Europa, parque temático

Europa, un futuro a conseguir

Parece oportuno hablar de Europa estos días. Estamos en plena convulsión y ya han sido elegidos quienes habrán de representarnos en el Parlamento Europeo, y aun cuando parece que la sociedad española vive ajena a la mayor o menor transcendencia de la convocatoria electoral y ciertamente desinteresada, soy de los que piensan que Europa, para los españoles, ha sido, y es, de nuevo, un futuro a conseguir. Un futuro que, como todos los futuros, más o menos lejanos, siempre depende del presente.

Recuerdo la primera vez que salí de España. Fue en el verano de 1969. Sentía verdaderos deseos de ir a París, por todo aquello del “Mayo del 68”. En los ambientes universitarios se mitificaba todo lo que, se suponía, ocurría fuera de nuestras fronteras. Hablábamos y no callábamos de la “libertad” y la “democracia” que, decían, había en Europa, y que nosotros no sabíamos muy bien lo que era. Dijéramos lo que dijéramos, y salvo contadas excepciones, la mayoría de los universitarios no adivinábamos cual era la diferencia entre lo que nosotros hacíamos aquí y lo que se pudiera hacer más allá de los Pirineos. Pero Europa era la imagen de algo deseado, inconcreto, y que, fuera lo que fuera, aquí desconocíamos y de alguna manera añorábamos. Desde que Ortega y Gasset, en 1911, pronunciara aquella conocida sentencia de que “Si España es el problema, Europa es la solución”, en todas las situaciones políticas que se fueron produciendo en nuestro país a lo largo del S. XX, y en todos los ambientes pretendidamente intelectuales, emergía, con fuerza, el mito de Europa, de Europa como futuro a conseguir.

Ha transcurrido casi medio siglo de aquella verdadera y profunda revolución socio-cultural e intelectual que fue capaz, desde el fracaso de los objetivos puntuales de aquél momento, de cambiar la vida de las generaciones que la sucedieron. Recuerdo que me fui en coche. Tenía un Seat, y con él emprendí el viaje. Sentía el cosquilleo, y el miedo, de quien empieza una aventura que no sabe cómo va a acabar, agravado, además, por el hecho de que en mi casa me despidieron como si ya no tuvieran que volverme a ver. En 1969, para la mayoría de la sociedad española, Europa era una nebulosa, con el peligro de lo desconocido, y mi familia no comprendía muy bien por qué me iba. Además, entonces llegar a Francia, y pasar un mes por Europa, como era mi intención, no era fácil.

No había tarjetas de crédito, solo un Banco español tenía una Sucursal en la capital francesa, y las carreteras dejaban mucho que desear. Las autopistas ni se soñaban. De Valencia a Barcelona, y de Barcelona a Perpiñán. Al llegar a la capital histórica del Rossellón busqué un hotel, una pensión más bien, en el centro, me instalé y salí a dar una vuelta. Me acerqué a un kiosco de prensa y allí, de pie ante los periódicos colgados como ropa tendida, tuve una de las impresiones que más recuerdo de mi vida. Uno de los periódicos, en su portada, y ocupando media página, publicaba una caricatura de George Pompidou, entonces recién elegido presidente del Gobierno. No sé qué habría hecho el presidente, pero la caricatura le presentaba como un cerdo con su cara. Me quedé paralizado mirando aquel dibujo, y llegué a ruborizarme con una mezcla de sorpresa y temor ¿Cómo era posible que se publicara ese dibujo del, nada menos, que presidente del Gobierno de Francia? ¿En qué mundo me había metido? ¿Era imaginable algo así en España con la figura del General Franco? ¿Qué pasaría si alguien se atreviera a hacerlo en nuestro país? ¿No era una falta de respeto intolerable? No pude continuar el paseo. Compré el periódico y me retiré al hotel. Tan grande fue mi impresión que ese recuerdo ha borrado casi todos los demás que pudiera tener de aquel viaje. Pero aquella tarde, en el silencio de mi habitación, comprendí lo que querían decir cuando hablaban de “libertad”.

Casi medio siglo después es probable que haya personas que no entiendan nada de lo que estoy diciendo. Que crean que estoy “mal novelando” una historia. Han pasado solo 46 años desde entonces y es difícil hacer comprender un ambiente que, incluso, nos hacía sentir culpables por el simple hecho de ver cosas como aquella caricatura. Aprender a vivir en “libertad” no fue fácil, y aunque formalmente la conseguimos en 1976, tardamos mucho tiempo en considerarla como cosa normal, es decir, a vivir con ella sin darnos cuenta.

Con ella, España entró a formar parte, como miembro de pleno derecho, en enero de 1986, de la, entonces, Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Los españoles habíamos conseguido el futuro. Hasta tal punto lo hemos conseguido que ya no nos acordamos de aquella perspectiva España-Europa que teníamos, y no concebimos una situación distinta a la que tenemos.

Pero hoy sabemos que el trabajo no ha hecho más que comenzar, o, si se quiere, que tenemos que volver a empezar. Pero eso supone que Europa, la Unión Europea, debe ser una realidad política y social concreta que debemos acabar de construir. Y en este sentido, para los españoles, para todos los europeos, Europa sigue siendo un futuro a conseguir. Todos Vds. seguro que conocen el juego de las “tres en raya” es un juego de lápiz y papel entre dos jugadores: O y X, que marcan los espacios de un tablero de 3×3 alternadamente. Un jugador gana si consigue tener una línea de tres de sus símbolos: la línea puede ser horizontal, vertical o diagonal. ¿Y cuál es la línea con sus tres símbolos iguales para alcanzar ese futuro y que este sea creíble por todos los europeos? Desde mi humilde punto de vista son los siguientes:

Primero que los dos partidos dominantes olviden temporalmente sus diferencias y se pongan de acuerdo en lo que se quiere que sea Europa como Nación  para evitar que otras nos borren del mapa.

Segundo que de una vez por todas tengamos a la mayor brevedad una verdadera unión política, militar, bancaria, fiscal y económica. A ello debe dedicarse sin prisa pero sin pausa el nuevo parlamento que se constituya.

Tercero que exista una auténtica solidaridad política, social y económica entre todos los países que constituyen la UE. Todos hemos cometido pecados, unos más graves y otros menos, y sólo asumiendo tal circunstancia y dejando de reprocharnos eternamente las diferencias entre el “norte” y el “sur”, tratando de reducirla e, incluso, aspirando a eliminarlas. Austeridad sí, pero nunca por encima del empleo, de un salario justo y de unas coberturas sociales iguales para todos.

Nos necesitamos todos y precisamos de una Europa unida y fuerte que sea una realidad constatable por el resto de naciones del planeta, y para eso Europa, como nación debe estar por encima de cada una de los estados y pueblos que la conforman (aunque yo prefiero hablar de la Europa de las comarcas y no de las naciones porque si no difícil veo el futuro).

Permítanme que sea optimista creo que volveremos a empezar, y rápido, a diseñar nuestro futuro, aunque solo sea porque nadie desea que nos convirtamos en un “parque temático” para regocijo del resto de países.


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