Europa, parque temático

A Dios no se le vota

La reciente renuncia de Benedicto XVI ha sacado a la luz posicionamientos de todo tipo tanto en lo relativo a la razón última de su decisión, hoy por hoy inescrutable para todos, en el tiempo y la forma en la que se han precipitado los acontecimientos, cómo en lo referente al balance de su corto pero polémico papado, aunque riquísimo en doctrina. Para algunos, la justificación de su debilitada salud es causa suficiente y la decisión es interpretada desde la coherencia y la responsabilidad de quien ha antepuesto la misión responsable de apostolado de la Iglesia a la tradición de los últimos seis siglos, sintetizada, en la frase, desafortunadamente pronunciada por quién había sido secretario particular y brazo derecho de Juan Pablo II, el Arzobispo de Cracovia, Stanislaw Dziwisz “de la Cruz no se baja”. Para otros, lo atípico e inhabitual de la misma plantea enormes interrogantes que terminan conduciendo a intrigas sucesorias, conspiraciones vinculadas a la más execrable corrupción moral, económica y política fruto de venganzas y ansias de poder. Mucho se ha escrito, y más tinta se verterá sobre todo ello, hasta en tanto en cuanto no aparezca por la chimenea de la Capilla Sixtina la ansiada “fumata blanca” y se produzca el posterior pronunciamiento solemne de “habemus Papam”.

Como es propio de los cambios, y mucho más en la Iglesia, en estos días se ha diseccionado, con sorprendente espíritu incisivo, la labor realizada durante estos casi ocho años en los que Ratzinger ha ocupado la silla de Pedro haciendo frente a la tremenda tormenta mediática que le recibió en la primavera de 2005 cuando - y ahora se comprende con mayor facilidad – fue elegido Obispo de Roma sin haberse postulado para ello, como profundo intelectual y académico riguroso que era, y es, nada amigo de los grandes movimientos de masas y huérfano de la enorme capacidad de comunicación de su predecesor.

La historia habrá de juzgar el papel desarrollado por Benedicto XVI durante su etapa al frente de la Santa Sede, pero hoy si se puede afirmar – y para algunos ello puede ser una de las causas de su renuncia – que Ratzinger mostró firme determinación en la regeneración de la Iglesia “pecadora y herida”, llegando a pedir solemne perdón a las víctimas de los abusos producidos por algunos pederastas no denunciados en su día. Se va sabiendo, también, que quiso poner orden en la compleja estructura económica y financiera del Estado Vaticano y tiempo habrá para conocer el eventual papel jugado en su renuncia por el escándalo del “vatileaks” y los documentos sensibles filtrados por su mayordomo. Si realmente “bajándose de la cruz” no ha confirmado otra cosa que ser víctima de esas luchas intestinas de poder a las que no pudo vencer.

Enemigo del relativismo moral

No pongo en duda los argumentos de los analistas que hasta la fecha han evidenciado sus posiciones, pero quizá si pueda apreciar en muchos de ellos significativas carencias a la hora de explicar tales postulados. Observo una cierta simplificación en las tesis de unos y otros en función de la afinidad ideológica en la que se encuentren ubicados. Ello puede conducir, y a mí así me lo parece, a la difusión de los tópicos que en todo momento han acompañado a Ratzinger desde sus responsabilidades anteriores a la elección como Papa, cuando era prefecto para la Congregación de la Fe. Se cae en la tentación de etiquetarle de conservador recalcitrante sin profundizar en su profunda formación teológica e intelectual. Probablemente Benedicto XVI haya sido el Papa intelectualmente más sólido y mejor preparado de la reciente historia de la Iglesia Católica.

También se ha incurrido con frecuencia en la descalificación de “enemigo del relativismo”, como si ello fuera el “santa santorum” por el que la sociedad actual hubiera de conducirse sin desvío alguno.

Es cierto que en el mundo en el que vivimos se está imponiendo un “relativismo moral” que pretende justificar la necesidad de que todos los males de nuestro tiempo han de ser resueltos, como propugnaba “la Ilustración” por el racionalismo progresista. El “Relativismo” postula que la “verdad absoluta y universal” no existe. Que la verdad es cambiante tanto en el plano de lo temporal cómo de lo personal. Que en consecuencia, la verdad es particular y subjetiva. Es decir, que todo es siempre relativo, que como sostenía Marx, no hay verdades intemporales y todo es fruto de la evolución de la historia.

Pero, entonces, si todo es relativo, ¿No existe la “verdad”? En mí opinión, efectivamente, las verdades absolutas, dogmáticas, indescifrables, no existen… excepto… cuando uno cree en ellas. Y es entonces cuando entramos en el plano de la pluralidad y la diversidad, y estamos obligados a distinguir tales elementos diferenciadores del relativismo igualitarista que otorga a cada ciudadano su particular verdad de las cosas.

Si me manifiesto creyente, y creo que Dios existe. Para mí, esa es una “verdad absoluta”. Pero esa “verdad”… ¿Es “verdad” ó no es “verdad”?. ¿Tengo derecho a defenderla como mía? ¿Puedo “pactar” con alguien “mí” verdad? ¿Puedo “pactar” que Dios existe, ó que Dios no existe, según las circunstancias? ¿Se puede votar a Dios?

Se dice que Benedicto XVI era enemigo del relativismo porque, entre otras cosas, llegó a manifestar que una de las causas de la crisis por la que atraviesa Europa es el relativismo moral del que se han impregnado las diferentes capas de la sociedad que “no reconoce nada como cierto”. Como consecuencia de ello, del vacío producido al no aceptar nada como cierto, como seguro, la sociedad se está volviendo escéptica, duda de todo, de sus principales e irrenunciables valores, de sus creencias, abandonándose a una relajación, y cayendo en un cierto “sincretismo”, que la hace creer que todo, creencias y valores incluidos, son pactables, e incluso que se puede hacer síntesis de valores contradictorios. Benedicto XVI se ha resistido siempre, desde la profunda formación teológica – por todos, defensores y detractores, reconocida – a aceptar, que no todo es pactable, y que la sociedad tiene que creer en algo, que tienen que existir valores ininmutables, de principios básicos y esenciales, éticos y universales. Y, sinceramente, estoy absolutamente de acuerdo.

La necesidad de una sociedad de valores

Cómo demócrata convencido creo que la democracia es el mejor sistema que puede tener una sociedad para gobernarse, para tomar decisiones. Pero todas las sociedades se desarrollan dentro de un marco de valores exigidos por todos y exigibles a todos y, por las mismas reglas de la democracia, cada cual es libre de defender los suyos, aquellos en los que creen, desde el respeto mutuo y la aceptación del marco global de convivencia. Y es bueno que haya quien tenga las cosas lo suficientemente claras para poder moverse con seguridad en un mundo de culturas, de creencias, e incluso de sentimientos, tan diversos y plurales como contrapuestos; es saludable saber defender con argumentos convincentes y altura intelectual la propia verdad de cada uno.

“Dios existe, y a Dios, a la “Verdad” absoluta, no se le vota”. Esa creencia, indiscutible durante siglos, y hoy relativizada por muchos, es, sin embargo, la que ha generado todo un modelo de valores, una cultura, un modo de vivir, que nos ha permitido a Europa, y a otras muchas regiones del planeta, disponer de determinadas pautas de comportamiento que han cristalizado en sociedades democráticas y civilizadas. Un modelo de convivencia que, afortunadamente, nos permite cuestionarnos todo aquello que queramos cuestionarnos.

No rehúyo el compromiso. Probablemente, ahora y en el futuro, habrá cosas que me cuesten ser aceptadas, con las que no esté de acuerdo, pero siempre defenderé la existencia de una sociedad de principios y valores, de ética y compromiso que huya del relativismo que no precisa fundamentar nada porque prima el “todo vale”

Pero hoy, aquí, en Europa, me parece muy bien que haya habido un Papa, Benedicto XVI, dispuesto a defender, y difundir, “su verdad”, la verdad del necesario rearme moral de la sociedad en la que vivimos.

Y termino como siempre alentando a todos a luchar contra la corrupción. Como dijo Tacito, historiador romano,” en un espíritu corrompido no cabe el honor”.


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