Entre Escila y Caribdis

Soraya Sáenz de Santamaría en Elsinor

Más o menos al mismo tiempo que José Antonio García, el solista de los resucitados 091, cantaba en Joy Eslava "Cuando las dudas surgen las respuestas se evaporan sin más", el príncipe Hamlet de Dinamarca comprobaba en el Teatro de la Comedia que el verso de José Ignacio Lapido es rigurosamente cierto. Es la primera vez que la Compañía Nacional de Teatro Clásico representa a un autor extranjero. Y, ya puestos, han pensado que nada mejor que LA OBRA, aprovechando que se conmemora el 400 aniversario de la muerte del autor que según Harold Bloom, hiperbólico como buen groupie, nos enseñó nada menos qué era eso de ser un “hombre”.

Soraya Sáenz de Santamaría desde un palco, acompañada del ministro de Cultura, veía cómo Hamlet provocaba la hecatombe de su casa real y la llegada de una dinastía extranjera

En la puesta en escena de Miguel del Arco y la interpretación de Israel Elejalde, Hamlet lloriquea, amenaza, mata, traiciona, se comporta como un bellaco y como un héroe, como un idiota y como un genio, ahora insensible, más tarde tierno, psicópata y santo, deprimido y entusiasta, cortés y borde, irresponsable y comedido. Tan inteligente que se pasa de listo. Cuando al final conoce, libre ya de la duda y la incertidumbre, la solución a la gran pregunta que le ha estado torturando desde el principio de la representación es demasiado tarde. La respuesta no está en el viento sino en el fondo de una copa de veneno.

Soraya Sáenz de Santamaría desde un palco, acompañada del ministro de Cultura, veía cómo Hamlet provocaba la hecatombe de su casa real y la llegada de una dinastía extranjera. El viejo rey ha muerto. Su hermano, Claudio, se ha hecho con el trono y, de paso, se ha casado con la viuda. Claudio, todo hay que decirlo, es un político como la copa de un pino. Maquiavelo estaría orgulloso de él. Un tipo que es capaz de matar a su propio hermano, casar a su viuda dos meses después y no levantar más sospechas que las del paranoico hijo, merecería el respeto de Ricardo III, la admiración de Yago y el abrazo fraternal de (Lady) Macbeth. Alguien capaz de “sonreír y ser un villano al mismo tiempo”, como caracteriza Hamlet al que se dedica a la política, incompatible con la propia idiosincrasia del filosófico príncipe atrapado en el terreno de la hipocresía y los sofismas. Es decir, del postureo de lo políticamente correcto. Y nadie menos correcto ni menos político que el metafísico Hamlet.

¿Qué tendría que haber hecho el desamparado huérfano? Disimular y convertirse en un hijo ejemplar, en lugar de aparentar ser un loco, hasta que le llegase el momento de convertirse en un émulo de Bruto. Pero Hamlet es demasiado impulsivo a pesar de tener un espíritu tan racional. Incapaz de hacer de tripas corazón, resulta transparente a medida que trata de ser más oscuro. Todos se huelen la chamusquina que arde en el alma del príncipe. “No hay villano en toda Dinamarca que … no sea un sinvergüenza redomado” le dice a su amigo Horacio.

Un político no es sino un asesino que apuñala por la espalda, con nocturnidad y alevosía

En comparación con el clima de corrupción y maldad que se respira en la política danesa en tiempos hamletianos, los tejes y manejes de la actual política española son una pastoral cervantina, un referéndum de la confederación helvética. España huele a cebolla y aliento matutino, que es como caracteriza Frank Underwood la insoportable levedad de la política en House of Cards. El pueblo español, abonado a las “microcorrupciones”, contribuye al hedor general. Un pueblo más dado a la picaresca de Rinconete y Cortadillo que a la grandeza ridícula de don Quijote. Soraya Sáenz de Santamaría debía de tomar nota mental de la lección que sobre el poder nos da Shakespeare: un político no es sino un asesino que apuñala por la espalda, con nocturnidad y alevosía. En ocasiones, como Macbeth, literalmente. A veces, sólo metafóricamente.


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