Europa, parque temático

El Cortijo de Los Callaos

"Tengo seis o siete años"

Cuentan que, un día, a Galileo Galilei, ya mayor y con una poblada barba blanca, alguien le preguntó “cuantos años tenía”. Galileo, mirándole, respondió: “calculo que tengo seis o siete años”. Ante la extrañeza de su interlocutor por sus palabras, el sabio continuó “seis o siete son los años que creo que aún me quedan de vida, los que tengo, porque los demás ya no los tengo, ya los he vivido”. Traigo esta cita porque hoy es uno de esos días en los que pasan, fugazmente, por tu cabeza recuerdos aislados, pensamientos deslavazados, hechos e ideas que te hacen reflexionar sobre la torpeza del ser humano y de la Sociedad por él construida.

Cada vez con más frecuencia escuchamos sorprendidos como determinadas opciones políticas e instituciones sostienen, sin sonrojo y pudor alguno, que los mayores de 65 años no sirven para nada

Gerontofobia

En los últimos tiempos, cada vez con más frecuencia escuchamos sorprendidos como determinadas opciones políticas e instituciones sostienen, sin sonrojo y pudor alguno, que los mayores de 65 años no sirven para nada, entre otras "lindezas", ni para regenerar la democracia ni para -¡válgame Dios!- poder acceder al parqué de la Bolsa madrileña. ¿Y saben por qué?, porque dicen que dan una mala imagen. Hay, pues, que expulsar a la experiencia, dado que la técnica está por encima de la edad. Pero de verdad, ¿qué edad tenían quiénes más han aportado a la Sociedad y a la política desde Homero a nuestros días? La gran mayoría de ellos más de 65 años. Sin embargo, hoy nos invade una especie de "gerontofobia". Los mayores son un colectivo social con un peso demográfico “in crescendo” pero del que la política –excepto cuando se acercan las citas electorales–, la Sociedad en general y los medios de comunicación proyectan una imagen absolutamente anacrónica y apática.

No es moderno subrayar las virtudes de la edad y la experiencia. Envejecer tiene una malísima prensa. Desacertadamente, toda vez que la edad y la veteranía representan autoridad moral y sabiduría, -recordemos el senado romano- dignidad y experiencia y no un drenaje de la economía y un estorbo para una Sociedad que la arrincona a la inactividad y el aislamiento. Poca gente, como JM Riera, en su libro, de sugerente título “Contra la tercera edad: por una sociedad para todas las edades”, destaca el valor de la edad.

Lo malo que tiene la política, cuando se convierte en acaparadora del foco mediático a niveles tan excesivos como últimamente venimos padeciendo, es que los dirigentes, bien sean los que ya lo son, o creen serlo, o los que aspiran a ello, parece que no pueden evitar representar papeles que sólo tiene una voluntarista explicación desde la tontuna y la enajenación.

Decidirnos por si es que son tontos ellos o si es que creen que somos tontos los electores, no es fácil, aunque quizá seas la mezcla de las dos cosas. Son bastante tontos en general. Y creen, no sin falta de razón algunas veces, que también lo somos los demás.

Política del postureo y la indómita juventud

De ninguna otra forma puede entenderse el nivel de “política de postureo”, donde los gestos parecen más importantes que los hechos y que en la gobernanza de los asuntos públicos las declaraciones prevalecen sobre las decisiones. Como también el intento de algunos de inculcarnos la idea de que el cambio -es de suponer que a mejor- sólo puede venir de la mano de esa “indómita juventud”, única capaz de poner freno a la corrupción y los corruptos y de gobernarnos eficazmente.

A las personas, lo último que hay que mirarles es la fecha de nacimiento. Lo rancio y lo caduco no es producto de la edad, sino del comportamiento desviado de los objetivos correctos

¡Pues no señor! A las personas, lo último que hay que mirarles es la fecha de nacimiento. Lo rancio y lo caduco no es producto de la edad, sino del comportamiento desviado de los objetivos correctos. El entendimiento y la capacidad, incluso para el cambio, no es exclusiva de los jóvenes, como tampoco lo son la sabiduría y experiencia de los mayores. Y el destino de estos últimos no ha de ser llevarlos, sin otra justificación que la de su fecha de nacimiento, a “El cortijo de LosCallaos”, sino facilitar y promover que desde esa sabiduría y experiencia reconocidas puedan devolver a la Sociedad parte de lo que ésta les ha dado y, además, “gratis et amore”. Pero quizás sea esto último lo que los de otra edad no quieran.

Reflexionen sobre esto los dirigentes veteranos y los de las nuevas hornadas que nos traen los llamados partidos emergentes, y líbrennos a los electores de tanto postureo y juventud rompedora. Compórtense como gente sensata y honrada. No se fíen de los visionarios, de los demagogos y profetas que prometen un “mundo mejor”, porque, como escribe el filosofo Karl Popper, “todo intento de construir el cielo en la tierra, conduce siempre al infierno”.


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