OPINIÓN

Ciento veinticinco

A lo largo de este tiempo hemos reflexionado sobre múltiples y variadas cuestiones. Unas más relevantes que otras. Y hemos intentado mantener vivos temas cuando dejaban de ser actualidad.

Ciento veinticinco.
Ciento veinticinco. Patrick Fore

No se alarmen quienes esto comiencen a leer. No les voy a proponer, y menos a desarrollar, una variante alternativa al tan manido “artículo 155”, por todos, y de sobra, conocido sin necesidad de añadir explicación o referencia alguna más.

Relájense y permítanme compartir con Vds. una especial circunstancia personal. Si no he contado mal, y creo que no, este es el artículo número ciento veinticinco que he escrito para este blog. Parece que fue ayer, pero han sido ciento veinticinco oportunidades, semanas casi consecutivas, las que he tenido la satisfacción de acercarles mis reflexiones a través de este medio. Contándoles mis ocurrencias y trasmitiéndoles mis inquietudes.

Es una suerte, para cualquiera, poder comunicarse abiertamente con los demás

Es una suerte, para cualquiera, poder comunicarse abiertamente con los demás. Con la Sociedad de la que formas parte y de la que ella es parte intrínseca de ti.  Que haya llegado a escribir este número de artículos es, también, un éxito para mí pero que hay que atribuir, en primer lugar, a todos Vds. que leen este periódico; y, en segundo lugar, a los responsables del mismo por la confianza y libertad que en todo momento me han dado. Para mi es un orgullo, y un privilegio, ponerme, cada semana a escribir en este medio.

Mariano J. de Larra, a quién ya he citado en alguna ocasión, escribía, en la primera mitad del S. XIX, unos artículos densos, largos, que constituían verdaderos ensayos sociológicos sobre los usos y costumbres de las gentes de la época. En uno de ellos Larra se preguntaba “¿por qué?” y “¿para quién?” se escribe, y se contestaba a sí mismo afirmando que “¡Escribo para el público!”. Pero, inmediatamente, se autointerpelaba de nuevo, “Pero ¿qué es el público?, ¿Qué cara tiene?, ¿Quién lo compone?”. “¿Por qué estoy aquí?, empeñado en escribir para mi público, sin saber que es el público Y dispuesto a averiguarlo, salía a recorrer todos los lugares en los que, en aquel tiempo, se reunía la gente. Iglesias, teatros, tabernas, salones de baile, paseos y alamedas, etc. Y en todas ellos, trataba de observar y obtener respuesta a la duda que le confundía.  “¿es esto el público?”. De lo visto y oído se llega a deducir que no hay un sólo “publico”, sino muchos, y que el “publico” es distinto según quien y en qué momento. Así, el escritor y periodista concluía, que existe un público “ilustrado”, otro “imparcial”, otro “indulgente”, ó “respetable”, o “irascible”, ó “intransigente”, ó “culto”, ó “inculto”, ó “cruel”, ó “caprichoso”, ó “sufrido”, ó “religioso”, ó “irreverente”, ó “incrédulo”, …etc. Y… “¿Cuál de estos públicos será el mío?”, “¿Para cual escribo?”. Al final Larra terminaba aceptando que lo hacía para todos ellos y para ninguno, porque, “El público, dice, siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular”, y, por lo tanto, se escribe para cada uno de esos individuos en particular, para cada persona. No se escribe para el colectivo, sino para cada uno de los que forman parte de él, para las personas. Conclusión a la que llegarían también, años mas tarde, Ortega y Gasset en su “Rebelión de las masas”, y Elías Canetti en su “Masa y Poder”. Porque, al escribir, al actuar en cualquier sentido, lo que se intenta es transmitir una posición personal, una idea, una reflexión particular que deseas compartir para influir, en el sentido más positivo del término, en los individuos, en las personas una a una, para, y, a través de ellas, concienciar a la Sociedad. Y, también, por la satisfacción personal que produce pensar que esa influencia, que consideras buena, pueda ser cierta.

Durante estas ciento veinticinco “oportunidades” semanales he estado tratando de influirles, trasmitirles mis preocupaciones con la esperanza de que las compartan

Así pues, durante estas ciento veinticinco “oportunidades” semanales he estado tratando de influirles, trasmitirles mis preocupaciones con la esperanza de que las compartan. No me refiero a mis preocupaciones personales, sino a las que me genera la Sociedad en la que vivimos todos, Vds. y yo. Porque estoy convencido de que el hecho de compartir tiene un doble efecto beneficioso: por un lado, en tanto que se comparten, ayudan a comprender, y por tanto a mejorar, el mundo que nos rodea; y por otro, nos distraen de nuestras propias preocupaciones. Si mis artículos son para distraerles, y lo son, el modo de hacerlo es conseguir que, por unos minutos, se olviden de sí mismos, relajen sus preocupaciones, y, con ello, yo, de igual forma, pueda hacerlo con las mías. Bien entendido que no me atrevo a pedirles que compartan mis soluciones.

A lo largo de este tiempo hemos reflexionado sobre múltiples y variadas cuestiones. Unas más relevantes que otras. Y hemos intentado mantener vivos temas cuando dejaban de ser actualidad. Todo ello, naturalmente, desde un punto de vista personal que no puede, ni quiere, ocultar sus convicciones básicas. Es difícil resumir un pensamiento, pero les diré que tengo cinco o seis cosas muy claras:

         - Soy demócrata. Creo que la democracia es el mejor modo de vivir, de gobernar un país y de elegir a quienes hayan de hacerlo. Pero han de existir, hemos de formar, a los mejores.

         - Me considero “valenciano, pero por encima de todo español.”

         - Creo en Europa. Soy un europeísta convencido. Me horroriza el pensamiento “único”, y creo que la complejidad y diversidad de la Europa del siglo XXI es una bendición.

         - Pienso que la cultura cristiana es la base de nuestros valores, de nuestro concepto del bien y del mal, e incluso, de nuestro ser como nación. La doctrina cristiana, su influencia, es un bien a difundir y conservar como elemento de cohesión social. Me molestan los oportunismos y las demagogias.

         -  Creo en el poder de los sentimientos. Los problemas más difíciles de resolver, los que perduran en el tiempo, son los que tiene su raíz en las creencias y sentimientos. Me cuesta entender a la gente que dice no creer en nada. Quiero ser racional y tengo dudas, pero, como creyente, también tengo mis verdades.

         - Y, por último, pienso que no todo es dinero. Me molestan los argumentos falsos para decisiones que solo se justifican por el “poder del dinero”.

En otras ocasiones, te enfrentas a la duda y te enfrentas a ti mismo

Como verán, nada extraordinario. Para acabar este artículo centenario les diré que soy consciente de que algunos días me habrán salido mejor y otros peor. Imagino que, en algunas ocasiones -quisiera que no en muchas- habrán tenido la tentación de no leerme. Pero también tengo la esperanza de que, al menos en otras tantas, les haya parecido corta la reflexión compartida. Es normal porque he de confesarles, que ya cuando escribes, en ocasiones las palabras tratan de adelantar a la idea que pretendes darles. Que el argumento transita solo por el folio. Que no has de hacer esfuerzo alguno para concretarlo en argumentos que te han convencido mientras estás asentándolos en el papel. Pero también, en otras ocasiones, te enfrentas a la duda y te enfrentas a ti mismo y al cómo ser capaz de sintetizar aquello que deseas transmitir sin perderte en bucles que no ayudan. Sinceramente les pido disculpas por los días malos, y espero y deseo que los buenos las hayan compensado.


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