En el límite

¿Tiene sentido hoy la monarquía?

Cuentan que, al ser destronado en 1952, el rey Faruk I exclamó: “en pocos años sólo quedarán en el mundo cinco reyes; los cuatro de la baraja y el de Inglaterra”. Doce lustros después, un puñado de países mantiene todavía monarquías constitucionales, mostrando que las dotes proféticas del controvertido soberano egipcio eran algo inferiores a su ingenio y sentido del humor.

Frente a las acusaciones de arcaica, anacrónica o injusta, los partidarios de la monarquía constitucional aducen argumentos que resultan, en principio, bastante razonables. Un jefe de Estado alejado de la lucha política gozaría de una más amplia aceptación que un presidente electo, perteneciente a uno de los partidos. Poseería una mayor capacidad para ejercer de árbitro y moderador del sistema, ejerciendo como contrapoder del gobierno en casos extremos. Desempeñaría las funciones de representación de la nación, permitiendo al gobierno concentrarse en las tareas más técnicas de gestión. Y, desde el punto de vista simbólico, la monarquía hereditaria constituiría un emblema permanente de unidad y continuidad de la nación sobre el carácter efímero de los políticos electos.

Los fundamentos emocionales de la monarquía

Sin embargo, pocos reconocen que el principal atractivo de la corona, y el fundamento básico de la convicción monárquica, no es racional sino básicamente emocional. En 1867 el ensayista inglés Walter Bagehot señalaba que “en un régimen monárquico, la atención de la nación se concentra en una persona cuyas acciones resultan atractivas. En una república, esa atención se divide entre muchos personajes, que realizan actos bastante insulsos. Por ello, debido a la fortaleza del corazón y la debilidad de la razón, la robustez de la monarquía estriba en su apelación a los sentimientos mientras que la endeblez de la república se debe a su llamada al entendimiento”. La mística de la monarquía, y su estrecho vínculo con el imaginario, alcanzan su culmen en la desmesurada expectación y el desbordado entusiasmo que suscitan las fastuosas bodas de príncipes y princesas. 

Este componente sentimental, que es imprescindible para comprender y analizar con precisión los acontecimientos relativos a la corona, puede conferir cierta solidez pero también es causa, a la larga, de una palpable fragilidad. La impetuosa fuerza de las emociones resulta mucho más inestable que los fundamentos racionales, especialmente en los tiempos que corren. Lejos de la imagen idealizada y lejana del monarca, predominante en la victoriana era de Bagehot, la moderna sociedad de la información permite a todos los ciudadanos acceder permanentemente a informaciones e imágenes del rey. Pueden escuchar su discurso, apreciar cualidades y virtudes. Pero también defectos, dejaciones, debilidades, aprovechamientos, egoísmos y miserias consustanciales a la naturaleza humana. Y, con ello, tornar fácilmente la fascinación en un impulsivo rechazo.

Con un sistema constitucional que eliminó las capacidades ejecutivas del monarca, el mantenimiento del imaginario y la aceptación del público requiere hoy cualidades excepcionales, entrega y comportamiento ejemplar. Desaparecida la potestas, el soberano necesita una enorme auctoritas para retener sólidamente su posición. Y no estando la monarquía sujeta al sufragio ni a un proceso de selección por méritos, debe necesariamente someterse a controles tales como un intenso escrutinio de la opinión pública y una vigilancia estrecha del gobierno.

Fallaron los necesarios controles sobre la Corona

Ninguna de estas condiciones, necesarias para el funcionamiento satisfactorio de la monarquía, se ha cumplido en la España actual. No poseyendo el depositario de la corona cualidades extraordinarias, impulsar y garantizar un comportamiento ejemplar hubiese requerido unos eficaces incentivos y controles que nunca existieron. Durante muchos años, la prensa incumplió su obligación de ejercer una crítica constructiva sobre la monarquía y de ofrecer una información veraz. En su lugar, se entregó, salvo honrosas excepciones, a la adulación más vergonzante y a la autocensura más indigna, cuando no al embuste más burdo, sin reparar en que la falta de crítica y control acaba corrompiendo cualquier institución.

Dada la crucial relevancia de las formas y del estilo en la esfera de lo simbólico, en lugar de alabar como virtud una supuesta campechanía, quizá faltó quién, desde gobierno o prensa, advirtiese al interesado que, ostentando la responsabilidad de representar a la nación, es necesario actuar con mayor grado de solemnidad. O, al menos, no tutear a los interlocutores, menos aún a las autoridades del Estado, ni increpar a los reporteros. Que es necesario conducirse con rectitud pues la gente tiende a pensar que difícilmente puede moderar y poner orden en las instituciones quién no es capaz de refrenar su conducta ni ordenar su propia casa. Y que ni el rey ni su familia pueden involucrarse en negocios poco aclarados, aun cuando ésta sea la tónica general de la clase política: los demás dirigentes tienen un carácter transitorio pero la monarquía permanece. 

La crisis de la corona constituye un asunto secundario si se compara con los graves problemas tanto políticos como económicos que afronta nuestro país. Eso sí, proporciona un llamativo reflejo de los extendidos males que aquejan a nuestro sistema político, causados por la ausencia de eficaces mecanismos de control del poder. Y, aunque la lógica de los tiempos juega lentamente en contra de las monarquías hereditarias, el titular de la corona española, los políticos y parte de la prensa parecen empeñados en pisar a fondo el acelerador de la historia. 


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