En el límite

El ‘tapado’ de Rajoy

El reciente nombramiento 'digital' de Juan Manuel Moreno Bonilla como líder del PP andaluz, ha generado una ruidosa polémica. Unos critican el débil perfil del candidato, su magra experiencia y notable bisoñez ante tamaño desafío. Incluso su fortuito nacimiento en otra Comunidad Autónoma. Otros, tras escudriñar con lupa los méritos aducidos por Moreno y forzar un peculiar striptease, se rasgan públicamente las vestiduras por su dudoso currículum, algo inflado y adornado, como esos fanfarrones que exageran su categoría profesional para impresionar al interlocutor. Pero unos y otros yerran el tiro. Disparan a llamativos señuelos mientras el fiero oso se echa encima. Lo más criticable no es el perfil del protagonista sino el método seguido para su nombramiento. No falla tanto el individuo como los procedimientos, la estructura de los partidos y, por ende, el sistema político en España.

Las personas con valía no suelen presumir ni jactarse en público de sus méritos profesionales o académicos. Menos aún de los que no poseen. Censurable es engordar indebidamente los curricula, o añadir elementos ambiguos que induzcan a confusión. Aun así, el presente asunto no pasaría de anécdota en un país que nunca toma los títulos al pie de la letra. Especialmente los académicos. Para contemplar con nitidez el bosque hay que apartar la vista de los árboles, obviar los detalles del personaje. Dirigir la mirada al verdadero problema, a esos nocivos procesos de selección que operan en los partidos y que degradan hasta el límite la ya deficiente democracia española.

El ingenioso término de 'el tapado' fue acuñado en el México del PRI. Cada presidente nombraba directamente a su sucesor, el famoso 'dedazo', pero marcaba implacablemente los tiempos, ocultando su identidad hasta ocho meses antes de las elecciones. Hacia finales del último septiembre de su mandato, con los medios quemándose las pestañas a fuerza de escrutar cada gesto, de rebuscar cualquier señal, y los aspirantes devorándose las uñas hasta la cutícula, el jefe se dignaba levantar el manto de los secretos, desvelando finalmente el nombre del 'tapado'.

Demasiados “dedazos” y “tapados”

Ilustres 'tapados' en la España reciente fueron el propio Mariano Rajoy, cuando un omnipotente José María Aznar jugó durante algún tiempo con la prensa, más empeñada en acertar el cubilete que en denunciar el absurdo y ridículo espectáculo. O Joaquín Almunia, ungido por el dedo de Felipe González, justo antes de abandonar la secretaría general.

Podría pensarse que, por su conocimiento y experiencia, el jefe de partido escogería al más adecuado y lo lanzaría en el mejor momento. Sin embargo, el líder absoluto suele perseguir intereses propios, raramente coincidentes con los del partido en su conjunto, mucho menos con las necesidades de los ciudadanos. El presidente mexicano elegía el tapado que mejor garantizaba su futura influencia. Y dilataba el “destape” para alargar la obediencia de todos los aspirantes. Un procedimiento opaco, ajeno al elector, al militante y al simpatizante. Al servicio de beneficios particulares. De poco sirve el buen ojo del jefe si sus actos responden a incentivos incompatibles con el interés general.

Nefastos mecanismos de selección de dirigentes marcan a fuego la España actual. Los criterios para permanecer y medrar en los partidos guardan poca relación con la excelencia, el esfuerzo, la honradez, los principios o la coherencia. Por el contrario, las afinidades personales, la ciega obediencia al jefe, la inclinación a la adulación, al “peloteo”, o la predisposición al silencio ante el abuso y la arbitrariedad, se cuentan entre los méritos destacados para ganar la confianza de unos líderes que sustituyeron el debate de ideas por el reparto de favores. A la larga, las personas íntegras, con ideales y buena preparación tienden a abandonar unos entornos dominados por la corruptela, la pobreza intelectual o la indignidad.

No se fustiguen ni culpen al votante

Veríamos resultados muy distintos si cada candidato tuviese que tomar la iniciativa. Se presentase individualmente a unas primarias ante militantes y simpatizantes exponiendo con claridad su intención de liderazgo, su estrategia y su equipo. Pidiese el voto directamente al público, a pecho descubierto, en un distrito uninominal sin cobertura de lista, manifestando con transparencia sus ideas, líneas de actuación, trayectoria personal y profesional. Y, en caso de resultar elegido, rindiese cuentas de cada actuación ante los electores. El perfil de políticos y gobernantes cambiaría radicalmente con las nuevas reglas.

Provisto de un apelativo con fuerte resonancia taurina, Moreno Bonilla 'el Tapado' se lanza al ruedo de la política andaluza esgrimiendo un perfil parecido al de su rival, Susana Díaz, otra gran “destapada” por el dedazo de José Antonio Griñán. Dos almas paralelas, dos operarios del partido, a quienes no se conoce dedicación profesional fuera de la política. Idénticos mecanismos de selección conducen a caracteres similares, a personajes casi clonados. Resulta inútil censurar el perfil o la personalidad de cualquiera de ellos. De haber mantenido criterio propio, capacidad y disposición para rebatir al jefe, para levantar la voz ante alguna injusticia, ante alguna irregularidad en el partido… hoy no estarían ahí. Habrían sido expulsados hace años, mucho antes de que sus nombres saltaran a la opinión pública. En esta España oficial, la conducta ejemplar resulta contraproducente e, incluso, peligrosa.

Los malos gobernantes no tienen su origen en la ignorancia, indolencia o negligencia del votante. Ni reflejan profundos defectos de la sociedad española. Son producto inevitable de un perverso sistema que promueve a sujetos con visión a corto plazo, intereses estrechos y desconocimiento absoluto del mundo real. En España sobran políticos y faltan estadistas. Decían de Manuel Fraga sus adversarios que en su cabeza cabía el Estado. Fuera cierto, o producto de la ironía, hoy no puede advertirse tal cualidad en político alguno. En la confusa sesera de los dirigentes actuales entra, como mucho, el partido. Y sólo empujando con hercúlea fuerza.


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