En el límite

Más vale hacerse el sueco

Otoño de 1771. Meses después de ocupar su puesto como embajador en cierto país extranjero, el francés Charles Gravier de Vergennes escribía a su gobierno alarmado por la arbitrariedad y el desafuero que imperaban en ese reino. Los dirigentes, los servidores públicos y hasta los súbditos parecían mostrar un notable grado de deshonestidad, envilecimiento y degradación. Aquí, señala sorprendido, la corrupción y la ilegalidad no sólo parecen infectar al Estado sino a la nación entera. Desde nuestra perspectiva del siglo XXI difícilmente adivinaríamos el país donde prestaba sus servicios diplomáticos el esforzado Vergennes. ¿Era en Madrid ante la corte de Carlos III? ¿Pudo ser Lisboa? ¿Quizá en algún reino italiano? Frío, mucho más frío: el atónito Conde de Vergennes estaba describiendo Suecia.

El caso sueco, y su espectacular transformación en el siglo posterior, muestra con nitidez que la corrupción y la arbitrariedad no se encuentran enraizadas en condicionantes culturales. Y que no existe una esencia de cada pueblo o nacionalidad que determine inevitablemente su futuro. Muchos intentan, hoy día, explicar los males de España por nuestro carácter desordenado, caótico, indolente o negligente, respondiendo con condescendencia y desdén a quienes proponen reformas de calado. Hace dos siglos, otros cometían el mismo error señalando los rasgos culturales de los suecos, unos bárbaros que nunca habían sido romanizados, como causa probable de tamaña anarquía y descontrol. ¿Qué otra cosa podía esperarse de unos toscos y salvajes vikingos que, para colmo de males, no eran católicos sino luteranos?

Son las instituciones, estúpido

La corrupción y el mal gobierno no dependen de la cultura, la raza, la tradición o la religión de un país: son consecuencia de un mal diseño y funcionamiento de sus instituciones. En el siglo XIX, este país nórdico fue capaz de erradicar la generalizada corrupción y acabar constituyendo un ejemplo de honradez e integridad en el funcionamiento del Estado. Durante un período relativamente corto se suceden unas reformas institucionales tan profundas y radicales que transforman completa y definitivamente la administración y la política: en la segunda mitad del XIX, Suecia es ya uno de los países menos corruptos del mundo.

Los drásticos cambios habían convertido un sistema basado en relaciones de tipo personalista, donde el trato que los sujetos podían esperar de las autoridades dependía de su estatus social, de sus conexiones e influencias, de su capacidad para sobornar a los funcionarios o de su pertenencia a alguna red clientelista - en definitiva de algún privilegio - en otro donde el trato es impersonal, objetivo y generalista y, si existe selección, se basa en el mérito y el esfuerzo. En resumen, las contundentes reformas transformaron el sistema de acceso restringido en un sistema de libre acceso.

La España de 2013, caracterizada por unas instituciones carentes de objetividad e imparcialidad, profundamente infectadas por la corrupción desde la cúspide a la base, arrastra algunos problemas de la Suecia de hace 200 años. Buena parte de la política y la administración opera de facto con un personalista sistema de privilegios y acceso restringido.

Nadie definió con tanta maestría y espontaneidad la verdadera naturaleza de la política española como el ex presidente de las Islas Baleares, Jaume Matas. Al ser preguntado por los inflados contratos adjudicados con flagrante favoritismo y parcialidad a Iñaqui Urdangarin, yerno del Rey, abiertamente admitió: “pero ¿cómo iba a hacer pasar por un concurso público al Duque de Palma?”. Era evidente: ¿por qué un presidente autonómico habría de actuar de manera impersonal, objetiva y neutral, si la lógica del sistema empuja a primar los privilegios? Mucho más habituales son los concursos amañados, donde la relación personal constituye un elemento decisivo en el marco de un implícito, o explícito, intercambio de favores. Consciente o inconscientemente, quizá Matas consideró que el Rey podía aparecer cojo, o casi mudo en una entrevista televisiva, pero nunca manco.

Las reformas no pueden ser parciales ni espaciadas

Los regímenes corruptos y particularistas poseen una tremenda inercia y resistencia al cambio por constituir un equilibrio perverso en la conducta interactiva de muchas personas: no existen incentivos para que cada individuo cambie de estrategia. Comenzar a actuar limpiamente, si los demás no lo hacen, implica para cada sujeto o grupo un enorme coste. Por ello, la simple reforma de una institución aislada suele conducir al fracaso pues ésta acaba siendo colonizada y finalmente incorporada a la corriente corrupta. Las transformaciones no deben ser incrementales, sino profundas y radicales, abarcando a la mayor parte de la estructura del Estado. Suficientemente drásticas como para cambiar la percepción y las expectativas de los agentes participantes y catapultar el sistema al equilibrio opuesto. El éxito de Suecia se basó en que la mayor parte de las instituciones fueron reformadas desde la raíz en un corto espacio de tiempo.

Desgraciadamente, aunque es relativamente sencillo apuntar la cadencia y el tipo de reformas que pueden conducir a un sistema político y económico de libre acceso, mucho más complicado resulta identificar los mecanismos que abren el camino del cambio. ¿Qué lleva a los líderes o dirigentes a impulsar las transformaciones si el sistema de acceso restringido les otorga notables privilegios? ¿Por qué algunos países se embarcaron en tan radicales cambios y otros no? Realmente no existe una teoría bien elaborada y consistente del tránsito, de las motivaciones que inducen a pasar de un régimen a otro, a vencer las reticencias de las élites. Seguramente, los hechos históricos tienen un carácter contingente, poco determinista, dependiente de sucesos fortuitos. Aun así, se apuntan dos sugerentes elementos que pueden favorecer esa transformación.

La fuerza de la convicción y de las situaciones extremas

El primero de ellos es la irresistible fuerza que ejercen las nuevas ideas y la convicción de las gentes sobre lo que es justo y conveniente. El ser humano tiende a movilizarse de forma desinteresada en pos de lo que considera correcto y equitativo. Y la voluntad mueve montañas. Durante el siglo XIX las ideas liberales se difunden con fuerza por los países nórdicos, impulsando con vigor la abolición de anacrónicos privilegios. Se encuentra en segundo lugar la acuciante encrucijada que provocan las situaciones extremas. Se ha señalado la aplastante derrota militar frente a Rusia, que llevó a Suecia a perder un tercio de su territorio y a la percepción generalizada de que se encontraba en peligro la continuidad de la nación, como el detonante de una importante catarsis entre las élites y un replanteamiento general de los modos de actuación.

En España, el rotundo fracaso del régimen del 78, su degeneración en una verdadera cleptocracia o su ineptitud para reformarse hacia un sistema abierto e incluyente, se reflejan en una paulatina pérdida de legitimidad a ojos de los ciudadanos y en una creciente conciencia de la necesidad de cambio. Los desafíos secesionistas, por parte de sectores igualmente corruptos y caciquiles, que pretenden construir nuevos estados todavía más cerrados y excluyentes, y la manifiesta incapacidad del régimen para dar adecuada respuesta, nos colocan en una situación límite. Es momento de que las élites dirigentes y el resto de los ciudadanos procedan a un profundo replanteamiento. La encrucijada permite dos opciones: cambiar radicalmente hacia un sistema de libre acceso o perder por enésima vez el tren de la historia. 


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