Entre Escila y Caribdis

El reverso luminoso del islam

Ernst Jünger conoció a Louis-Ferdinand Céline en una recepción oficial en París en 1941. El ejército nazi había tomado la ciudad y le presentaron al novelista francés como su igual. Los dos escritores más grandes de la nación ocupada y ocupante compartiendo copas de champagne y proyectos de dominación del mundo.  Ambos habían relatado la Gran Guerra, que habían conocido de primera mano desde campos opuestos, de una manera tan original como poderosa.  En aquella época los soldados cuando no estaban leyendo entre bombardeo y bombardeo El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer, el caso del soldado de primera Adolf Hitler, estaban reconstruyendo la metafísica occidental, como el también soldado de primera clase Wittgenstein al escribir en las trincheras su Tractatus Logico-Philosophicus.

En Radiaciones relata Jünger lo que le asombró la fiereza indómita de Céline que protestaba ante lo que interpretaba como la excesiva delicadeza de los nazis a la hora de acabar con los judíos. El autor de Bagatela por una masacre exigía poco menos que un genocidio ipso facto. Si en lugar de nazis hubiesen tomado París los bolcheviques… suspira el novelista francés que presume de llevar a la muerte siempre al flanco. Además de la fijeza maniática y troglodita que Jünger percibió en la mirada de Céline, le desagradó especialmente un rasgo que el autor de Tempestades de acero había visto demasiadas veces ya y que despreciaba como el rasgo dominante de la personalidad totalitaria: el nihilismo.

En los vídeos de los secuaces el Estado Islámico se advierte esa mezcla de nihilismo y fanatismo propio de los que tienen en la cabeza una sola idea que se repite una y otra vez

En los vídeos de los secuaces el Estado Islámico, de Damasco a París pasando por Beirut, se advierte esa mezcla de nihilismo y fanatismo propio de los que tienen en la cabeza una sola idea que se repite una y otra vez en bucle. De las mejores intenciones a las peores acciones. Incapaces de cambiar de tema de conversación o de verse a sí mismos desde una perspectiva irónica, dos de los rasgos fundamentales del carácter liberal, los dogmáticos del ideal son inmunes tanto al principio de realidad como a las reglas más básicas de la cortesía. Fundamentalmente esa que nos enseña que matar a alguien es de mala educación. Se comienza cometiendo atentados y se termina, Alá no lo quiera, entrando en la mezquita sin descalzarse y comiendo un flamenquín.

El whisky, sin embargo, podemos estar seguros de que no lo catarán. En la película Danton, el director de cine Andrzej Wajda, retrata el encuentro entre el bon vivant Danton y su alter ego, el estreñido y abstemio Robespierre.  Nunca se debe uno fiar de quien no bebe jamás alcohol, uno de esos placeres que justifican por sí solos el hecho de estar vivos. Wajda traza el retrato de Danton como de una persona tolerante a través de su manera de disfrutar de los placeres gastronómicos y mujeriegos, mientras que Robespierre queda reflejado en su fanatismo a través de su animadversión hacia los gozos de la carne como un reflejo de su espíritu cadavérico e inhóspito. Decía Cioran que las religiones son cruzadas contra el humor. Deberíamos añadir que también contra el placer gastronómico.

Se ha convertido en un tópico de Twitter que después de una tragedia hay que rezar. Hay etiquetas como #PrayForWorld, #PrayforVenezuela, #PrayforWorld o ahora #PrayforParis.  Pero la religión como la homeopatía no son sino placebos, edulcorantes sintéticos, en ocasiones cancerígenos, para enmascarar el sabor amargo de las medicinas que necesitamos. Los ateos, agnósticos, hedonistas y, en general, los que nos gusta enfrentarnos a los dilemas sin una dosis de opiáceos espirituales que nos conduzca por una autopista hacia paraísos tan artificiales como falsos, preferimos mostrar nuestra solidaridad con la laica y hedonista Francia bebiendo champagne y burdeos, esas dos cimas de la civilización por las que siempre estaremos reconocidos a los franceses. Con el añadido de que repugnará nuestra propuesta de brindis alcohólico y laicista a los abstemios y nihilistas terroristas del Estado Islámico.

La deriva de cierto islam por el camino del nihilismo, el fanatismo, la dictadura y la opresión no nos debe hacer olvidar que tanto el Corán como la Biblia son libros múltiples y variados, en ocasiones contradictorios y siempre metafóricos.  Que cabe interpretar tanto desde una perspectiva reaccionaria como progresista, criminal o tolerante, cerrada o múltiple.  El islam es una religión que puede hacerse compatible con el humanismo y la secularización porque en su historia encontramos a Averroes, Al-Farabi y Avicena, los filósofos musulmanes que trataban de reconciliar la fe y la razón.  El problema es que en la historia del islam venció un enemigo de la racionalidad, Algazel, que con su obra La destrucción de los filósofos marcó el camino para compatibilizar las matemáticas, la ciencia y la tecnología con el Corán pero no así la filosofía.

Rimbaud habría ido como un barco ebrio a enrolarse en ISIS para pasar una temporada en el infierno matando y torturando

Los yihadistas aman la Muerte. La ajena y la propia. La fascinación que suscita sobre todo entre los jóvenes reside precisamente en que es una “flor del mal” baudelaireana, pero mucho más auténtica que la que se encarna en unos versos decadentes. Rimbaud habría ido como un barco ebrio a enrolarse en ISIS para pasar una temporada en el infierno matando y torturando. Al fin y al cabo, el infierno son los otros para estos radicales de Dios.

Al día siguiente del atentado en París un pianista interpretó en la calle Imagine. John Lennon anima a imaginar; Immanuel Kant nos desafía a que pensemos. La imaginación sin pensamiento es banal; el pensamiento sin imaginación, vulgar. Cuando Hannah Arendt vio el mal banal encarnado en Eichmann no olvidaba que el mal radical constituía el alma de Hitler. Lo que tienen en común Céline y Rimbaud, los nazis y los bolcheviques, los narcos mexicanos y los yihadistas islamistas es el mal radical, el nihilismo, la pasión por la destrucción sin atisbo de construcción, el placer por causar dolor, el resentimiento como actitud y la barbarie como disposición. El islam, como todas las religiones, es un mito fundacional de algunas comunidades humanas. Que puede ser usado como un veneno o un reconstituyente. Joseph Conrad nos enseñó el corazón de las tinieblas, una caverna tan oscura de ignorancia y prejuicios que será complicado encontrar una linterna o una antorcha que pueda iluminarla. Sólo cabe bombardearla. Pero aunque a corto plazo haya que eliminar a los terroristas, también es importante apoyar a los musulmanes averroístas bombardeando con libros como los de Ayaan Hirsi Ali o Reza Aslan, haciendo que los imames en las mezquitas sean aquellos que reconcilien a Mahoma con Platón, al Corán con Martha Nussbaum. Los islamistas son el reverso tenebroso de su religión pero, no lo olvidemos llevados por la ira o el desconocimiento, un islam humanista, liberal, tolerante, democrático y luminoso es posible.


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