Europa, parque temático

Ahora, deflación: qué poco dura la alegría en la casa del pobre

Los voceros oficiales no han dado a basto durante los últimos días bombardeándonos con las buenas noticias de que por fin España salía de la crisis. El pudor y algunos conceptos macroeconómicos, desempolvados sobre la marcha, hicieron reconducir el discurso hacia posiciones más académicas y moderadas reconociendo que una cosa es salir de la recesión y otra muy distinta de la crisis.  Efectivamente, los incipientes datos de PIB nos anuncian que tras muy largos trimestres transitando por la crisis más profunda padecida en democracia, nuestra maltrecha economía abandonaba, - ¿coyunturalmente?,- la recesión. Sin embargo de ahí a salir de la crisis queda todavía un largo, muy largo y difícil, camino por delante. En ese clima de euforia desatada de los políticos del Gobierno, con el resultado a nuestro favor y encontrándonos en el minuto 90 del partido, el árbitro, personificado en el Instituto Nacional de Estadística,  nos “pita” un penalti, disfrazado de caída de los precios, con la publicación del IPC adelantado del mes de octubre y su descenso del 0,1%. Circunstancia esta que no se producía desde 2009, es decir casi desde el origen de la crisis que aspiramos a dar por superada. ¿Y qué tiene de negativa esa caída de los precios? Durante años hemos venido sufriendo en nuestras carnes las satánicas consecuencias de una inflación que nos empobrecía. Y ahora nos amenazan con lo mismo por el efecto contrario. Recuerdo una simpática anécdota que me ocurrió hace unos años cuando me encontraba en un bar tomando un café a primerísima hora de la mañana. A mi lado hacían lo mismo tres operarios de una conocida compañía de seguridad privada que combinaban el “cafelito” con unas gotas de coñac mientras departían sobre los efectos de la crisis en sus salarios y consecuentemente en sus castigadas economías familiares. De repente uno de ellos, quizá el más ilustrado de la partida, le espeta a sus compañeros: “si a nosotros nos suben el sueldo en función del IPC, lo que tendría que hacer el Gobierno es subir el IPC”.

Ahora que no suben los precios sino que caen, resulta que nos encontramos, de nuevo y por el problema contrario, al borde del abismo. ¿Cómo le explicamos esto al ciudadano de la calle? ¿Quién se atreve a hablar de deflación en una reunión familiar o de amigos y encima a explicarlo?

Ahora nos dicen que la deflación es la peor amenaza para nuestra incipiente,- llevamos horas en ella -, recuperación económica. ¿Pero que representa la deflación? No es otra cosa que una caída sostenida en el tiempo, - técnicamente se entiende por ello 6 meses continuados o, para el FMI, 2 semestres consecutivos, de los precios. Quizá el ejemplo más dramático, en términos de política económica,  de los perversos efectos de una deflación lo tengamos, todavía hoy, en la situación por la que atraviesa la economía japonesa desde hace más de tres lustros. ¿Y por qué es negativa esa caída sostenida de los precios? Todos los economistas coinciden en que la deflación es un elemento extraordinariamente nocivo para la recuperación: paraliza el consumo y desincentiva el crecimiento.

España, impedida de poder actuar con el instrumento de la devaluación, que tanto contribuyó a que lo hiciéramos en las crisis anteriores, se ha visto obligada a atacarla desde la aplicación, con determinación, de la nueva terapia de la “devaluación interna”. O lo que es lo mismo, desde llevar a sus últimas instancias las políticas de ajuste, ahorro y reducción del gasto. Una interpretación favorable de esa nueva estrategia es que “a palos”, con muy importantes reducciones de los costes salariales, nos hemos hecho competitivos y, derivado de ello, que nuestras exportaciones se han disparado como no lo habían hecho desde hacía muchas décadas. Sin embargo, en un escenario de paro “indecente”, e incompatible con un país que aspira a estar en el grupo de cabeza de los países más desarrollados, y consecuencia de ello con una caída continuada de la demanda interna, la combinación de ambos factores sólo augura un estancamiento de la recuperación en tasas de crecimiento irrelevantes y una cronificación del problema más grave de nuestra economía y nuestra sociedad,  que no es otro que la lucha contra el desempleo. Sólo exportando, España no saldrá de la crisis. Alrededor del setenta por ciento de nuestro PIB depende de la demanda interna. Si poco a poco no se acaba con la numantina política de moderación salarial, el consumo no se recuperará. Si no se recupera el consumo y lo hace con determinación, nos instalaremos, como le sucedió a Japón, en una deflación de efectos perversos: el peso de la deuda, -  que se ha situado, entre pública y privada, por encima del 320 por cien del PIB -  en términos relativos, crecerá y nos resultará más complicado ir reduciéndola en el tiempo; ello conducirá, irremediablemente, a nuevas subidas de la “prima de riesgo” y consecuentemente al encarecimiento de los costes a los que el Estado se financia y, con seguridad, ello producirá una constricción mayor del crédito que las entidades financieras deben facilitar para la recuperación de las empresas.

En definitiva, y aunque al ciudadano de a pie le pueda sorprender, la inflación, una inflación moderada, es sana y necesaria. La obsesión de la Merkel y sus políticas de control obsesivo sobre la inflación y los ajustes, merecen una revisión en profundidad. Parece incuestionable que hemos de saber conjugar rigor en las políticas presupuestarias y control de los precios, pero desde postulados y planteamientos que no terminen volviéndose contra la recuperación y el crecimiento. Sin inflación, moderada, no creceremos.

Por último, y para cerrar con una reflexión razonablemente optimista, también a lo largo de los últimos días, desde muy distintos foros se nos dice que España está de moda y que “viene dinero de todas partes”, que la inversión extranjera está, de nuevo, invirtiendo en nuestro país con fuerza. Pensemos entonces que ello puede ser un magnífico indicador de que los precios no continuaran bajando, porque de no ser así esos mismos inversores esperarían a tiempos mejores.


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