En el límite

Una sociedad... ¿oprimida o entretenida?

El creciente descontento con el sistema político español, la percepción de su avanzado estado de deterioro, la comprobación de que falla el mecanismo de control y representación, ha conducido a cierto consenso de que algo huele a podrido... y no precisamente en Dinamarca. La pérdida de credibilidad de la clase política y de las instituciones se extiende también a los medios, generalmente incapaces de ofrecer información y opinión independientes. Pero existe desacuerdo en la causa. Mientras unos cargan la culpa sobre las élites y los grupos de presión por su poder desmesurado, sin límites razonables, por manipular la información, por resistirse a introducir controles y contrapesos, otros atribuyen la responsabilidad al ciudadano común por su pasividad, indolencia, desconocimiento o comodidad, una dejación que permite a los gobernantes actuar a placer y voluntad. ¿Hay que buscar la raíz de estos males arriba o abajo? ¿En la perversión de las instituciones, en la depravación del poder o, por el contrario, en la acentuada desidia de las masas? Quizá no exista respuesta sencilla porque ambos problemas se encuentren interconectados.

La tiranía de

1984 es aparentemente más opresiva... pero resulta mucho más fácil de identificar y combatir que la de Un mundo feliz

En Amusing ourselves to death (1985) Neil Postman plantea ingeniosamente esta disyuntiva contraponiendo las dos distopías más geniales del siglo XX: 1984, de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. Ambas describen sistemas totalitarios con un desmedido control político y social, donde no queda rastro de democracia clásica. Pero cada novela señala un camino muy distinto hacia el despotismo. En la distopía orwelliana la opresión es explícita, agobiante y activa. Pero la tiranía huxleyana resulta sutil, imperceptible para mucha gente que se siente feliz, cómoda, encantada con ella. En una, el gobierno prohíbe los libros peligrosos; en la otra no necesita proscribirlos pues a nadie le interesan. En la primera, el poder tergiversa la verdad, controla la información y la ofrece a cuentagotas; en la otra, el torrente de información es tan abrumador que la verdad queda disimulada, disuelta en un océano de noticias irrelevantes. En la sociedad orwelliana la cultura está cautiva, en la huxleyana es simplemente insustancial, frívola y trivial.

La tiranía de 1984 es aparentemente más opresiva... pero resulta mucho más fácil de identificar y combatir que la de Un mundo feliz. Siempre habrá personas dispuestas a resistirse a una dictadura represora pero no tantas a un tipo de despotismo paternalista, donde la gente se deleita con diversiones banales mientras se desentiende de los problemas reales. Suele rebelarse antes el oprimido que el narcotizado. Alexis de Tocqueville anticipó hace casi dos siglos este peligro: "Trato de imaginar nuevos rasgos con los que el despotismo puede aparecer en el mundo. Veo una multitud de hombres dando vueltas constantemente en busca de placeres mezquinos y banales con que saciar su alma. Cada uno de ellos, encerrado en sí mismo, es inconsciente del destino del resto. Sobre esta humanidad se cierne un inmenso poder, absoluto, responsable de asegurar el disfrute. Esta autoridad se parece en muchos rasgos a la paterna pero, en lugar de preparar para la madurez, trata de mantener al ciudadano en una infancia perpetua".

La tele no prohíbe los libros; simplemente los desplaza por la ley del mínimo esfuerzo

El devastador efecto de la televisión

Postman afirmaba que el mundo occidental había evolucionado con las pautas de Huxley, no con las de Orwell. Pensaba que los cambios en la tecnología de la información, especialmente la televisión, habían generado una sociedad de banalidad y diversión, que rechaza el pensamiento y se infantiliza a pasos agigantados. La tele no requiere formación, capacidad comprensiva o lectora ni pensamiento crítico. Y ofrece noticias sin contexto, seriedad ni valor. No hay conceptos, sólo variedad, novedad, acción y movimiento; puro placer y entretenimiento. La pequeña pantalla anula los conceptos, las ideas, atrofia la capacidad de abstracción y anquilosa el entendimiento, sustituyendo el conocimiento profundo por una visión superficial.

Por ello, los televidentes estarían muy entretenidos pero pésimamente informado, aunque crean justo lo contrario gracias a esa falsa sensación de conocimiento que ofrece la pantalla. Pocas cosas resultan más correosas, más difíciles de combatir que la ignorancia disfrazada de sabiduría, ese panem et circenses para unas masas embrutecidas que se creen Cicerón. La tele no prohíbe los libros; simplemente los desplaza por la ley del mínimo esfuerzo. Para Postman, no es que los dirigentes engañen ahora mejor que antes; es la sociedad la que ha perdido la capacidad de detectar la mentira.

Centrándonos en la sociedad española, Postman acertaría, en parte, a juzgar por esa apoteosis de vulgaridad que se ha contagiado incluso a buena parte de la prensa seria. Algunos medios escritos imitan a ciertos programas televisivos promocionando el cotilleo más obsceno, el chascarrillo, el escándalo, el sensacionalismo, esas noticias que hacen las delicias del público con mentalidad adolescente. Se percibe una fuerte deriva hacia el puro entretenimiento, la mera diversión, en detrimento de la información y análisis rigurosos. Lo que vino a llamarse la preponderancia de ubres y glúteos sobre la opinión razonada.

Es

orwelliana la asfixiante opresión de la corrección política, creadora de una absurda neolengua

Pero existen otros elementos más en la línea de 1984, como el control que ejercen los partidos sobre los medios para manipular la información, sea de forma directa o a través de la publicidad de grandes empresas en connivencia con los gobernantes. O los malsanos vínculos que parte del periodismo mantiene con el poder político y económico, unas relaciones basadas en intercambio de favores, corrupción, utilización de la información como moneda de cambio para obtener ventajas, prebendas o subvenciones. También es orwelliana la asfixiante opresión de la corrección política, creadora de una absurda neolengua, que condena a los transgresores a la marginación, el vilipendio o el ninguneo. Aceptémoslo, nuestro sistema posee bastantes elementos huxleyanos y unos cuantos orwellianos. Pero también algunos espacios de libertad... para quien tenga los arrestos de ejercerla.

Imagen: Ryan McGuire


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