En el límite

Una vergonzante autocensura

En 1953, el yugoslavo Milovan Djilas escribió unos incisivos artículos criticando duramente el sistema político de su país. Argumentaba que el régimen comunista estaba gobernado por una “nueva clase”, la nomenclatura del partido, que ocupaba el poder para garantizarse privilegios completamente vedados al resto de la población. Como cabría esperar, el imprudente Milovan acabó dando con sus huesos en la cárcel, donde permanecería nueve años.

Nada fuera de lo común habría en este episodio si no fuese porque, en el momento de difundir sus aceradas e incómodas opiniones, Djilas estaba a punto de acceder a la presidencia de la Republica de Yugoslavia, perfilándose como sucesor del indiscutible líder del partido, el Mariscal Tito. En lugar de callar, y disfrutar de todas las ventajas y comodidades inherentes al cargo, el dirigente comunista prefirió decir abiertamente lo que pensaba, denunciando una situación profundamente injusta y, sobre todo, contraria a sus convicciones más profundas. 

En España, las últimas décadas han sido testigos del clamoroso silencio de muchos intelectuales y periodistas sobre los entresijos y el verdadero funcionamiento del régimen surgido de la transición. Escaseó la crítica y la denuncia ante los desmanes cometidos por los partidos y se guardó silencio mientras los gobernantes hacían mangas y capirotes con la separación de poderes o se saltaban las leyes a la torera. Se miró hacia otro lado ante la arbitrariedad, la omnipresente corrupción y la manipulación partidista de todas las instituciones. Muy pocos se atrevieron a pregonar lo evidente: “el rey estaba desnudo”.

Un miedo insuperable al “qué dirán” o al “qué pensarán”

¿Estribaba el problema en que todos los que podían ejercer la crítica estaban a sueldo del poder? Ciertamente, no. Aunque algunos periodistas recibieran favores, o incluso sobres, y una parte de los intelectuales cobrase de alguna de las instituciones o fundaciones creadas a tal efecto, la mayoría era ajena a tal reparto. Las motivaciones no siempre responden a intereses materiales; a veces son más complejas y profundas. Fue el asfixiante ambiente, creado por la incesante propaganda, lo que acabó impidiendo la crítica de muchos. Se trató, más bien, de una vergonzante autocensura ante la perspectiva de recibir alguno de esos certificados de “antidemócrata”, que expedían los potentes altavoces del régimen. Un reverencial temor al “qué dirán” o al “qué pensarán”, un miedo insuperable a mantener abiertamente un criterio propio en contra de la corriente.

Desde el principio, la interesada propaganda del régimen se esforzó en enseñar a la gente su particular forma de “ser demócrata”. En este adoctrinamiento, todos los ciudadanos debían interiorizar ciertos dogmas que recreaban una versión manipulada de la realidad, animando a vilipendiar a aquéllos que se resistieran a su observancia. Los intelectuales debían acatar la línea predicada desde el púlpito por los editoriales de cierto diario nacional, hoy en proceso de desguace. Unas argumentaciones frecuentemente engañosas en las que, de unas premisas ciertas, solía extraerse una conclusión carente de lógica. Un silogismo incorrecto que pocos osaban enmendar ante el temor a la excomunión de esa pretendida fe democrática.

Sólo era lícito discutir en los términos aceptados por la partitocracia, esto es, a favor de un partido o en contra de otro, sin cuestionar la calidad o la validez de las instituciones o poner en tela de juicio las tramposas reglas del juego. Pocos cayeron en la cuenta de que la democracia consiste precisamente en lo contrario: en el pensamiento libre, el contraste de ideas y la crítica constructiva y fundamentada. Nunca en la repetición insistente, como un papagayo, de las consignas del poder.

Un régimen político abierto requiere decisiones individuales meditadas, ciudadanos capaces de mantener criterios razonados aun cuando deban nadar a contracorriente. La democracia se empobrece en entornos donde la emoción nubla la razón o en lugares donde la gente ha interiorizado los dogmas por miedo a atraer las miradas censoras de otros. Ante la tensión entre mantener las propias convicciones (denunciar la injusticia) o seguir el dictado de los condicionantes externos (guardar un cómodo silencio) el ser humano recurre con frecuencia al autoengaño. Se convence a sí mismo de que la pasividad no traiciona sus principios, de que su voz no serviría para cambiar nada o, incluso, de que la situación, aún siendo mala, podría ser peor.

“Eso es verdad… pero no se puede decir”

En ocasiones, algunas conversaciones privadas podían provocar una muy ilustrativa respuesta del interlocutor: “eso es verdad, pero no se puede decir”. Algo debía fallar en el sistema cuando lo censurable era exponer la verdad abiertamente. El temor había conducido al autoengaño de muchos, a aceptar la corrupción, la mentira o el desprecio a las normas como males necesarios para el mantenimiento de un régimen de libertades. Craso error. La permanencia del engaño genera un daño irreparable al sistema democrático y fomenta la difusión de doctrinas populistas y totalitarias. La denuncia de la corrupción, la injusticia y la arbitrariedad, y la defensa de unas reglas del juego equitativas, constituyen la única vía hacia la regeneración.

El cambio acelerado de los últimos años ha provocado la fractura de muchos tabúes y dogmas, que constituían la columna vertebral del régimen partitocrático. Tras romperse las barreras que contenían la información, y rasgarse las sutiles ligaduras de la propaganda oficial, una marea de merecidas críticas ha comenzado a barrer todas las instituciones. Pero no debe bajarse la guardia. Es labor de cada uno preservar el espíritu crítico, procurando mantener la coherencia y el respeto a los propios valores. En la mayor parte de los casos, se requerirá a lo sumo un poco de valentía y decisión. Como mucho, en ambientes inflamados por la irracionalidad, podría implicar el riesgo de ser señalados con el dedo o de recibir algún calificativo poco amable. Por suerte, nunca tendremos que enfrentarnos a un dilema tan duro, penoso y traumático como el que superó, con éxito, Milovan Djilas. 


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