento no puede ocultar una verdad mayor que no es otra que la del reconocimiento más íntimo de que esa vía será el paso previo y necesario para terminar abandonando la autopista sin molestar a nadie. 

Sea como fuere,  mi generación, la de los que se jubilaron el año pasado, o la de quienes lo están haciendo en estos momentos, e incluso la de aquellos que lo harán en los próximos meses, circulamos por ese carril intentando adaptarnos a nuestro nuevo modo de conducirnos,  recordando  lo vivido y como lo hicimos. Rememorando  que, de críos, la mayoría de nuestros abuelos vivían con nosotros, en casa de sus hijos, nuestros padres.  Que los cuidaban con la espontaneidad y naturalidad de algo asumido en la educación y formación recibida. Recordamos a nuestras madres, que mayoritariamente jamás trabajaban  fuera de casa compatibilizando los roles de cada uno con el cuidado de la familia. 

Ahora, sin embargo, nuestras mujeres, generalmente más jóvenes que nosotros, siguen trabajando, concilian la vida laboral con la familia y tendrán su propia pensión cuando se jubilen, con menor, o ninguna,  dependencia económica de sus maridos. Observamos, con alegría, que nuestros hijos e hijas tienen la formación suficiente para desenvolverse con soltura por la vida, y sin preocuparse por nosotros porque saben que guardamos los recursos imprescindibles y necesarios, una pensión, para vivir sin molestarles. Y nosotros agradecemos esa independencia, que no tuvieron ni nuestros abuelos ni nuestros padres, y pensamos, con orgullo,  que si es así es porque nuestra generación, la generación de la transición,  precisamente, lo hicimos posible. Durante los últimos treinta y cinco años, esa pacífica generación, con todas las carencias, defectos y deficiencias que se quieran, hizo posible la seguridad del sistema de pensiones, de la asistencia médica y social, que hoy, los que nos jubilamos, podemos tener. Quizá ese importante logro, hasta hoy no cuestionado, esté mostrando ya sus peores síntomas de agotamiento.

El actual sistema de pensiones es insostenible

Es una obviedad a gritos, que el actual sistema de pensiones de nuestro país es en sí mismo insostenible, con independencia de cualquier sesgo ideológico. No es menos obvio que España atraviesa una de sus peores crisis económicas, sin embargo, y con independencia de esa difícil situación, la urgente reflexión sobre la viabilidad de las pensiones ha de centrarse en las causas socio-demográficas en las que estamos instalados. En la, hasta ahora desconocida, perturbación de la estructura de población. En las últimas décadas, la natalidad ha caído a índices ciertamente alarmantes y la esperanza de vida avanza, con satisfacción, hacia cifras de record. Hoy se estima que por cada 100 personas en edad de trabajar, con independencia de los niveles de paro, hay 21 mayores de 67 años. Sin embargo, en el horizonte del año 2050, esa ratio se situará ligeramente por encima del 50 por 100, o lo que es los mismo, más de la mitad de la población tendrá 67 años o más. En el mismo escenario de tiempo, el gasto actual en pensiones, en términos de PIB, se triplicará preocupantemente. 

Los que hemos entrado en ese nuevo modelo de vida, el de la jubilación,  o están a  punto de hacerlo, nos enteramos de que la generación que ahora está en activo, la de nuestros hijos, la generación que tiene el poder político y económico, y la capacidad de decidir, nos dice, nos dice a todos, que  la previsible inviabilidad del “sistema” no podrá garantizar  en el futuro las pensiones de todos, y quizá, probablemente, la nuestra sí. La de los que pusimos en marcha el modelo y la que se beneficiará de las políticas prudentes de mantenimiento financiero del sistema durante la “década del   crecimiento” sostenido de nuestra economía. Por ello, las reformas profundas han de abordarse ya  con la determinación que la situación exige. Explicando con claros e inequívocos mensajes, alejados de toda intencionalidad ideológica o partidista, que los cambios socio-demográficos son incontestables. Las generaciones que nos siguen tienen que tener claro que sin los cambios que el modelo exige, no habrá pensiones para ellos. 

No destruyamos lo que tanto esfuerzo nos ha costado lograr

 Y yo, leyendo los informes que apremian a esa reforma del sistema de pensiones, me volvía a acordar de mis abuelos, que eran cuidados y mantenidos por sus hijos. Hagamos, y exijamos,  a nuestros políticos que no destruyan los que tanto esfuerzo nos ha costado lograr y que en todo caso lo transformen mejorándolo en la medida de lo posible. Y es que, recurriendo a la Termodinámica, pienso que las necesidades de las personas, como la energía… “ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman”.


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