Entre Escila y Caribdis

La Semana Santa ha muerto

La coincidencia este año entre la Semana Santa y las Fallas me ha hecho recordar una de las más entrañables meteduras de pata made in Hollywood que se recuerdan. En Misión Imposible 2, Tom Cruisese pasea por Sevilla y se encuentra con un paso de Semana Santa en el que varias ¡falleras! tiran flores, al tiempo que unos costaleros vestidos como si estuvieran en ¡San Fermín! transportan una imagen que, finalmente, quemarán como si estuvieran en la ¡“Nit de la cremà”! valenciana, ayudándose de cirios y antorchas mexicanas. El jefe de Cruise, un alucinado Anthony Hopkins, le comenta al indómito espía "Estas fiestas son un fastidio. Veneran a sus santos quemándolos".

Aunque quizás más que error de unos guionistas pasados de alucinógenos, o de incultura folclórica religiosa, fue una genialidad burlona de unos seguidores escépticos de Daniel Dennett, Richard Dawkins, Christopher Hitchens y Sam Harris, los así llamados “Cuatro Jinetes del Ateísmo”, en su cruzada contra la religión como embrujo y alienación, como superchería y fraude.

Kant creía, al mismo tiempo, que Dios era una categoría vacía de la Razón Pura, por lo que debíamos despreocuparnos, y un axioma de la Razón Práctica, por lo que no teníamos más remedio que asumirlo

No están claras las razones por las que la mayor parte de la humanidad cree en Dios y sigue una serie de religiones que han dado por ritualizarlo y mitificarlo de muy diferentes maneras, del remoto y terco “Yo soy al que soy” del Antiguo Testamento al simpático y bonachón elefante sagrado de los hindúes pasando por el crucificado de los cristianos o el devorado por los Titanes. Kant creía, al mismo tiempo, que Dios era una categoría vacía de la Razón Pura, por lo que debíamos despreocuparnos, y un axioma de la Razón Práctica, por lo que no teníamos más remedio que asumirlo. Descartes lo redujo a una simple idea de una mente aunque, en un insospechado giro de guión, lo convirtió en la piedra fundamental de su filosofía para no caer en el solipsismo. Nietzsche, finalmente, nos advirtió que nunca nos libraríamos de Él mientras confiáramos en la gramática.

Seguramente, Dios y la religión fueron dos ideas estimulantes en el pasado, cuando la humanidad salió de la etapa prehistórica de cazador-recolector y necesitó embarcarse en grandes misiones colectivas en el Neolítico. Más que el opio del pueblo, que decía Marx, Dios y las religiones fueron la cocaína y la metanfetamina de una humanidad que se proyectó hacia misiones que habrían sido imposibles incluso para el gran Ethan Hunt porque requerían de la participación de cientos de miles de individuos: la construcción de grandes ciudades exigía grandes sacrificios individuales y una noción de la trascendencia para superar en el tiempo la exigua vida de los hombres de carne y hueso.

Entre los innumerables prodigios de la civilización occidental capitalista hay que sumar, al de su potencial sin igual de producción de bienes y servicios, el de haber sido capaz de aunar en grandes proyectos los esfuerzos individuales. Así en la ciencia actual los artículos se escriben por un equipo de investigadores, dejando obsoleta la romántica imagen del científico aislado y solitario al estilo del doctor Frankenstein, y las grandes construcciones como rascacielos o estadios de fútbol se erigen bajo el mandato de grandes corporaciones. El “desencantamiento del mundo”, del que habló Max Weber, esa liberación del mito y el dogma, está difuminando cada vez más el carácter de las antiguas festividades religiosas, transformándolas en celebraciones lúdicas y en acontecimientos comerciales.

La Semana Santa, así como la Navidad, el Ramadán y otras fiestas religiosas están transformándose lenta pero sin pausa en eventos capitalistas

La Semana Santa, así como la Navidad, el Ramadán y otras fiestas religiosas están transformándose lenta pero sin pausa en eventos capitalistas. Y, en paralelo, la visión del mundo que las sostenía, basada en el mito y el dogma, se diluyen. Quedan sólo los ritos. Como cuando los niños de Sevilla y Valencia se disfrazan en un Halloween, de origen anglosajón, tan desnatado como igualmente nutritivo por lo divertido. Pero sin su fundamento religioso, esa nata que está rica pero engorda, los ritos se mezclan y confunden (“se hibridan” como dicen los cursis de los “cultural studies”) como en la película de Misión Imposible 2. Hay quien se lamenta de que los dioses estén desapareciendo pero yo me congratulo de que ya no se celebren autos de fe ni se difundan creencias mitológicas, a la vez que son más reducidos los atentados suicidas de los últimos creyentes en la verdad de sus falsedades. Porque la verdad que triunfa es la que se basa en razonamientos sólidos y hechos probados. Y, pese a todo, haya quedado el olor del incienso y la belleza de las imágenes. ¡Viva la Semana Secular!


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