Entre Escila y Caribdis

Héroes liberales contemporáneos

En tiempos en los que ideologías venenosas -del feminismo de género al populismo pasando por lo “políticamente correcto” y el animalismo antihumanista- se propagan entre lo que Ödön von Horváth denominaba “juventud sin dios”, hay individuos que no se arrugan ante la barbarie y plantan cara ante la marabunta inquisitorial y los poderes establecidos. El ejemplo paradigmático durante el siglo XX fue Bertrand Russell que ya en 1920 escribió Teoría y práctica del bolchevismo para denunciar el terrorismo y el totalitarismo implícito en el comunismo revolucionario de Lenin y compañía. Además, fue expulsado de la Universidad de Cambridge por su pacifismo durante la Segunda Guerra Mundial, de la de Nueva York por presión de grupos católicos y, lo más duro, tuvo que soportar a Ludwig Wittgenstein en sus arrebatos de furia místico-metafísica.

En Estados Unidos cada vez es mayor la plaga de estudiantes consentidos y fanatizados que pretenden excluir del debate a los que no comulgan con diversas ideologías

Sin llegar a la heroicidad de Russell, afortunadamente vivimos tiempos menos salvajes (seguramente también menos brillantes), permítanme que les presente a cuatro personas que defienden la irreductible aldea liberal frente a los ataques de las sucesivas hordas liberticidas. En primer lugar, tenemos a John Ellison, “decano de estudiantes” en la Universidad de Chicago, cuya carta de bienvenida a los “rookies” universitarios le sirve para recordarles que llegan a una institución educativa de grado superior en la que el conocimiento se basa en la argumentación libre y el debate razonado, por lo que no caben la censura a contenidos y personas únicamente porque alguien considere que se “ofenden” sus principios o se “atacan” sus sensibilidades. En Estados Unidos cada vez es mayor la plaga de estudiantes consentidos y fanatizados que pretenden excluir del debate a los que no comulgan con diversas ideologías y se arrogan el derecho de establecer “cordones sanitarios” contra aquellos que no comulgan con sus dogmas políticos. Ellison entronca con la tradición liberal popperiana según la cual, por un lado, “la ortodoxia es la muerte del conocimiento, ya que el desarrollo de este último depende enteramente de la existencia del disenso.”, mientras que por otro lado, "en nombre de la tolerancia tendríamos que reivindicar el derecho a no tolerar la intolerancia.”

Un ejemplo de esta intolerancia es la que han sufrido las feministas humanistas, liberales e individualistas, Cathy Young y Vanesa Vallejo, en El País y Facebook, respectivamente por parte de una oleada de feministas de género que no es que las hayan criticado, lo que es legítimo, sino que han tratado de silenciarlas, ejerciendo una presión para la censura propia de movimientos sectarios. A Vallejo le cancelaron su cuenta en la red social debido a que las feministas de género no soportaban que hubiese criticado el victimismo hipócrita de las que pretenden convertir a las mujeres en cuotas, del mismo modo que el viejo machismo las pretendía reducir a floreros. Young tuvo que ser defendida por la Defensora del Lector y el Jefe de Opinión de El País por las protestas de las feministas de género contra la publicación de un artículo en el que la feminista liberal norteamericana presentaba un feminismo no enfrentado a los hombres sino que buscaba una alianza entre personas civilizadas más allá de su sexo. Y es que si lo “políticamente correcto” se ha convertido en el fascismo progre, parafraseando a George Carlin, el feminismo de género ha venido a ser el nuevo maoísmo entre “millennials” tan consentidos como resentidos contra cualquier intento de debate abierto y disenso creativo.

Una sociedad liberal consiste fundamentalmente en una libre y equitativa competencia, sin que gobiernos y empresas lo entorpezcan y manipulen

En el orden económico, el sistema liberal tiene que navegar entre dos peligros, la gigantomaquía tanto de los diversos Estados que tienen el monopolio (en el caso de las democracias liberales, legítimo) de la violencia como de las grandes corporaciones multinacionales, que disfrutan de una asimetría en poder e información respecto de los consumidores y de muchos Estados. Margrethe Vestager, del partido liberal danés, se ha convertido, desde su cargo de Comisaria encargada de la competencia en el mercado, de vigilar que no haya carteles entre empresas ni ayudas ilegales de los Estados a las grupos de presión. Una sociedad liberal consiste fundamentalmente en una libre y equitativa competencia, sin que gobiernos y/o empresas lo entorpezcan y manipulen abusando de su posición de poder. Una lección que arranca en Adam Smith y llega hasta Friedrich Hayek cuando defendía que el liberalismo estaba tan lejos de la planificación socialista como del laissez faire anarcocapitalista. Amazon, Starbucks, Fiat, Gazprom, Google y Apple han comprobado que la liberal danesa cumple para que el Estado liberal sea exigente con las empresas que atentan contra la libre competencia. Para garantizar dicha competencia smithiana es fundamental una fiscalidad tan transparente como justa. Volvamos al cáustico humorista George Carlin cuando exponía su intuitiva teoría sobre las clases sociales

“La clase alta se queda con todo el dinero, no pagan impuestos. La clase media paga todos los impuestos y hace todo el trabajo. Los pobres están ahí... solo para asustar hasta cagarse a la clase media”

La reacción de Tim Cook, el CEO de Apple, reaccionando de manera histérica ante el dictamen de la Comisión, descalificándolo como “basura política” en lugar de presentar argumentos razonables, muestra que si no miedo al menos sí que alguien ha conseguido cabrear a alguien que parece creerse por encima de la ley. 

Gracias a la defensa de la libertad en todos los frentes -de las universidades al feminismo pasando por el mercado- Allison, Vallejo, Young y Vestager han demostrado una vez más que minorías valientes en lo moral y lúcidas en lo intelectual pueden resistir contra los intentos torticeros de acabar con nuestras libertades. Gracias a ellos, las universidades, los medios de comunicación y los mercados pueden seguir operando con pluralidad de voces y en igualdad de oportunidades.  “No sigas a la mayoría para hacer el mal" le recomendó a Bertrand Russell su abuela. Necesitamos muchas de esas lúcidas abuelas a lo Russell para compensar a los padres mentirosos sobre los que nos advertía Jon Juaristi en Spoon River, Euskadi.


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