Entre Escila y Caribdis

El hombre que mató (filosóficamente) a Liberty Valance

En la TEDx Cuesta del Bailío, que este fin de semana se ha celebrado en Córdoba, tuve la suerte y el honor de que los organizadores, los jóvenes pero más que preparados Carlos A. Valverde y Guillermo Díaz, me invitaran para dar una charla junto a otros invitados tan interesantes como Carlos Fernández Guerra, que convirtió la cuenta de Twitter de la Policía Nacional en la más seguida del mundo, la cazatalentos callejera Déborah Borque o Alfonso Alcántara, como Carlos una “tuitstar”, en su caso debido a su perfil de asesor online de empresas.

El tema era “Lo desconocido” y mi intervención estuvo enfocada en desvelar quién fue el filósofo que mató a Liberty Valance en la película de John Ford. Según John Maynard Keynes“las ideas de los economistas y filósofos políticos tienen más poder de lo que comúnmente se entiende”.  Si detrás de todo hombre práctico hay un economista difunto, podemos entrever la sombra de algún filósofo político a la espalda de los pistoleros muertos. 

Para Ford, John Wayne

no era más que el cobarde que no se había atrevido a ir a pelear contra los japoneses como si había hecho Jimmy Stewart o él mismo 

John Ford realizó El hombre que mató a Liberty Valance (1962) como siempre: contra viento y marea.  En lugar de sus acostumbradas panorámicas se encerró entre las cuatro paredes claustrofóbicas de un pueblucho perdido en el Oeste, Shinbone. Renunció al color para volver a un blanco y negro trasnochado. Contrató a unos actores viejunos para interpretar a unos mozalbetes. Y, eso sí, como era habitual, se pasó todo el rodaje burlándose y zahiriendo a todo bicho viviente, en especial a John Wayne que podría ser toda la estrella que quisiera y ganar más que nadie (750.000 mil dólares, en contraposición a los 300.000 de James Stewart y los 50.000 de Lee Marvin) pero para Ford no era más que el cobarde que no se había atrevido a ir a pelear contra los japoneses como si había hecho Jimmy Stewart o él mismo (Corazón Púrpura por su rodaje entre las bombas de La batalla de Midway).

El hombre que mató a Liberty Valance es la típica película por la que los críticos de izquierda en los años sesenta llamaban a Ford “fascista”, “militarista”, “racista”, “colonialista” y todos los “-istas” posibles en tiempos de la guerra de Vietnam.  Del mismo modo que Stalin había mandado matar a John Wayne, los jóvenes izquierdistas de Nuevo cine realizaban críticas de las películas del realizador norteamericano que terminaban al estilo de “John Ford nos repugna”.

Tenían razón Stalin y sus discípulos críticos de extrema izquierda en querer asesinar, literal y simbólicamente, a Wayne y Ford.  Porque en El hombre que mató a Liberty Valance hacen la más elaborada, compleja, sofisticada y contundente defensa del Estado liberal de Derecho.  No les voy a revelar quién mata finalmente a Liberty Valance en la película pero sí quienes son sus asesinos filosóficos.  En primer lugar, Maquiavelo que advirtió al hombre de Estado que más le vale ser temido que amado (lo uno no quita lo otro, pero la jerarquía en los sentimientos es importante).  El segundo pistolero es Immanuel Kant cuyo lema “Sapere aude!” podríamos traducir muy libremente como “¡Atrévete a empuñar las pistolas para defender el saber!” y parafrasear su máxima epistemológica al modo político “La ley sin violencia está vacía, del mismo modo que la violencia sin ley está ciega”.

Para llegar al tercer filósofo-killer tenemos que dar un rodeo a través de la cabeza de otro tipo al que Stalin sí consiguió asesinar.  Porque a John Wayne le protegía el FBI pero León Trotski no tenía quién le defendiese contra la furia y la organización estalinista.  Finalmente fue un español, Ramón Mercader, el que clavó un piolet en el cráneo más privilegiado del marxismo-leninismo.  Quién a martillo mata, a piolet muere.  Porque el teórico de la revolución permanente había establecido que “Todo Estado está fundado en la violencia”.  Stalin no hizo sino transformar el postulado trotskista a la praxis estalinista a través de una bella y cruel metáfora.

La legitimidad del Estado liberal en su relación con la violencia la establece John Ford en la película fundamentándola en varios pivotes: la educación, la prensa y las elecciones libres

Pero Max Weber, en la senda de Maquiavelo y Kant, matizó al teórico ruso que el Estado está fundado, efectivamente, sobre la violencia pero que esta debe ser legítima. La legitimidad del Estado liberal en su relación con la violencia la establece John Ford en la película fundamentándola en varios pivotes: la educación (la secuencia de la escuela con Pompey, el protagonista negro interpretado por Woody Strode, leyendo que “todos hemos sidos creados iguales” en la Declaración de Independencia bajo la atenta mirada de George Washington y Abraham Lincoln desde las paredes); la prensa a través del periodista más grande, y borracho, que ha dado el cine (Dutton Peabody, interpretado por Edmond O’Brien) enfrentando las letras de su imprenta a las armas de Liberty Valance); y las elecciones libres por las que, como dice ingenua pero lúcidamente una inmigrante escandinava, “podemos echar a los peces gordos de Washington si no hacen lo que queremos”.

En la encuesta entre críticos que elabora cada diez años la revista Sight and Sound aparecen cuatro películas de John Ford, Centauros del desierto (7ª), El hombre que mató a Liberty Valance (117ª), Las uvas de la ira (183ª) y Pasión de los fuertes (235ª).  Mi voto fue para la primera pero depende mi favorita fordiana de cuál es la última del director del parche que he visto.  Están mejor situados (más películas en mejores posiciones) Alfred Hitchcock, Jean Luc Godard, Robert Bresson o Luis Buñuel.  Pero en este blog decimos, con el debido respeto a todos esos Inmortales, como cuando le preguntaron a Orson Welles por sus tres directores favoritos:  “John Ford, John Ford y John Ford”.


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