Cuarenta años de la proclamación de don Juan Carlos como rey de España

Doce minutos que cambiaron la Historia de España: así se fraguó el discurso más importante de la Corona

Fue un discurso equilibrado y comedido, prudente y temeroso. Ni espantó a los franquistas ni colmó las esperanzas de los demócratas. Hace 40 años, en un breve mensaje de apenas 12 minutos, Juan Carlos I abrió para España una rendija de los portones de la Historia. Su protagonista deambula ahora entre la discreción y el silencio, tras una renuncia 'exprés' que evitó el desplome de una institución que hoy lucha por su supervivencia.

El rey Felipe VI y su padre, Juan Carlos I.
El rey Felipe VI y su padre, Juan Carlos I. Efe

Doña Sofía vestía de fucsia, la policía iba de gris y don Juan Carlos, de capitán general. El Hemiciclo de las Cortes aparecía, esa mañana de hace cuarenta años, abarrotado de falangistas, prelados y militares. Los vencedores. Con Franco aún sin enterrar, don Juan Carlos pronunció un discurso, de apenas doce minutos, que cambió la Historia de España.

Cuarenta años después de aquella jornada histórica, su protagonista pulula, casi olvidado y silente, por manteles de cinco estrellas y regatas para jubilados. Don Juan Carlos impulsó la entrada de nuestro país en el club de las democracias occidentales. Un reinado ejemplar culminado por un estrambote vergonzante, tiznado por escándalos de corrupción y sobresaltos de alcoba. Un relevo exprés atajó el vertiginoso declinar de la institución, que amenazaba ruina y derrumbe. Ahora, el rey emérito está condenado al ostracismo. En la Casa Real se le concede algún saludo radiofónico, de minutos contados, con algún periodista amigo. Poco más. Don Juan Carlos está bien en el rincón la Historia, nada de reportajes de actualidad ni apariciones especiales. Ni siquiera conocemos el aspecto del despacho en el que llena el vacío de su agenda oficial en el Palacio Real. "Es su exilio interior", dice una fuente familiar. Ha decidido, voluntariamente, apartarse de los focos, alejarse del primer plano, transformarse en una sombra que, de cuando en cuando, emerge en un acto oficial junto a su hijo o en un restaurante de campanillas en compañía de amigos ignotos y quizás recomendables. Reside aún, eso sí, en las dependencias del Palacio de la Zarzuela. Poco más se sabe. De su esposa, la reina profesional, aún menos. Tan sólo que acude a la fiesta de la banderita, a algún concierto y que vela por el destino de la infanta Cristina, a cuatro pasos del banquillo. Un presente en penumbras.

Ahora, el rey emérito está condenado al ostracismo. En la Casa Real se le concede algún saludo radiofónico, de minutos contados, con algún periodista amigo. Poco más

Aquel 22 de noviembre, España hizo un alto en el luto oficial, proclamado dos días antes, para permitir que el futuro se colara por las rendijas del espeso manto del duelo tendido tras la muerte de Franco. A las 12:35 de una soleada mañana de otoño, don Juan Carlos y doña Sofía, más nervioso él, mucho más segura ella, hacían su entrada en el salón de plenos del Palacio de las Cortes para darle un vuelco a la Historia de España. Con el dictador aún de cuerpo presente, los falangistas y excombatientes que abarrotaban los escaños en su condición de procuradores o consejeros del Reino, no querían ni imaginar que tan sólo unos meses después, el protagonista de esa sesión titubeante e incierta, un joven de 37 años, daría el primer paso para dinamitar el régimen surgido de la Guerra Civil y afrontar con decisión el sendero que conduce a la democracia.

"¿Y por qué no Príncipe de España?". Había acuerdo en que sería investido rey con el nombre de Juan Carlos I. Pero, seis años antes, cuando fue designado sucesor de Franco, no estaba demasiado claro el título que ostentaría hasta el momento de la verdad. Fue doña Sofía quien desató el nudo gordiano de la cuestión. Príncipe de Asturias estaba vedado. Príncipe de Borbón, no gustaba. "¿Por qué no Príncipe de España?", deslizó la futura reina. Agradó las sugerencia y así se hizo. Hasta su proclamación, don Juan Carlos recibiría este título y ese tratamiento.

En una ceremonia de apenas veinte minutos todo quedó consumado. Treinta países transmitieron en directo la sesión. Repúblicas iberoamericanas, la mayoría. Pinochet tenía anunciada su visita al sepelio de su amigo el general. Imelda Marcos, también. Don Juan Carlos, trémulo y agitado, miraba de soslayo a sus hijos, las infantas y el futuro rey, vestiditas ellas de terciopelo verde y de negro riguroso, hasta la corbata, el pequeño don Felipe. Alejandro Rodríguez de Valcárcel, un falangistón que ejercía de presidente del Consejo de Regencia, fue el encargado de conducir la ceremonia. Con un ojo en el Príncipe y otro en Arias Navarro, aquel personaje avieso y simplón que fuera presidente del Gobierno más llorón de nuestra historia, Valcárcel leyó la fórmula de proclamación de don Juan Carlos como rey, "desde la emoción en el recuerdo de Franco". Una liturgia excepcional, una jornada sin precedentes. El franquismo gobernante se hacía el harakiri para entronizar a su futuro sepulturero.

Las minas del franquismo

Doce minuto duró el discurso del rey Cortes españolas. Doce minutos de un mensaje aquilitado y prudente para no pisar ni una mina aún activa entre los restos del franquismo y para no decepcionar al clamor creciente de una España que se quería ya democrática. Un ejercicio de equilibrio casi imposible, un empeño endiablado del que don Juan Carlos salió, al menos, vivo. Y la Corona, atisbó su primera posibilidad de resurrección en un país surgido de una larga noche de espanto que pugnaba ya por empezar a contruir un edificio democrático que a todos cobijara.

"El primer soldado de la nación", "un rey que es y se siente profundamente católico", mencionó en sus palabras, en las que no pudo por menos que referirse al dictador, a quien le había designado para el puesto, a quien, en una cabriola inesperada e inconcebible, había decidido restaurar la Monarquía como fórmula de continuidad con el régimen surgido del 36. "Prudencia y firmeza", prometió don Juan Carlos, que repitió cuatro veces la palabra "orden" y otras cuatro la palabra "tradición". Y apenas dos veces la palabra España en tanto que su hijo, Felipe VI, la mencionó en 22 ocasiones y casi una decena habló de la 'nación'.

La Corona atisbó su posibilidad de resurrección en un país surgido de una larga noche de espanto que pugnaba ya por empezar a contruir un edificio democrático que a todos cobijara

Casi cuatro décadas de diferencia entre una y otra proclamación. Don Juan Carlos hablaba, según la jerga imperante en el franquismo, de las "peculiaridades regionales" y de la "la sagrada realidad de España". Don Felipe, en su discurso de algo más de 25 minutos, se refirió a la "España unida y diversa" y a "las distintas formas de sentirse español". Cerró sus palabras con un reconocimiento a las cuatro lenguas oficiales: "Muchas gracias, moltes gràcies, eskerrik asco y moitas grazas". Cinco veces fue interrumpido don Juan Carlos durante su perorata, tres de ellas cuando se refirió a Franco o a la herencia del franquismo. Seis veces fue aplaudido don Felipe en su primera intervención a título de rey, cuando se refirió a su padre, a su madre, a las víctimas del terrorismo, a los valores democráticos y a las lenguas oficiales de la Nación. En cuarenta años, cambian los símbolos, los modos y las ceremonias. Don Juan Carlos juró 'por Dios', guardar y respetar los principios del Movimiento Nacional, ante el crucifijo, el cetro y la corona. Don Felipe juró sobre un ejemplar de la Constitución, ya sin rastro de imaginería religiosa. Ni siquiera la Santa Misa. Un pequeño escándalo para las mentes más tradicionales. Una señal de cambio, del punto final a una era. Las palabras de don Juan Carlos le parecieron adecuadas a unos pocos, sospechosas a bastantes y decepcionantes a la gran mayoría de los españoles que esperaba ya con ansia los primeros mensajes nítidos del cambio. El discurso de don Felipe agradó a la gran mayoría, algunos lo tacharon de excesivamente receloso y otros pocos lo despacharon con comentarios despectivos por su escasa ambición. En eso hubo empate. Imposible agradar a trodos los españoles en momentos cruciales de la historia. En el primer caso, se demostró que aquel primer paso fue un acierto. En el segundo, apenas hace año y medio, está todo aún por demostrar.

Concluida la ceremonia, abigarrada y tensa, en un entorno hostil, los cientos de procuradores armados de corbata negra en homenaje al conductor desaparecido, volvieron su rostro hacia al palco en el que se encontraba la marquesa de Villaverde, hija del dictador, y entonces sí, rompieron en una estruendosa ovación, en un ardoroso aplauso que le habían negado, minutos antes, el nuevo rey. Los representantes de la España negra y pretérita, ahí seguían, prietas las filas, gritando 'Franco, Franco', en la sede de la soberanía nacional. Los recién proclamados reyes abandonaron la Carrera de San Jerónimo rumbo al Palacio Real. Miles de madrileños saludaban su recorrido, con gritos de alegría y esperanza. Una escena similar, pero más confiada y jubilosa, tendría lugar 39 años después. La gran diferencia entre una y otra proclamación es que don Juan Carlos y doña Sofía tuvieron que camuflar, por unas horas, su felicidad, y acudir, recién proclamados reyes de España, a rendir homenaje ante el cuerpo insepulto del dictador. Miles de españoles coreaban a los nuevos monarcas mientras otros miles hacían cola ante la Plaza de Oriente para dar el último adiós a su caudillo. Aquella jornada del 22 de noviembre de 1975, las dos Españas se encontraron en la calle. Exultante y alegre, una. Abatida y doliente, la otra. Una España se afanaba por enterrar a la otra. No está siendo tarea fácil, a lo que puede comprobarse cuatro décadas después.


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