Entre Escila y Caribdis

Savater, Indiana Jones de la Filosofía

En un Congreso de Filosofía en Granada, Fernando Savater ha anunciado que este será el último mes de comparecencias públicas porque piensa retirarse del mundanal ruido. Naturalmente, esperamos que, como grandes toreros de la estirpe de Antoñete, Savater no se corte la coleta permanentemente, sea hombre de eternas retiradas y podamos disfrutar del mejor conferenciante que he visto jamás. Durante veinte años he disfrutado de su capacidad de combinar el ingenio y el genio, la profundidad y la amenidad, la calidez para los amigos y el vitriolo para los adversarios.

No sospechábamos que el muro de Berlín estaba a punto de ser destruido cuando asistí a mi primera conferencia de Savater. Pedro Cerezo, uno de nuestros más reputados eruditos, hizo una ditirámbica presentación a la que reaccionó Savater confesando que se había sentido tras las palabras laudatorias de Cerezo como una mezcla entre Immanuel Kant e Indiana Jones. Desde entonces, siempre me imagino a Savater con la Crítica de la Razón Práctica en una mano y un látigo en la otra, fustigando a golpe de imperativo categórico a los tontos ilustrados y los miserables del tiro en la nuca, ataviado con sombrero de ala ancha y con banda sonora de John Williams. Al fin y al cabo, Savater escribió La tarea del héroe y no hay héroe que represente mejor a nuestra época que el ilustrado arqueólogo en busca de arcas perdidas que se embarca en cruzadas contra todo tipo de totalitarismos, estos templos malditos donde se han erigido durante el siglo XX pirámides gigantescas de calaveras de cristal.

Si intelectual es aquel que piensa lo que siente y siente lo que piensa, no cabe duda de que Savater es uno de nuestros grandes pensadores

Si intelectual es aquel que piensa lo que siente y siente lo que piensa, no cabe duda de que Savater es uno de nuestros grandes pensadores. Si es verdad que necesitamos más maestros que genios, entonces hemos sido afortunados por contar con el filósofo vasco como un miembro destacado de una serie de “maestros del pensamiento”, democráticos y liberales, que nos han enseñado a no caer en las trampas semánticas de conceptos discutidos y discutibles que pueden ser pasto con facilidad de demagogos conceptuales y arribistas políticos.

Heredero de la mejor tradición ensayística anglosajona y francesa, de Chesterton a Camus, de Orwell a Aron, Savater es un polemista sensacional, un púgil intelectual que baila como una mariposa y pica como una abeja, es blando con las espigas pero duro con las espuelas. Alguien con el que quieres contar en tu equipo de debate sobre todo cuando se trata de defender lo “políticamente incorrecto” o atacar lo más sagrado. Con la luminosa rectitud de Montaigne y la mortífera capacidad dialéctica de Nietzsche, Savater ha conseguido que los periódicos sean una extensión del Parlamento y un complemento de las aulas, como si Julio Camba fuera el “negro” de Ortega y Gasset.

Durante su última ponencia en Granada citó más de una vez el que resulta ser el diálogo fundamental de Platón, el Gorgias. Porque ahí Sócrates se enfrenta al enemigo absoluto de la filosofía, el tipo que rechaza debatir y se abandona a la fuerza. Por el contrario, en Apología del sofista, Savater hace una alabanza de la figura en general del sofista en cuanto que filósofo irónico que asume su contingencia, la existencial y la argumentativa, frente al severo dogma del filósofo tradicional, autoconsciente, falsamente, de su necesidad y, en consecuencia, de su derecho a la imposición intelectual y política. El sofista savateriano, que asume la finitud y el límite, es el intelectual democrático por excelencia. Frente a tanta traición de los intelectuales en su asalto a la razón (de Heidegger a Sartre) que hicieron de la oscuridad del lenguaje el pasaporte al corazón de las tinieblas totalitarias, Fernando Savater ha levantado siempre una inconfundible y hermosa voz, clara y contundente, mostrando una ejemplaridad insobornable durante los años de hierro de la dictadura franquista y las décadas de plomo del terrorismo marxista-nacionalista, cuando fue tachado de “enemigo del pueblo (vasco)” por los mismos que asesinaban sin piedad a españoles que no caían bajo su concepto de “nación”, por lo que eran sentenciados a morir bajo las balas patrióticas.

Savater, claro, ha intentado no caer bajo ese marchamo de “escritor español” que obliga a ser algo así como una mezcla de torero y mártir de la libertad, al estilo, por ejemplo, y dicho sea con todo el respeto, de Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno, tan lejanos y, al tiempo, tan cercanos. Pero en 1995 ETA asesinó al concejal del PP, Gregorio Ordóñez, y asumió un compromiso político contra los asesinatos de la banda marxista-nacionalista que disfrutaba entonces de la comprensión, cuando no la simpatía o la adhesión, de gran parte de la izquierda española y el nacionalismo vasco. 

Savater, como Oscar Wilde, ha puesto su talento en su obra y su genio en la vida. Y también, como Borges dijo del escritor irlandés, ha sido un ingenioso que casi siempre ha tenido razón

Sobre una visita a Cioran que hizo junto a Savater, Félix de Azúa comentaba que resultaba divertido conocer al hombre que había escrito Breviario de descomposición y Del inconveniente de haber nacido acompañado “por uno de los hombres más optimistas que ha dado el País Vasco, y ya es decir; un hombre que jamás le ha encontrado el más mínimo inconveniente al nacimiento.” Sin embargo, en esta su “última conferencia” nos habló del carácter “inconcluso” de la vida y aunque no abandonó su carácter alegre y combativo había en sus palabras un poso de melancolía por, quizás, el “inconveniente de morirse demasiado pronto” de las personas más queridas. 

Savater, como Oscar Wilde, ha puesto su talento en su obra y su genio en la vida. Y también, como Borges dijo del escritor irlandés, ha sido un ingenioso que casi siempre ha tenido razón (y casi sin casi). Sería peor que un crimen, un error, dejar la oportunidad de escucharlo en alguna de las charlas que todavía tenga programadas para de esa forma admirarse de su memoria infinita de anécdotas paradigmáticas y su velocidad diabólica para la réplica acerada. Pero, sobre todo, y más allá de habilidades retóricas, venerar (del lat. venerari, respetar en sumo grado a alguien por su dignidad o grandes virtudes) a alguien que encarna como pocos el lema machadiano de ser, en el buen sentido de la palabra, un hombre bueno. Alguien que nos regaló uno de esos consejos que en los peores momentos, cuando estamos atribulados, aburridos y/o cansados, nos puede servir como un clavo ardiendo para aguantar, si acaso, un día más

"Después de tantos años estudiando la ética, he llegado a la conclusión de que toda ella se resume en tres virtudes: coraje para vivir, generosidad para convivir, y prudencia para sobrevivir."

A lo que añadiría yo que, al igual que no faltan en sus charlas socráticas, no haya un día sin una reflexión profunda acompañada de una carcajada humorística.


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