OPINIÓN

Hemos olvidado a Dios

Para desesperación de los pijoprogres de The New Yorker, aferrados a sus rituales laicos y sus mitos descafeinados, el Dios que hacía temer y temblar a Kierkegaard ha vuelto de manera triunfal en el 2016. Al menos en la gran y pequeña pantalla.

Fotograma de la película "Hasta el último hombre", de Mel Gibson.
Fotograma de la película "Hasta el último hombre", de Mel Gibson. DeAPlaneta

Será una casualidad. O no, vete tú a saber. Pero la mejor película y la mejor serie del año tienen como protagonista a Dios. En la lista de las mejores películas de 2016 que ha elaborado el crítico de The New Yorker no está aquella a la que me refiero. Podría ser simplemente porque no le ha gustado pero dado que al mencionar Sully de Clint Eastwood se demora en perdonar la vida al director de cine norteamericano, porque su película no es “trump-ite” a pesar de que haya apoyado públicamente a Donald Trump, cabe pensar que su menosprecio tiene motivos más bien ideológicos que estrictamente cinematográficos.

Mel Gibson no se ha mostrado favorable a Trump pero su Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge)es tan “reaccionaria” que no es de extrañar que haya suscitado un orgasmo cinematográfico en el beato Juan Manuel de Prada del mismo modo que habrá provocado ataques de urticaria entre los habituales “pijoprogres”, que diría Juan Marsé, que leen The New Yorker como si fuese el Evangelio según San Obama. Además, si hay alguien que representa algo parecido a lo de Trump en Hollywood ese es el actor y director neoyorquino, tan famoso por su extraordinaria carrera cinematográfica como por sus escándalos con el alcohol y los comentarios antisemitas.

Gibson como director se ha embarcado en una de las carreras más coherentes del panorama cinematográfico, asentado sobre dos pilares tan denostados como menospreciados por la “cultura” dominante: el heroísmo y la trascendencia

Pero, sobre todo, porque Gibson como director se ha embarcado en una de las carreras más coherentes del panorama cinematográfico, asentado sobre dos pilares tan denostados como menospreciados por la “cultura” dominante: el heroísmo y la trascendencia. En realidad, ambos conceptos están indisolublemente unidos y resultan extraños en una civilización tan individualista, materialista y racionalista como la nuestra (dicho sea sin ánimo de ofender). Precisamente un error de la Ilustración fue ser incapaz de asumir la capacidad de abnegación de los seres humanos en relación a algo más grande que ellos mismos. Una vez que la Ilustración mató a Dios (Nietzsche dixit), la patria y al prójimo en el altar de la post modernidad y la deconstrucción, no quedaron sino pálidos sucedáneos, como la visita dominical a los museos, los festivales de música rock y la lectura de los periódicos, en tiempos pasados, y Twitter, hoy en día.

Gibson, que ahora se ha dejado una barba al estilo de los patriarcas bíblicos, tiene una visión pre-Ilustración que le hace respetar y ensalzar las virtudes y valores antiguos. Sólo alguien con una sensibilidad católica anterior al Concilio Vaticano II se atrevería a filmar la pasión y muerte de Jesús, ¡en arameo, latín y hebreo!, y realizar la más impresionante película bélica desde They were expendable de John Ford, La cruz de hierro de Sam Peckinpah y Uno Rojo, división de choque de Sam Fuller. Una película con un sentido de la estética de las batallas que entronca con Ran de Kurosawa, Apocalypse Now de Coppola y Salvar al soldado Ryan de Spielberg. Y, no menos importante, una película que justifica la guerra desde un punto de vista pacifista (un giro de tuerca filosófico), como ya hizo Howard Hawks en El sargento York, dejando en mantillas la simpleza de Kubrick en La chaqueta metálica y Malick en La delgada línea roja.

Porque su protagonista se niega a empuñar un arma aunque se encuentre sumido en el más atroz de los infiernos, respondiendo a cada ráfaga de metralleta con una salva de oraciones y oponiendo a cada cañón, la Biblia. En un tiempo en el que la ortodoxia exige competir en heterodoxia, la innovación se ha convertido en un dogma y la ininteligibilidad (a ser posible asiática o portuguesa) un criterio de selección para los festivales, Gibson lo fía todo al clasicismo, la tradición y David W. Griffith.

En un tiempo en el que la ortodoxia exige competir en heterodoxia, la innovación se ha convertido en un dogma y la ininteligibilidad un criterio de selección para los festivales, Gibson lo fía todo al clasicismo

Como el protagonista de El joven Papa, la serie que ha realizado Paolo Sorrentino para HBO, Mel Gibson parece estar gritando desde su silla de director: “¡Habéis olvidado a Dios!”. Aunque se hace llamar Pío XIII, el joven prelado norteamericano que llega a ser Papa casi por accidente, o manipulación directa del Espíritu Santo (según hipótesis), presenta un talante cercano también a los profetas del Antiguo Testamento. Su primer discurso a los cristianos, un tenebroso Jude Law que se esconde entre sombras en el balcón de la basílica del Vaticano, es para amonestarlos de mala manera por haber dejado de lado a Dios para caer en la idolatría de lo “políticamente correcto” y la “inteligencia emocional”. Por haber perdido el profundo sentido de la trascendencia y el carácter heroico de la fe (recuerden a Gibson).

Entre los pasillos laberínticos del Vaticano, y rozando la blasfemia y la herejía a cada paso, pero también con el sentido de la grandeza y la belleza que sólo podría mostrar un italiano como Paolo Sorrentino, El joven Papa cumple con la paradoja de proponer a un atractivo y dinámico líder para una revolución en el concepto de la fe, tanta más acusada en cuanto que implica una vuelta a un conservadurismo que parecía haber pasado de moda para siempre jamás.

Pero para satisfacción de los niños, a los que tanto gustan los rituales mágicos y los mitos sobrenaturales, y desesperación de los pijoprogres de The New Yorker, aferrados a sus rituales laicos y sus mitos descafeinados, el Dios que hacía temer y temblar a Kierkegaard ha vuelto de manera triunfal en el 2016. Al menos en la gran y pequeña pantalla.


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