En el límite

Entre lo urgente y lo importante

Difícilmente podía haber imaginado Mariano Rajoy, hace algunos años, que los votantes le otorgarían su confianza en uno de los momentos más cruciales de la historia española reciente. Por una ironía del destino, la responsabilidad de aplicar las duras medidas que se avecinan recae sobre un político con imagen de buen gestor pero no de líder carismático, una persona poco inclinada a las decisiones rápidas, drásticas y radicales. Pero es muy probable que, en breve, descubramos a un distinto Rajoy, transformado por la imperiosa necesidad de acometer las reformas que puedan alejarnos del abismo ¿Cuáles son las medidas que deberá aplicar sin dilación?

La entrada en el euro permitió a España disfrutar durante años de sustanciales ventajas aunque, a cambio, quedábamos obligados a mantener una disciplina que nunca se impuso. Inútil ya buscar culpables ajenos, resta sólo asumir la propia responsabilidad: “la culpa, Bruto, no es de nuestra mala estrella sino nuestra”. Por ello, la elevada prima de riesgo no es más que un síntoma de nuestras deficiencias, un reflejo del negro futuro que nos anticipan los mercados a la vista de un presupuesto estructural deficitario, un gasto comprometido superior al que podemos permitirnos, unas pobres perspectivas de crecimiento o una tasa natural de desempleo excepcionalmente elevada. El único margen de maniobra de Rajoy consiste en acometer las oportunas reformas estructurales (que tienen la virtud de fomentar el crecimiento, elevar la productividad y reducir a medio plazo el desempleo) y poner en práctica, de inmediato, unas medidas conducentes a la consolidación fiscal.

Entre los cambios estructurales deberá incluir, de manera urgente, una reforma laboral que prime la negociación colectiva en cada empresa y ponga coto a la peligrosa dualidad entre trabajadores fijos y temporales. Y no olvidar aquellas reformas de los mercados de bienes que contribuyen a acrecentar la competencia, retirando las trabas a la apertura de nuevos negocios o eliminando las barreras al mercado único que han ido estableciendo algunas autonomías, por medio de una legislación abusiva. Y, con el fin de que vuelva a fluir el crédito, el nuevo presidente debe apresurarse a dar una salida definitiva y eficaz a nuestro sistema financiero, cargando preferentemente el coste del saneamiento sobre los deudores, no sobre los contribuyentes, y exigiendo responsabilidades a aquellos gestores de Cajas de Ahorros que actuaron con irresponsables criterios políticos.

Además de eliminar el gasto superfluo y racionalizar la Administración, el futuro presidente se verá forzado a modificar las condiciones en que se percibirán las pensiones del futuro, reconociendo que el sistema actual no es sostenible a largo plazo. Y podría verse empujado a introducir en la sanidad alguna fórmula de copago, que contribuya a racionalizar la enorme demanda.

Aunque las reformas estructurales tarden algún tiempo en dar resultado, deben ser aplicadas inmediatamente, de manera que los mercados anticipen ya sus efectos y rebajen nuestra prima de riesgo hasta niveles aceptables. En una situación tan extrema, siempre es mejor reformar con acuerdos pero, llegado el caso, Rajoy no podrá detenerse ante la oposición de aquellos que piensan, o pretenden hacer creer, que la presión en la calle puede obrar el milagro de multiplicar los panes y los peces.

Es probable, sin embargo, que las reformas económicas no sean los únicos cambios profundos que observemos en los próximos años. Las crisis generan adversidad, sufrimiento y tribulación pero abren también nuevas oportunidades de progreso y transformación. Desarrollan en los ciudadanos conscientes una distinta percepción del cambio y una aguda visión de futuro, llevándolos a abrazar nuevas formas de actuación y a repudiar aquellas otras que, por obsoletas y disfuncionales, nos han acercado al colapso. Resulta verosímil que, durante esta legislatura, se acreciente el rechazo y la contestación a aquellos aspectos de nuestro sistema político que han propiciado las graves e incorrectas decisiones del pasado: unos partidos que controlan directa o indirectamente aquellos órganos del Estado que deberían ser independientes, unos mecanismos perversos de selección de los políticos que han permitido llegar al gobierno a personas incapaces o una peligrosa politización de la justicia en sus más altas instancias.

Es deber de Rajoy percibir e interpretar correctamente las enseñanzas profundas de la crisis y mostrarse receptivo a las aspiraciones de los ciudadanos. Y comprender que, para evitar que algo tan grave se repita, España necesita una adecuada reforma política que nos aparte de la peligrosa deriva tomada en los últimos años. Unos cambios radicales que pongan freno a la omnipresente corrupción, al secular favoritismo y al pertinaz clientelismo y nos devuelvan a la cultura del mérito, el esfuerzo, la sana competencia, la seguridad jurídica y la igualdad real de todos los ciudadanos ante la ley.

Una tarea hercúlea y una enorme responsabilidad histórica esperan a Mariano Rajoy. Es en estos momentos de extrema dificultad cuando se llega a conocer el verdadero material en que cada persona está forjada.


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