En el límite

La trampa de la gobernabilidad

La irrupción de nuevas opciones en el panorama político español, con la previsible fragmentación de parlamentos y consistorios, ha suscitado en dirigentes, candidatos y sesudos comentaristas cierta fijación, una súbita preocupación por las dificultades que entrañará formar gobierno en autonomías y ayuntamientos. Los partidos emergentes parecen reacios a apoyar a los tradicionales para constituir una nueva mayoría. Estaría en peligro nada menos que la "gobernabilidad". Ya lo dijo, desesperada, Susana Díaz: los andaluces no pueden estar sin gobierno. Ya será menos. Quizá sea ella quien no aguanta sin formar un ejecutivo. Nuestros políticos suelen confundir los intereses de la ciudadanía con los suyos propios.

El bloqueo del ejecutivo no implica la paralización de los servicios de la administración. Como mucho, se ralentiza el intercambio de favores

No son los españoles quienes salen perjudicados por falta de gobierno: son sus políticos. El bloqueo del ejecutivo no implica la paralización de los servicios de la administración. Como mucho, se ralentiza el intercambio de favores, la ampliación de redes clientelares o el generalizado latrocinio. Y cesa temporalmente esa infernal cadena de producción de tramposas leyes, normas y regulaciones. ¡Semanas o meses sin reglamentar hasta los aspectos más nimios de la economía o la sociedad! También puede llegar la repetición de las elecciones, tal como contemplan los disparatados estatutos de autonomía.

“Gobernabilidad”, interesante palabra que significa en el peculiar lenguaje político "manga ancha para asignar prebendas y cargos". O reparto de favores a periodistas afines. Las elecciones autonómicas y municipales son fuente inagotable de puestos para colocar a los propios. Algunos países crecen cuando sus políticos duermen.

Riesgo de un nuevo cambalache

Pero deben sosegarse los que  muestran inquietud, pesadumbre ante el peligro de inestabilidad. La pretendida ingobernabilidad sólo permanecerá hasta que cesen las elecciones previstas para este año. Después, es muy probable que comience el festival de cambalaches, apaños, enjuagues y componendas que caracteriza a la política española.

Las opciones emergentes van dando crecientes muestras de insustancialidad, intención de preservar la esencia del statu quo. Nos sorprenden con parches, ocurrencias, propuestas arbitristas, críticas poco consistentes al régimen de embuste y demagogia de las últimas décadas. Y una poco disimulada inclinación al pacto, a apoyar a las opciones tradicionales en el momento en que ya no implique pérdida de votos. Un enfoque electoralista muy alejado de los principios y valores que deberían mantener a ultranza quienes abogan por la regeneración. Corremos el riesgo de padecer otra "Transición", un nuevo reparto de la tarta entre los que estaban y los que llegan.

Nadie ha osado señalar la profunda reforma que necesitan las Autonomías. Convertidas en patios de Monipodio, paraíso de caciques, ninguna trapacería o bribonada les es ajena

Nadie ha osado señalar la profunda reforma que necesitan las Autonomías. Convertidas en patios de Monipodio, paraíso de caciques, ninguna trapacería o bribonada les es ajena. Ninguno habla de reducir sus mastodónticas administraciones, más dirigidas a colocar partidarios que a prestar servicios. Ni de racionalizar las competencias, asignadas en el pasado por mera conveniencia política, no para prestar mejor servicio al ciudadano. No hay candidato que señale con el dedo a esos parlamentos autonómicos que, al igual que Congreso o Senado, se han convertido en una reunión de indolentes, cuya actividad se limita a pulsar botones sin criterio o conocimiento de causa. Todos prefieren subir impuestos a recortar administraciones: demasiada gente para colocar.  

Cambiar las reglas del juego

Los partidos continúan revolcándose en la política ordinaria, la del día a día, en una etapa crucial que exige un cambio completo de reglas de juego. Siguen con la cantinela de prometer gastar más, aunque lo llamen "hacer", "construir", "conceder" o "establecer". Compiten en la loca carrera por subir impuestos. O exhiben inútiles gestos de cara a la galería, como la exigencia de renuncia de Chaves y Griñán. ¿Sólo ellos? Cualquiera diría que,desapareciendo estos dos pájaros de cuenta, la política andaluza (o incluso española) quedaría impoluta, libre de mácula. Otros que confunden responsabilidad política y penal. El ambiente desprende un penetrante aroma a política antigua, trufada de disimulos para no perder votos.

Los partidos emergentes deberían ser conscientes de que no ganaron los apoyos por méritos propios, o por su cara bonita, sino por la denodada podredumbre de los tradicionales. Sus votantes buscan un cambio profundo, un replanteamiento sustancial de la política, no renovadas ocurrencias o majaderías. Ni aspirantes con más oportunismo que principios, meros imitadores de las trapisondas de sus antecesores. La ciudadanía responsable desea una nueva hornada de dirigentes que aspiren al poder, no como un fin en sí mismo, sino como medio para reformar el caduco sistema político. Personas dispuestas a arriesgar, no individuos propensos a repetir el ritual de la política española: agitar el enjuague, la componenda, el reparto de cargos.

El sistema debe impulsar gobiernos capaces de desarrollar eficazmente su labor tras un cambio de reglas que fomente una política de altos vuelos, con la mirada en el horizonte, no en el mero día a día

El sistema debe impulsar gobiernos capaces de desarrollar eficazmente su labor tras un cambio de reglas que fomente una política de altos vuelos, con la mirada en el horizonte, no en el mero día a día. Tras unas reformas que garanticen separación de poderes, controles y contrapesos, limpieza de la vida pública y, sobre todo, la capacidad de la ciudadanía para supervisar a sus representantes.

El sistema bipartidista que conocimos se encamina hacia el colapso. Se abrirá una nueva etapa, distinta en caras y estilos. Pero, al igual que en la Italia de los 90, corremos el serio peligro de que las reformas queden demasiado cortas, que el nuevo régimen reproduzca los vicios del anterior. Si algunos no se lo toman en serio, la regeneración política se demorará mucho más de lo que debiera. 


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