Europa, parque temático

Europa: ¿por quién doblan las campanas?

Recordando al nonagenario Canciller alemán Helmut Schmidt, -uno de los políticos alemanes más sólidamente convencidos de la necesidad de profundizar y consolidar en el eterno proyecto de la Europa-estado- "la Unión Europea constituye una empresa única. Si por un lado, nosotros los europeos, estamos firmemente decididos a conservar la respectiva lengua de nuestro país, nuestra peculiar herencia cultural y nuestra identidad nacional, ello no impide que nos unamos, -y no porque lo quiera un dictador o un conquistador- sino porque estamos convencidos de que la mejor forma de defender nuestros intereses nacionales es a través de la Unión Europea, por mucho que se altere en el siglo que viene el orden mundial."

”España es el problema; Europa la solución”

Tan solo una autentica Constitución europea (y no un Tratado Constitucional como tenemos ahora) que nazca de la soberanía de los pueblos y sea ratificada por todos ellos permitirá la existencia de un poder europeo independiente de la legitimidad que le transmiten los ejecutivos nacionales, procedente de sus constituciones nacionales. En tanto en cuanto la legitimidad última de la Unión esté condicionada por los corsés de las constituciones nacionales será difícil evitar que las decisiones que en ella hayan de adoptarse descansen en el acuerdo de los órganos en los que están representados los poderes constituidos nacionales. Tenemos pues un déficit constitucional y no parece probable que, -en aras del interés general de la Unión y de su propia supervivencia- las burocracias y los dirigentes políticos nacionales renuncien a su parcela de poder para cederlo a un nuevo ente independiente de ellos y al que estarían sometidos.

Si Ortega escribió: "España es el problema; Europa la solución", hoy debemos aceptar que Europa es la solución para España, pero también, para todos y cada uno de los estados del viejo continente; es el destino común de todos los pueblos europeos, su tabla de salvación. Estamos ante la última oportunidad, sino la aprovechamos se agudizará la decadencia de occidente y Europa se convertirá en un simple parque temático

¿Sigue siendo la Nación Europea una utopía? Si lo es, estamos muertos, si no lo es, tendremos que convenir:

1) Que necesitamos un poder europeo autónomo de los Estados. Fuerte y capaz de tomar medidas políticas y económicas con rapidez, con capacidad para moldear el mercado y el juego de los poderes económicos y financieros. El dólar es la divisa de un Estado y la moneda reserva global, y el euro es una moneda sin Estado, con todas las debilidades que esto implica. Europa no tiene, -en su más hondo significado- un presupuesto federal. La vulnerabilidad del euro se ve permanentemente acrecentada por la exposición de las políticas presupuestarias y fiscales de los diferentes estados que componen la Unión. Tenemos una moneda única pero su credibilidad y solvencia están condicionadas a la calificación realizada por determinadas agencias, -de más que dudosa independencia- que abstrayéndose del proyecto común infringen severos castigos a la economía de cada país con perversos instrumentos financieros como la "prima de riesgo", que puede llegar a inviabilizar la necesaria financiación de los diferentes estados de la Unión. Las actuales agencias de rating son todas americanas, constituyen un verdadero oligopolio y no son expertas en valorar las deudas de los Estados. Puede que lo sean para las empresas, pero su independencia es cuestionable desde el momento en que quien les paga es la misma empresa a la que valoran. ¿Puede Europa permitirse ser prisionera de estas Agencias?

2) El liderazgo actual de la Unión Europea no admite enfermos de déficit. Es más, los estigmatiza despectivamente. Esto es muy duro para los países que están corriendo una larga y difícil carrera de obstáculos con el fin de ajustar sus desequilibrios macroeconómicos a determinados parámetros que les vienen impuestos por quienes, asumiendo hoy esa responsabilidad y liderazgo, están anteponiendo sus miedos ancestrales a la necesidad de una inevitable conciliación entre disciplina fiscal y crecimiento económico. Nadie cuestiona la imperiosa necesidad que tenemos los europeos de mantener una severa disciplina fiscal. Hemos de ser conscientes de que es, -real y objetivamente- la única garantía de una Europa fuerte y cohesionada. Controlar y reducir el déficit presupuestario significará, también, contener la inflación, crear empleo y, en última instancia, riqueza, asegurando por tanto un marco de crecimiento sostenible. Recordemos de nuevo a Helmut Schmidt cuando con meritorio valor reconocía que los "superávit de Alemania son los déficits de otros estados".

Una economía sana, lo mismo para los estados que para las empresas, las familias o los individuos, necesita ajustarse al viejo principio de no gastar más de lo que se ingresa. Por ello, es necesario que no sólo desde la iniciativa pública, sino también desde la privada y la propia de cada individuo, se asuman los postulados del equilibrio y se colabore con políticas de ahorro y rigor. No hay que sacralizar las políticas de ajustes pero tampoco podemos seguir conduciéndonos por los caminos del despilfarro y el descontrol. Hay que actuar desde el propio convencimiento de la irreversibilidad de la situación y la urgencia por tapar las graves vías de agua que tienen la mayoría de nuestras economías. Con prudencia, pero también con determinación. Bajo una supervisión única, porque la reducción muy rápida del déficit público, llevada a cabo de forma simultánea en todos los países puede, a corto plazo, agravar la situación en vez de coadyuvar a resolverla. Nos debe preocupar el déficit público, pero más todavía el crecimiento económico, sin él no se podrá hacer frente a los compromisos y deudas ya contraídas. No bajemos la guardia frente a otras formas de "burbuja especulativa", que terminan trasladando el impago de las deudas al contribuyente de a pie mientras se mantienen -encubiertos- determinados modelos de enriquecimiento injustificado a la par que las sociedades y los paises, en general, se enfrentan a una grave crisis.

3) Precisamos de un Banco Central Europeo con un alto grado de centralización y, sobre todo, con total independencia y capacidad de reacción. Enmarcado en un modelo europeo federal, con unos sólidos y eficientes Órganos de Gobierno: Parlamento y Comisión.

Es perentorio contar con un emisor de deuda único para la Eurozona. Los eurobonos, -como instrumento de comunitarización de las deudas- son una muy buena solución aunque supongan transferencias de soberanía o miedos irreprimibles a la solidarización de los efectos financieros de la actual crisis que padece la Eurozona.

4) Es necesario, cuanto antes, la plena integración fiscal de los países de la Unión Europea. Hay que avanzar decididamente en el ámbito de la armonización tributaria, -la Agencia Tributaria Única- y la aprobación de un código de conducta que evite la competencia fiscal desleal entre Estados.

5) Es indispensable que fluya el crédito hacia la economía real e, igualmente necesario, la inaplazable adopción de medidas encaminadas a fortalecer el mercado laboral haciéndolo menos vulnerable a la destrucción de empleo, estableciendo políticas incentivadoras del trabajo, al mismo tiempo que se actúa sobre el exceso de rigideces y regulaciones. Toda persona tiene derecho a un puesto de trabajo digno, y este principio debe estar por encima de cualquier condicionamiento político y económico. Por desgracia las desigualdades se han acentuado por los extremos con una elite bien pagada -no siempre fácilmente justificable- y la gran masa de trabajadores, cualificados y no cualificados, empobrecidos, rayando en niveles de elemental supervivencia.

6) La Nueva Europa, -la Europa deseada- debe ser competitiva. La autocomplacencia, la relativización del esfuerzo y el recurso a políticas económicas cortoplacistas deben quedarse en el pasado. El contexto actual requiere que los precios y los mercados reflejen, -con exactitud y transparencia- la verdadera dimensión de la oferta y la demanda; que el sector público funcione con eficacia, que los recursos laborales se adapten a las situaciones reales, que las empresas generen más valor y que los mercados, sectores y agentes sociales interioricen el nuevo escenario en el que nos encontramos, -distinto al de la "década prodigiosa"- con nuevas oportunidades y también con otras exigencias. Sería necio no aprender de los errores y fracasos del pasado. Hemos de no olvidar a donde conducen los inescrutables caminos de la incontrolada liberalización y la desregulación de los mercados financieros porque ya difícilmente podremos justificar rasgarnos las vestiduras al ver su comportamiento y sus resultados. 

Nueva escala de valores

En esta nueva Europa no cabe la corrupción, el interés personal sobre el bien común, la ambición de poder, el caciquismo, las curias, la ineficiencia, la exaltación del poder económico, la falta de confianza en la justicia, la pobreza, la amoralidad, la cultura del gasto y del apalancamiento, el individualismo, el afán de soberanía y tantas otras cosas que socaban las débiles estructuras de la Europa que languidece. En definitiva, es exigible una nueva escala de valores de acuerdo con el Derecho Natural, el Bien Común y la prevalencia de la Sociedad Civil. Si creemos en ello, podremos conseguirlo. Desde la complicidad y la acción común. Desde la solidaridad y la convicción de que entre todos podemos. Sin aislarnos del necesario protagonismo de la Sociedad Civil que es quien reclama y exige la solución de los problemas que aquejan al "viejo, agonizante, continente". Como decía Groucho Marx: "la jerarquía es como un estante… ¡A mas altura menos sirve…!

Europa y sus líderes llevan muchos meses definiendo estrategias y diseñando acciones orientadas a la salida de la crisis más profunda a la que se enfrenta desde los tiempos de su propia concepción. Muchas son indudablemente necesarias pero todas son urgentes. Se nos acaba el tiempo. Es necesario diferenciar entre aquellas que contribuirán a consolidar, a medio y largo plazo, la realidad de la verdadera Europa-estado, de otras, inaplazables por más tiempo, cuyo retraso en su implantación impedirá que lleguemos, siquiera, a tener la oportunidad de permitirnos conocer esa idea, quizá sólo asentada en el voluntarismo de unos pocos. No hay duda que todas estas medidas e iniciativas precisan un tiempo. Pero no se puede esperar más. Europa como concepto ha funcionado bien en la etapa de la consolidación de su integración y en tanto en cuanto el crecimiento de los grandes ha posibilitado el desarrollo de las naciones más pequeñas que se han ido incorporando a ella. Se ha demostrado que con crecimiento es posible la solidaridad entre sus estados miembros. Sin embargo la profunda crisis que todos atravesamos ha sacado a la superficie los más viejos y rancios temores a la pérdida del protagonismo identitario de cada uno; a la dificultad para hacer nuestros los problemas de todos. Nos resistimos, Europa se resiste a ponderar la urgencia en la salida de la crisis. El ciudadano común tiene, en esta situación, la percepción de la Europa que controla, interviene, amedrenta y sanciona. ¿Se ha querido castigar antes que ayudar?. ¿Se ha hecho todo lo necesario, ¿Y a tiempo? O se ha reaccionado tarde y contemporizado con las causas de los males que padecemos, y, en ese caso, ¿quiénes son los responsables de las consecuencias de esa dejación? ¿Realmente está Europa al borde del abismo? ¿Son fundados los temores de los ciudadanos en relación con el futuro de sus ahorros? Mientras esto sucede, desayunamos todos los días atemorizados por la presión de los "mercados", la escalada de la omnipresente "prima de riesgo", extendiéndose como una mancha de aceite la especulación, la irresponsabilidad y la incertidumbre. Si hay que pecar pequemos por acción y no por omisión. Pasemos de las musas al teatro, reforcemos la solidaridad europea, avancemos en su gobierno económico y en su federalismo fiscal y para ello pensemos como sería, -para cada uno de nuestros países- un mundo sin una Nación Europea en paz, prospera y solidaria.

Hoy, más que nunca, hemos de reclamar la capacidad de acción conjunta. Será ello lo que nos sacará de la crisis y no el individualismo y el aislamiento.

¿Estamos a tiempo? Entiendo, -sin ambages- que sí, porque siempre, al final, nos agarramos a que la esperanza es lo último que se pierde.

Permítanme, -y discúlpenme por hacerlo- terminar mi reflexión con unas premonitorias palabras de de John Donne, escritas en 1624:

"Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti"


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