Europa, parque temático

Europa continúa siendo la solución

Es conocida aquella frase de Ortega y Gasset, pronunciada en marzo de 1910, que decía que España era el problema y Europa la solución”. Han transcurrido ya más de 100 años desde aquella programática manifestación y desde entonces, en muy numerosas ocasiones, aquellos a los que quería referirse Ortega han manoseado hasta la saciedad su finalidad y mensaje utilizándola en beneficio propio como si el mero hecho de hacerlo les legitimara para liderar o abanderar movimiento social o político alguno. Pocos conocen el verdadero significado de aquellas palabras. Cuando las pronunció, Ortega, consciente y preocupado por el retraso cultural de la España de principios del siglo XX, entendía que la única forma de recortar esa barrera que entonces parecía infranqueable, era acercándonos a Europa. A la Europa de siempre, a la vieja Europa forjadora de pueblos y culturas y promotora de revoluciones industriales que perseguían menores desigualdades entre los ciudadanos que la habitaban. Parece que hoy, cien años después, vuelve a ser necesario. No podemos correr el riesgo, una vez más, de desengancharnos del modelo de progreso que representa una Unión Europea de 500 millones de ciudadanos.

Durante los últimos años del franquismo y la transición, la idea de “Europa como solución” pretendía seducirnos en los objetivos y metas relacionados con las libertades que añorábamos y comenzábamos a descubrir con la apertura de los medios de comunicación. Nos entusiasmaba la idea de poder alcanzarlas sin enfrentamientos, con el sólo hecho de poder ejercer el derecho de voto, como venía sucediendo en los países de nuestro entorno. Hoy volvemos a recordar a Ortega desde posicionamientos afortunadamente distintos pero no por ello, no menos complejos. Vayamos por partes.

Europa sigue siendo la solución

Europa es la solución”, decía Ortega. Y, efectivamente, para mí, sigue siéndolo. Pero Europa, en estos momentos, ya no es la única potencia económica, política y cultural, sobre todo cultural, que sí lo era a principios del siglo pasado. Durante los últimos doscientos/trescientos años, la cultura europea, es decir, su concepción de las relaciones económicas, políticas y sociales, fue la que dominó al mundo. En la actualidad, las relaciones entre los ciudadanos y los países, siguen, todavía, el modelo que la cultura europea impuso. Un modelo hegemónico e indiscutible. Pero las cosas están cambiando y muy deprisa. Aquel éxito puede provocar, está provocando, pienso, su decadencia. Como bien pudiera decir Felipe González, Europa puede morir de éxito. Porque, cierto es que buscando su propio beneficio, durante los últimos siglos con su modo de hacer las cosas, ha estimulado el surgimiento de mundos, de conciencias, distintas a la suya. Y esos mundos que han despertado, y son, tanto desde el punto de vista demográfico, como, sobre todo, cultural, muy potentes, están amenazando su hegemonía, es decir, su capacidad para seguir imponiendo las reglas de juego. Porque, además, esas nuevas sociedades, esas nuevas culturas, cuyas emergentes economías son hoy la referencia, disponen de riqueza, de mucha riqueza.

No hemos de olvidar que en estos momentos, el dinero tiene mas poder del que nunca ha tenido en la historia de la humanidad, hasta el punto de imponerse a los Gobiernos, comprar voluntades y medios de comunicación, y de ser casi el único impulsor de los cambios que se están produciendo en nuestras sociedades. Europa, en estos momentos, se siente agobiada, con la necesidad de reafirmarse culturalmente. Se ha dado cuenta de que ya no se trata de mantener su dominio sobre los demás, sino que debe reafirmar, lo que ha sido, para poder seguir siendo una sociedad con valores, costumbres y creencias propias, las que le han dado sentido a lo largo de la Historia, para no ser desnaturalizada, engullida, por las culturas emergentes. Europa necesita ser lo que es para seguir siendo, y no desvanecerse, en algo irreconocible, abrumada por el peso de los demás, con todas las consecuencias, culturales y económicas, que eso puede tener sobre nuestro modo de vida. En estos momentos, los debates sobre la esencia de Europa se están dando en todos los países, como lo demuestran las declaraciones de líderes de distinta ideología, las disposiciones de los distintos gobiernos, y los movimientos políticos y electorales que se están produciendo. Europa quiere seguir siendo Europa.

Hablar de Europa, se diga lo que se diga, no es ninguna banalidad (y no estoy 'curándome en salud'). Porque, aunque hoy nos parezca mentira, hace tan sólo cuatro décadas, el viejo continente lo conformaban tres Europas completamente distintas. Existía, en primer lugar, la nuestra, la 'Europa encogida', formada por España y Portugal, y que, sorteando los Pirineos, se asomaba con timidez, quizá con miedo a lo desconocido, a esa segunda Europa, a la 'vieja Europa' de la que solo teníamos referencias, y de la que nos llegaban noticias casi siempre negativas, pero que pensábamos, cada vez con más fuerza, que formábamos parte de ella, que era nuestro destino obligado. Finalmente, la 'Europa tenebrosa', la enigmática, la situada más allá de telón de acero (¡qué cosas!), y de la que ni sabíamos, ni queríamos saber, nada.

Lo mejor que tenemos

En una sociedad globalizada, donde continentes, culturas y dinero, pugnan por imponerse, es vital reafirmar que Europa existe, que existe unida, y que, a pesar de sus contradicciones, o quizá por ellas, su modo de ser, de hacer, de sentir y de pensar, constituye la referencia ética, y moral, del mundo. Es decir, que constituye todo lo mejor que tenemos.

Para ello es necesario, de una vez por todas, alcanzar la unión política, la fiscal y la Bancaria y todo ello en el plazo más rápido posible. Estamos casi ya en plena campaña electoral para elegir a los diputados que nos representarán en el Parlamento Europeo, y aunque da la impresión de que no interesa demasiado, soy de los que cree que Europa, para los españoles, ha sido, y es, de nuevo, un futuro a conseguir. Un futuro que, como todo futuro más o menos próximo, siempre depende del presente. De ahí la importancia de las cercanas elecciones al Parlamento Europeo, y de cómo ejerzamos, con la responsabilidad deseada, nuestro derecho a analizar la seriedad o no de las diferentes propuestas que nos presenten los partidos y más aun de las personas incluidas en las candidaturas. Como he reiterado en anteriores artículos “no vale cualquiera”, y queremos candidatos que tengan la formación suficiente y que sean, ética y moralmente, intachables. Hemos de rechazar que el Parlamento Europeo, y las listas nacionales que votan los ciudadanos de cada país, sean un 'cementerio de elefantes' donde se acaban premiando fidelidades ya irrecuperables y 'viejas glorias' a las que hay que dar una salida políticamente 'digna'.

Estas, y cualesquiera otras elecciones europeas han de contribuir a la consolidación y cohesión de la Unión, una unión que se ha ido construyendo a espaldas de sus, hoy, 500 millones de ciudadanos. En la que los políticos disfrazados de grises burócratas dormitan en sus sillones alejados, muy alejados de los verdaderos problemas y necesidades de sus ciudadanos.

Los resultados, y más que ello, la abstención que pueda producirse serán un magnífico barómetro de cómo creen los ciudadanos en el proyecto que nos presentan nuestros políticos. No hay que olvidar que desde el inicio de la crisis económica actual, 22 países han cambiado de Gobierno.


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