OPINIÓN

La plaga del “discurso del odio”

Para un liberal los autobuses con mensajes de todo tipo pueden circular siempre que respeten los señales de tráfico, el mínimo común compartido de urbanidad, y no le obliguen a uno a subirse a ellos.

La plaga del “discurso del odio”.
La plaga del “discurso del odio”. EFE

Han llegado a España un par de plagas, a cuál más mortífera. Una es biológica, el mejillón cebra. La otra es ideológica, la expresión “discurso del odio”. El mejillón cebra comenzó en la zona del Ebro, proveniente de Francia. Este fin de semana me topé con un cartel que anunciaba su presencia en el pantano de Urrunaga, cerca de Vitoria.  El “discurso del odio” es la traslación a España del “hate speech” de Estados Unidos, una manera de etiquetar a todo aquel que presuntamente atente contra la dignidad de alguien, incitando a la violencia. Dada dicha intención maligna, y el ataque a la dignidad que comporta, no cabría tolerar ningún tipo de manifestación del mismo. Por el contrario, habría que cortarlo de raíz. En realidad, la entronización de la expresión “discurso del odio” no es sino un caballo de Troya para la intimidación mafiosa por parte de los sectarios, aquellos que se consideran con el monopolio de la verdad.

El último en comprobar la inquisición “progre” ha sido Charles Murray, un científico social libertario, que ha sufrido en vivo y en directo cómo se las gasta el “mejillón del odio”

Nos dicen los expertos que el mejillón cebra es inatacable. Un solo individuo puede producir un millón de larvas. Darwin estaría orgulloso de semejante bicho. Lo más que podemos hacer es acomodarnos a él como al cambio climático, los impuestos o las televisiones públicas. Sin embargo, no tenemos que resignarnos a que en nombre del “discurso del odio” se reduzca el alcance de la libertad de expresión. En las universidades americanas la plaga del “mejillón del odio” ya ha hecho que sea imposible para alguien que no sea de la “izquierda auténtica” impartir una conferencia. Un solo pontificador puede producir un millón de activistas. Lenin estaría orgulloso de semejantes bichos. Como advertí, a Milo Yiannopoulos ya le han cortado la cabeza. El último en comprobar la inquisición “progre” ha sido Charles Murray, un científico social libertario, que ha sufrido en vivo y en directo cómo se las gasta el “mejillón del odio”, un híbrido de feminista puritano, marxista cultural, animalista radical y racista de cualquier etnia salvo la blanca: la última excrecencia de la banalidad del mal vía clichés putrefactos que se condensan en dos

"Racista, sexista, anti-gay, heteropatriarcal, (apunta aquí tu conferenciante favorito), lárgate"

"Tu mensaje es odio. No vamos a tolerarlo”

Tanto Murray como su anfitriona, Allison Stranger, sufrieron no sólo el boicot de los estudiantes fascistoides sino un conato de agresión física. La izquierda ha ido incubando el huevo de la serpiente en su interior y una vez que ha eclosionado sigue la mayor parte de la misma mirando hacia otro lado. Están tan preocupados con la manera con que se come los bistecs Donald Trump (muy hechos y con ketchup) que no ven lo que devoran sus crías entretanto.

A la agresividad creciente de los grupos de extrema izquierda, se suma la inanidad ideológica y la cobardía práctica de la derecha en el poder

En España, el asunto está cobrando cada vez mayor relevancia porque a la agresividad creciente de los grupos de extrema izquierda, se suma la inanidad ideológica y la cobardía práctica de la derecha en el poder. Un ejemplo de ello es Cristina Cifuentes que en lugar de poner en su sitio tanto a la secta de Hazte Oír, respondiendo a su sofismas con una declaración precisa y clara sobre la realidad de las personas “trans”, como a los “mejillones del odio” que pretenden imponer la ley del silencio a todos los que pongan en cuestión su “ideología de género”, ha optado por la vía más fácil, cargando contra una minoría que por muy equivocada que esté también tiene derecho a defender un punto de vista que debe ser derrotado en las tribunas de debate y no en los banquillos de los tribunales.

No es lo mismo plantear que “Los niños tienen pene y las niñas, vulva” (discutiendo los postulados de los que se toman sin las debidas precauciones las peticiones de cambio de sexo durante la infancia y la adolescencia) que “Todas las personas “trans” son aberraciones de la naturaleza y deben ser exterminadas” (lo que sí sería un ataque a la dignidad de las personas “trans”, así como una incitación objetiva a la violencia). Los de Hazte Oír combaten de manera torticera el delirio ideológico de los que defienden que el género es un “constructo social”. Una vez más tenemos que saber navegar entre la Escila y la Caribdis de las sectas que tratan de reducir la complejidad de lo real a las simplezas de sus estereotipos y prejuicios favoritos. Escribía Hayek, uno de esos pensadores que detesta Cifuentes

El conservador generalmente no se opone a la arbitrariedad ni a la coacción estatales cuando se ejercen en pos de objetivos que él comparte (...) en materia de creencias, lo que fundamentalmente distingue al liberal del conservador es que el primero, por profundas que sean sus convicciones religiosas, jamás pretenderá imponérselas coactivamente a los demás: lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse

Para un liberal los autobuses con mensajes de todo tipo pueden circular siempre que respeten los señales de tráfico

Para un liberal los autobuses con mensajes de todo tipo pueden circular siempre que respeten los señales de tráfico, el mínimo común compartido de urbanidad, y no le obliguen a uno a subirse a ellos. Conservadores y socialistas, reaccionarios y populistas: todos ellos paternalistas, moralistas, intervencionistas… mejilloneros.


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