Epicteto

Vacuna o enfermedad terminal

La aparición de algunos partidos radicales en el panorama sociopolítico español, debido sin lugar a dudas a la muy notable degeneración de nuestro sistema democrático, no sólo afectado por múltiples ejemplos de corrupción política sino porque también ha sufrido su apropiación por parte de los partidos políticos que han venido ostentando a lo largo de los últimos años un papel de protagonismo que les ha llevado a la práctica exclusividad en el ejercicio de todos los poderes, enfrenta en estos momentos a la sociedad española a una situación singular y extraordinariamente delicada.

El diccionario de la RAE define como tercera acepción de vacuna lo siguiente: “Inocular a una persona o animal un virus o principio orgánico convenientemente preparado para preservarlo de una enfermedad determinada”.

La irrupción en nuestro cuerpo social de radicalismos puede constituir una vacuna para nuestro cuerpo social que facilite una regeneración a todas luces necesaria 

La irrupción en nuestro cuerpo social de esos radicalismos, estimulada sin duda por una crisis económica que ha impuesto medidas asumidas con muchos sacrificios, puede constituir una vacuna para nuestro cuerpo social que facilite una regeneración a todas luces necesaria, pero como todas las vacunas que, en definitiva, inoculan un virus, es decir, algo que en sí mismo no es bueno, si la dosis es excesiva puede producir un efecto catastrófico.

Gran parte de la sociedad española madura democráticamente, incorporada a Europa, con un nivel de vida sin duda superior a su nivel cultural, pero importantes ambos, no debe dejarse engañar por los radicalismos. Ocurre, sin embargo, que la deficiente actuación durante años de quienes debieran haber liderado un constante progreso en libertad y democracia, sumada a la situación económica a la que antes nos referíamos, ha creado un caldo de cultivo que ha permitido el sorprendente crecimiento de un populismo que, de seguir progresando, en vez de vacunar nuestro sistema social podría tener el efecto de una enfermedad terminal para nuestra democracia.

Cualquier análisis serio de los populismos, y en particular de todos los que hoy están vivos en el mundo, llega a la conclusión de que lo que consiguen es mucho menos y mucho peor que lo que pretenden o dicen querer arreglar si llegan a alcanzar el poder. Sin embargo, si actúan como una vacuna del sistema, no sólo con su presencia pueden contribuir a regenerarlo, sino que incluso pueden inmunizarlo frente a aventuras y ensoñaciones futuras.

La reacción, en buena parte forzada, de los partidos tradicionales, aceptando por un lado y por otro importantes correctivos, podría y debería ser suficiente si la realidad confirmara la eficacia en la aplicación de los mismos. Por el contrario, pasarnos de ingenuos admitiendo unos planteamientos que en ningún sitio han demostrado su eficacia, pero que pueden dar el poder a quienes difícilmente dejarían de ostentarlo, puede suponer para nuestra sociedad una marcha atrás extraordinariamente importante. Nuestra historia está llena de ejemplos de cómo hemos sido capaces de hacer lo más difícil, y poco después también hemos sido capaces de deshacerlo. Ese sino histórico tiene que ser superado, y nuestra incorporación a una Europa cada vez más centrada y de centro debe vacunarnos contra tentaciones populistas que nos llevan a parecernos a países hermanos pero que, desafortunadamente para ellos, están todavía muy lejos de nuestros estándares sociales en todos los órdenes.

Los ejemplos de los populismos sudamericanos y la recientísima evolución de Grecia nos indican de forma incuestionable que lo único que realmente consiguen esos populismos es reducir radicalmente el bienestar 

Los ejemplos de los populismos sudamericanos que tan malos resultados han tenido para la población de varios países hermanos y para su auténtica salud democrática, y la recientísima evolución de Grecia, que está conduciendo al pueblo heleno a una situación que empeora cada día, nos indican de forma incuestionable que lo único que realmente consiguen esos populismos es reducir radicalmente el bienestar y la esperanza de un futuro mejor de los ciudadanos de aquellos países en donde se aplican sus políticas. No conviene olvidar que, durante muchos años, hubo unas repúblicas llamadas democráticas que fueron, de facto, durísimas dictaduras. Para repartir más, la fórmula más apropiada es tener más para repartir y que ello permita poderlo hacer mejor.

Bienvenida sea la vacuna, porque era absolutamente necesaria y porque ya está dando sus frutos, pero mucho cuidado con la dosis, porque, de pasarnos, la enfermedad terminal de nuestro sistema democrático a la europea podría, desgraciadamente, convertirse en una triste realidad.


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