Entre Escila y Caribdis

La mejor película de 2015 es de 1965

Se acaba de editar en DVD y Blue-ray la obra maestra desconocida del cine español, El mundo sigue de Fernando Fernán Gómez. Estrenada de forma casi clandestina en 1965 es algo así como La magnificencia de los Amberson (1942, en España: El cuarto mandamiento) de OrsonWelles en versión fulanesca, cañí, proletaria: podría haberse denominado La sordidez de los Pérez. Por supuesto, Welles se habría muerto de la envidia si la hubiera visto porque ese final tan contundente, brutal y necesario, se lo habrían cortado en Hollywood de raíz. 

Si dios está en los detalles, Fernán Gómez es uno de los dioses del cinematógrafo

Si dios está en los detalles, Fernán Gómez es uno de los dioses del cinematógrafo. La película es un compendio de secuencias en estado de gracia (maldita la gracia muchas veces, pero gracia) como ese roce de manos en las escaleras tan In the mood for love: un cocktail de ácido sulfúrico y agua de rosas. O ese barrido por la típica barra de bar española llena de tapas de chorizo, atún en escabeche y cervezas Mahou. Es una película que sólo se podría haber rodado en Madrid (o, en todo caso, Roma. Si la ve el Pasolini de Mamma Roma (1962) también se muere, esta vez de admiración). Por el contrario, El mundo sigue no le habría gustado a Victoria Beckham porque huele a ajo, del mismo modo que las mejores de Buñuel, Berlanga o Almodóvar. O las novelas de Baroja y Cela. Pijos, hipsters y vampiros, abstenerse.

En 1965 Luis García Berlanga acababa de estrenar Plácido (1961) y El verdugo (1963) mientras que Buñuel hacía lo propio con Viridiana (1961) mientras preparaba Tristana (1970).  Fernán Gómez había estrenado un par de comedias de mucho éxito tituladas La vida por delante (1958) y La vida alrededor (1959) en las que hacía un retrato en clave de comedia irónica pero bienhumorada de las estrecheces que se pasaban en la España franquista del desarrollismo.  Pero para rematar la serie en forma de trilogía, Fernán Gómez cambió de registro, quizás inspirado por los bombardeos con los que Berlanga y Buñuel habían sometido a la pacata mentalidad española, y pasó al sarcasmo como método, la complejidad como sistema y a utilizar la cámara como si fuera un bisturí de precisión pero sin usar anestesia en la operación.

La película transcurre en el barrio madrileño de Maravillas, lo que hoy es aproximadamente Chueca y Malasaña, donde vive la familia protagonista.  La madre, sacrificada; el padre, autoritario; el hijo, un beato; la mayor, un pibón casada con un ludópata golferas y golfo; y la menor, una buscona a la caza del braguetazo perfecto.  Todos los mimbres para formar un cesto de familia infeliz de las que ponían a Tolstoi.  En particular, por el duelo a muerte, nunca mejor dicho, en el que se embarcan las dos hijas, en una competición entre ellas a ver quién es la más guapa, la más rica y más feliz. Y la más puta. Es fantástico, cinematográficamente hablando, ver cómo se tiran de los pelos o discuten a grito pelado cuál es la más zorra.  Como diría Sancho Panza, y para ponernos a tono con la chulería cheli de Malasaña, la suerte de la fea, la guapa la desea.

Fernán Gómez, en la tradición de ese realismo español que combina el tremendismo con el lirismo

En la película se reparten hostias como panes y caricias como rayos de luna.  Fernán Gómez, en la tradición de ese realismo español que combina el tremendismo con el lirismo, de Cervantes a Galdós, puede ser tan brutal en el tratamiento del blanco y negro -acojonante como en un primer plano de von Stroheim- como sutil en el detalle de unas manos que se rozan -al estilo poético de Murnau-.  Criticaba Nabokov el arte cinematográfico porque no conseguía alcanzar el nivel de precisión estilística en la novela.  Pero para entonces genios como Hitchcock ya habían hecho del elemento arquitectónico de unas simples escaleras un recurso cinematográfico para expresar desde estados mentales (Sospecha, 1941) a jerarquías antropológicas (Encadenados, 1946).  Welles utilizó las escaleras en La magnificencia de los Amberson para retratar la superioridad de una casta social venida a menos.  Fernán Gómez, en sentido contrario, para ilustrar visualmente mediante las subidas y bajadas (que en una ocasión transforma mediante el montaje en una máquina del tiempo) de los protagonistas, la casta social inferior a la que pertenecen.  El impacto del neorrealismo es obvio.  Juraría que es la película española en la que más se filman las calles madrileñas en largos y elaborados planos secuencia, lo que la dota de un tono documental muy apropiado al lema de ese falangista a la contra que era Juan Antonio Zunzunegui, de cuya novela El mundo sigue era adaptación: 

"El don más hermoso es la verdad (pero en tiempos de Franco no se podía decir)"

En el momento de su estreno El mundo sigue no se fue de rositas pero porque tenía demasiadas espinas.  Pocos estómagos pueden soportar esta historia de hermanas cainitas al borde de un ataque de histeria y del precipicio de la prostitución.  A Welles le recortaron cuarenta minutos de su Magnificencia y le obligaron a rodar un happy end estrambótico.  Fernán Gómez estrenó su Sordidez casi al completo, aunque hay al menos una laguna en la narración, con un final que, para un espectador desprevenido, puede tener el efecto de un gancho de Floyd Mayweather a la mandíbula.

Con una fotografía deslumbrante de Emilio Foriscot en un blanco y negro desolador, El mundo sigue emparenta igualmente, tal es su complejidad argumental, con los grandes retratos sociológicos en forma de denuncia social que habían realizado Elia Kazan en Un tranvía llamado deseo (1951) - parafraseando el título al caso español como como Un carromato llamado repulsión- y Alexander Mackendrick en El dulce aroma del éxito (1957) -en nuestra película española, más bien sería El acre hedor del fracaso-

La película de Fernán Gómez es el gran descubrimiento cinematográfico de 2015 a los cincuenta años de su estreno

En el top ten tanto de la cinematografía española como en el de narraciones familiares -codeándose además de con Welles y Pasolini, con Cuentos de Tokyo (1953) de Yasujiro Ozu, Fanny y Alexander (1982) de Bergman o la saga de los Corleone-, la película de Fernán Gómez es el gran descubrimiento cinematográfico de 2015 a los cincuenta años de su estreno. Lúcido y feroz, Fernán Gómez incluso anticipa en una de los diálogos el destino maldito que le espera a su película cuando el director de un periódico le explica al honesto crítico de teatro, interpretado por Agustín González, que no se pueden hacer comentarios negativos en el diario de los jefazos del mismo, ni de sus parientes allegados.  Los gerifaltes del régimen sin duda que se dieron por aludidos…

Empieza con una cita de fray Luis de Granada

“Verás maltratados los inocentes, perdonados los culpados, menospreciados los buenos, honrados y sublimados los malos, verás los pobres y humildes abatidos.  Y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”

Y, para colmo, sale Di Stéfano en el Bernabéu.

PD. Permítanme un aplauso final, puesto en pie, por supuesto, al elenco protagonista: Fernando Fernán Gómez, Lina Canalejas, Gemma Cuervo, Milagros Leal, Francisco Pierrá, Agustín González, José Morales, María Luisa Ponte, Rosa Luisa Gorostegui y Fernando Guillén.


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