La vicepresidenta trata de borrar las huellas del "escándalo Soria"

Soraya toma los mandos ante un Gobierno perplejo y un Rajoy noqueado

La vicepresidenta reaciona. Toma los mandos para borrar de la agenda la rémora del escándalo Soria. Con un Rajoy noqueado, un Gobierno desnortado y un PP perplejo, la vicepresidenta da un paso al frente.

Soraya Sáenz de Santamaría.
Soraya Sáenz de Santamaría. EFE

Sáenz de Santamaría toma los mandos de la nave. Ante un Mariano Rajoy enmudecido, un gobierno catatónico y un partido aún perplejo tras el estallido del ‘caso Soria’, la vicepresidenta en funciones ha decidido cortar por lo sano las peligrosas réplicas políticas del escándalo de la ‘no designación’ del exministro de Industria para un alto cargo del Banco Mundial. Son momentos de protagonismo de Soraya, muy eclipsada y voluntariamente prudente en todo el proceso previo a la investidura fallida de su presidente. 

Luis de Guindos no comparecerá finalmente ante el pleno de la Cámara para dar explicaciones sobre este episodio, en contra de lo demandado por todos los grupos políticos y en contra, también, de lo adoptado este jueves por la presidenta del Congreso tras una larga tarde de dudas y tensiones.  Sáenz de Santamaría ha impuesto su ley, que es la ley, tal y como explicó el viernes tras el Consejo de Ministros. La vicepresidenta, en tono muy firme y sin titubeos, zanjó la disputa: “Nosotros mantenemos nuestra posición. Un Gobierno en funciones no cuenta con la confianza de la Cámara y por tanto no está sujeto a su control. El Gobierno informa en el Parlamento pero no se somete a su control”. Eso sí. En cuanto haya Gobierno, se volverá al procedimiento de control de las Cortes. "Estamos ante una anomalía". De paso deslizó otro petate de problemas sobre las espaldas de Guindos. El nombramiento de Fernando Jiménez Latorre, su mano derecha en Economía, para el puesto no consumado de Soria en el Banco Mundial. El nombre de Latorre ha aparecido vinculado con unos contratos oscuros de auditoría a la banca. La vicepresidenta tambén derivó este embrión de escándalo, a las futuras explicaciones de Guindos. La 'vice' reparte juego y administra las responsabilidades. Guindos se lleva todas las cartas del perdedor. 

El titular de Economía había mostrado desde Bratislava su voluntad de personarse en el Parlamento para dar cuantas explicaciones le fueran requeridas. Siempre y cuando el Gobierno así lo dispusiera. Y lo hará, evidentemente, pero no en el formato que pretende la oposición. Tal y como ya se había establecido, acudirá a la comisión de Economía, donde tiene previsto informar esta semana sobre la posición del Ejecutivo ante las exigencias de Bruselas sobre los futuros presupuestos.

La número dos del Ejecutivo se ha aferrado a la doctrina que ha venido defendiendo desde la anterior legislatura, recurrida por la oposición ante el Constitucional y pendiente aún de la decisión del alto Tribunal. Mientras no se despeje jurídicamente el pulso entre el Legislativo y el Ejecutivo, las cosas siguen como están, remachó la vicepresidenta. 

Un arma arrojadiza

El escándalo del affaire’ Soria amenazaba con convertirse en una de las arrojadizas más letales de la oposición en pleno periodo electoral de las vascas y gallegas. Un factor perturbador, preñado de riesgos para un PP que, según el CIS, tiene enormes probabilidades de derrotar en toda regla al PSOE en ambas comunidades.

Sáenz de Santamaría, que algo tuvo que ver en la defenestración de Soria como ministro, el 15 de abril, según confesaba el propio damnificado, se puso de perfil hace una semana al estallar el terremoto del Banco Mundial. Señaló al Ministerio de Economía y esquivó todo pronunciamiento en torno al caso tras el consejo de Ministros. Mariano Rajoy había incurrido en varios errores de comunicación al abordar con los medios este episodio. “Estuvo mal aconsejado, tenía mala información”, fue la fórmula esgrimida tanto desde el Gobierno como desde el propio PP para justificar el patinazo. Nadie salió en defensa de Soria. Tampoco de Guindos, de quien se filtró este viernes un polémico pasaje de su último libro, que Rajoy tiene previsto presentar esta semana en Madrid, en el que aparece como una víctima del ‘fuego amigo’. Más descontrol, “esto es la casa de tócame Roque”, dicen en los pasillos de Génova.

Durante cuatro días, desde el viernes que se conoció la designación de Soria, apenas un par de horas después de concluir la fracasada sesión de investidura, hasta el martes, cuando Rajoy, incómodo y molesto, decretó el final de la historia, el PP vivió sumido en la perplejidad y el desconcierto. Una intervención pública de Alberto Núñez Feijóo, que se lo juega todo en las autonómicas del 25 de septiembre, lanzó la señal de alarma y provocó la decisiva reacción del presidente. Lo de Soria se había acabado.

Tras sus dos desafortunadas intervenciones durante el desplazamiento a la cumbre del G20, Mariano Rajoy ha mantenido un estricto silencio sobre este desaguisado. Se ha ido a Pontevedra, a acompañar a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario. Desde Génova y Moncloa se arbitró la operación ‘échale la culpa a Economía’, es decir, a Guindos. De su departamento partió la candidatura fatídica y se diseñó el errado procedimiento de designación. Soria, quien en su nota reconocía que renunciaba “a petición del Gobierno”, pasó a ser objeto de elogios y parabienes por su sacrificio. Incluso Sáenz de Santamaría se lo agradeció este viernes en sus muy estudiadas palabras. Había que apartar al presidente de la línea de fuego.

El debate en el Pleno

Las aguas no se calmaron una vez abortada la operación. El espectáculo debía continuar. La oposición, en fechas electorales, quería más. Pretendía que Guindos apareciera ante el hemiciclo como protagonista de un pleno dedicado estrictamente a esta cuestión. Es decir, una sesión continua de todos contra el Ejecutivo por un escándalo con tufo de corrupción. Las agendas políticas, en este impasse de espera hasta la posibilidad de una nueva sesión de investidura o nuevas elecciones generales, están vacías de contenido. Pedro Sánchez ha tenido que sacarse de la chistera una ronda de encuentros criticada incluso desde su el PSOE. Un paripé, un teatrillo, un intento de tomar la iniciativa sin objetivo alguno.

El 'caso Soria' era el argumento perfecto. “Se lo pusimos en bandeja. Ha sido una enorme cagada”, reconocía en privado un miembro del Gobierno, incrédulo ante semejante patinazo. En Génova se hacían cruces por las consecuencias del estropicio. “Nos vamos todos de campaña a Galicia y al País Vasco, Rajoy el primero, y a alguien se le ocurre resucitar a Soria, que, cierto, ni está imputado ni inhabilitado, pero estaba mucho mejor en el olvido”, comentaba una alta fuente de la formación conservadora.

Sáenz de Santamaría, enemiga íntima de Soria y de su entorno en el Consejo de Ministros, dio un paso al frente. Este viernes, preguntada si creía que el Gobierno había hecho algo mal en este asunto, respondió, sibilina: “Uno, a veces, no siempre es capaz de evaluar las implicaciones que sus decisiones pueden tener. ¿Era previsible? No sé qué decirle”. Todo el mundo pensaba en Guindos quien, en algún momento de estas últimas horas de tormenta, incluso meditó la posibilidad de dar un paso al costado y abandonar el Gabinete.

La vicepresidenta anunció que el ministro de Economía no acudiría al pleno. “El Ejecutivo informa pero no se somete al control parlamentario”. La titular del Congreso, Ana Pastor, atribulada por el peso de la púrpura de su nueva responsabilidad, había dejado la pelota, unas horas antes, en el tejado de la Moncloa. Tras sufrir las presiones de todos los grupos en la Junta de Portavoces, anunció que se celebraría el pleno requerido pero sin fecha señalada. Esto es, patada a seguir y ya veremos. A la caída de la tarde, sin embargo, consciente quizás del papelón que le estaba tocando en suerte, envió a la vicepresidenta de la Cámara, Alicia Sánchez Camacho, para anunciar la rendición: habría pleno, se convocaría por la vía urgente tras comunicarlo a la Mesa y a la Junta entre el lunes y el martes. Y añadía: “Dependiendo de la voluntad del Gobierno y de la disponibilidad del ministro”. Sobre lo segundo, ningún inconveniente. Guindos expresó su voluntad de comparecer y, hasta en una nota de ironía, agradeció la solidaridad y muestras de afecto de sus compañeros.

Santamaría no estaba por la labor. Dio un sonoro puñetazo en la mesa y se acabó la función. El ministro irá a la comisión de Economía para cumplir con la agenda prevista. La respuesta a las exigencias de Bruselas y otras cuestiones. El ‘caso Soria’, así, pasaría a un segundo plano. "Alguien tenía que hacerlo. Nos estaban manoseando de mala manera", insiste la mencionada fuente.

Las críticas a la decisión de la vicepresidencia han sido unánimes desde todos los frentes de la oposición. “Un gobierno fuera de control”, viene a ser el argumento más utilizado. Rajoy, todavía apesadumbrado, tanto en lo político como en lo personal, por el desbarajuste del ´caso Soria’, aplaudió en su fuero interno la firmeza de la medida. Meses atrás, la vicepresidenta había sido objeto de reproches por parte de algunos compañeros del Consejo de Ministros cuando decidió negarse en redondo a que los miembros del Ejecutivo comparecieran en la Cámara para someterse a sesiones de control. También hubo comentarios capciosos en el partido. “Damos una imagen intemperante y ajena a la transparencia”, se escuchó.

‘Sostenella y no enmendalla’. En plena resaca por el disparate Soria, y con un Guindos con el estigma de la culpabilidad marcado en su despejada frente, la vicepresidenta ha tomado el control de la situación. Ha reaccionado con contundencia y sin pestañear en un asunto que amenazaba con producir serios quebraderos de cabeza al PP. Hay demasiadas cosas en juego y unas elecciones decisivas a la vuelta de dos semanas. Rajoy está ofuscado, el Gobierno, demediado y el partido, estupefacto ante el descontrol que advierte en algunas decisiones. Ha sido la hora de Soraya. 


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