Donald Trump Ultimi barbarorum

Tanto Trump como Roosevelt han tratado de aprovechar una situación de incertidumbre, que provoca miedo e inseguridad entre la población, para implementar medidas draconianas de cara a la galería.

Protestas en el aeropuerto de San Francisco (EEUU) por el decreto de prohibición de entrada a inmigrantes.
Protestas en el aeropuerto de San Francisco (EEUU) por el decreto de prohibición de entrada a inmigrantes. EFE

¿Populismo?, ¿demagogia?, ¿barbarie? Déjenme que les hable de populismo, demagogia y barbarie. En serio. Corría el año 1672, ayer como quien dice, en Holanda, tan civilizada antes como ahora, cuando a los muy racionales, cultivados y élficos hermanos De Witt una turba los linchó. A uno le pegaron un tiro y luego le trincharon el corazón para así exhibirlo; al otro lo destriparon vivo y luego se lo comieron parcialmente; a ambos los colgaron para escarnio vergonzante y ejemplaridad pública. En el Rijksmuseum de Amsterdam hay una pintura de Jan de Baen que representa el acto de barbarie. Pocas veces unos gobernantes han sido tan inteligentes y estaban mejor preparados que los De Witt, a los que les cabía en la cabeza el Tratado Teológico-Político de su amigo Spinoza, el cual, cuando se enteró del vil y repugnante magnicidio, quiso salir a clavar un cartel titulado “Ultimi barbarorum”, “Los últimos (de los) bárbaros”, en el lugar del asesinato.

Hoy como entonces la línea que separa la civilización de la barbarie sigue siendo difusa y frágil

Hoy como entonces la línea que separa la civilización de la barbarie sigue siendo difusa y frágil (un poco menos, concedámosle a “los mejores ángeles de nuestra naturaleza” de Steven Pinker). La última andanada, a las horas vespertinas del domingo en las que escribo, de Donald Trump contra la línea de flotación de la democracia liberal tiene que ver con la satanización del Otro, una entidad colectiva que se negativiza al completo y en cuyo altar se sacrifica a los inocentes. La izquierda se ha dejado deslizar por la pendiente resbaladiza que les lleva a emplear cualquier tipo de estrategia propagandística contra Trump y poco menos que lo ha comparado con Hitler (a punto de enviar este artículo en la tarde del lunes ha sido Manuela Carmena la última que ha caído en la falacia ad hitlerum).

En realidad, la comparación que deberían hacer es con el santificado Franklin Delano Roosevelt cuando cometió la infamia de encarcelar en campos de concentración a los asiáticos vagamente “japonizados” que se encontraban en Estados Unidos cuando el país del Sol Naciente atacó Pearl Harbor. En aquel momento, Roosevelt, alguien que no tenía escrúpulos en utilizar maquiavélicamente la máxima de que el fin justifica los medios, se aprovechó torticeramente de los recelos que la muchedumbre sentía contra cualquier “amarillo” para perpetrar uno de esos crímenes que incluso los gobiernos democráticos cometen contra los Derechos Fundamentales con la excusa de la “seguridad” y/o la “salud pública”.  Forma parte del sarcasmo poético que en ocasiones adorna el acontecer histórico que el oficial del ejército encargado de internar a los japoneses en los campos de concentración fuese un DeWitt, en el caso de pertenecer al linaje holandés, la oveja negra de la familia...

Lo pertinente en una democracia liberal es encontrar pruebas para separar a los culpables de los inocentes, lo que constituye un deber del Estado

La clave tanto en el caso de Roosevelt como con Trump es que usaron una guerra para torticeramente declarar desleales a un grupo por su raza y/o religión. Lo pertinente en una democracia liberal es encontrar pruebas para separar a los culpables de los inocentes, lo que constituye un deber del Estado. Por lo que no cabe invertir la carga de la prueba ni castigar, como pretende Trump e hizo Roosevelt, a justos por pecadores.

Forma parte de la hipocresía izquierdista criticar en Trump lo que aplaudieron en Clinton (el muro de separación entre Estados Unidos y México) o mantuvieron en silencio cómplice con Obama (las deportaciones masivas de inmigrantes), siguiendo la máxima que sitúa la viga siempre en el ojo ajeno. Por supuesto que cualquier país tiene el derecho de proteger sus fronteras del asalto de los terroristas y de establecer cuotas sostenibles que no hagan imposible el mantenimiento de su estructura básica de funcionamiento. Pero tanto Trump como Roosevelt han tratado de aprovechar una situación de incertidumbre, que provoca miedo e inseguridad entre la población, para implementar medidas draconianas de cara a la galería, incentivando un determinado tipo de empatía que promueve la desconfianza, el rencor y el sentimiento de pertenencia en plan mafioso: el que no es “uno de los nuestros” se convierte, ipso facto, en un “enemigo” a destruir.

Forma parte de la hipocresía izquierdista criticar en Trump lo que aplaudieron en Clinton

Años después del internamiento dictado por Roosevelt, sendas comisiones organizadas por Jimmy Carter y Ronald Reagan llegaron a la conclusión de la vileza de la orden ejecutiva firmada por el presidente demócrata, pagaron una indemnización a los supervivientes y descendientes, estableciendo que fue realizada debido a “prejuicios racistas, histeria de guerra y un fracaso del liderazgo político”. Es deseable que no haya que esperar cuarenta años para que los damnificados por Trump puedan recibir la suficiente reparación moral, política y económica.

Por último, y como telón de fondo, hay que advertir contra la entronización postmoderna de las “campañas de sensibilización” para adoctrinar a la población. La promoción del marketing en lugar de la filosofía, del encumbramiento de los sentimientos por encima de la razón, ha conducido a que la mayor parte de la gente esté indefensa ante las campañas que se dirigen a su subconsciente primario, donde reside una cacofonía de deseos y emociones sin que estén filtrados por la racionalidad. Hace falta menos agit-prop de sensibilización, donde brilla la consigna y la sentimentalidad, y más “quehacer de racionalización”, en el que triunfe el planteamiento de hipótesis y la contrastación de datos. Así podrá empezar, de una vez por todas, la era de los “Primi civilis”


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