En el límite

La secesión de Cataluña, en camino

Tras la jornada del 9N, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez andan buscando soluciones al problema catalán. O, más bien, remedios para sus propias dificultades. Mientras el inseguro dirigente socialista dice abogar por una ambigua reforma constitucional, siempre cobijado bajo el concepto federal, ese novedoso conjuro encanta-serpientes, el reservado presidente del Gobierno replica con aparente convicción a la carta de Artur: "si el señor Mas quiere que nos saltemos el artículo de la Constitución que se refiere a la soberanía del pueblo español va a tener la misma respuesta que ha tenido siempre". Naturalmente, Rajoy no va a permitir que nadie vulnere la Constitución... a no ser que lo haga con disimulo, por la puerta de atrás, sin ostentación ni alharacas.

Es muy común en España, especialmente en Cataluña, que los poderosos hagan caso omiso a las leyes, las retuerzan o interpreten a su antojo. "Así están las leyes, arrinconadas como trastos viejos cuando perjudican a los que las han hecho". Aprovechando la corriente centrífuga y disgregadora que margó el Régimen desde su inicio, los líderes mayoritarios intentarán pactar, no para impedir la independencia, sino para evitar su declaración. Propondrán una Cataluña separada de hecho pero formalmente dentro de España. Con Felipe VI reinando... igual que Isabel II en Australia. Un gobierno catalán dueño prácticamente de todas las competencias pero falto de reconocimiento internacional. Con ese enjuague, los secesionistas tendrían su Estado pero el resto mantendría la ficción, esa ilusión de que España sigue existiendo. Imaginarán degustar carne... pero es pescado. Para estos grandes estadistas, la ruptura de España es mucho menos grave que el escándalo, la algarabía. Cualquier estrépito, piensan, es contraproducente para mantener la parte restante del cortijo.

Una secesión disfrazada

Si el referéndum, o consulta, o no-consulta, del 9N acabó con diferencias de percepción, con una parte del respetable pidiendo la oreja, otra obsequiando al diestro con pitos, unos jaleando la estocada, otros abroncando al torero por huir del astado, los sesudos líderes del régimen planean el mismo derrotero para la independencia de Cataluña. El Gobierno pronunciando las cacareadas frases, los fiscales en el cine, el Tribunal Constitucional jugando al parchís y la opinión pública desconcertada, dividida entre los partidarios de Joselito y los de Belmonte, entre los saben que Cataluña es ya independiente y los que creen que sigue formando parte de España. Un truco de pésimo ilusionista.

Para Rajoy, Sánchez, Soraya y todos sus conmilitones, este paso no es más que una cuenta adicional en el larguísimo rosario de ignominiosos cambalaches y dejaciones que jalonaron el proceso autonómico. Ésos que han conducido a la irreversible desintegración. Unos enjuagues entre oligarquías que marcaron el ADN de nuestro sistema político, con decisiones sólo dirigidas a repartirse la tarta, a mantener el poder a toda costa, siempre en detrimento del futuro de los ciudadanos. Pero ahora es difícil que los independentistas acepten este arreglo, al menos de forma duradera. Probablemente fracasará, lo mismo que las conversaciones secretas entre Mas, el gobierno y el PSOE en las jornadas previas al referéndum. Como mucho, el apaño podría durar unos meses mientras los nacionalistas toman carrerilla para dar el impulso definitivo.

Llega el Macías

Con mucha dificultad se consolidará esta vez la embaucadora componenda entre las dos bandas de rufianes porque, coincidiendo en lo sustancial, difieren absolutamente en las formas. Unos desean el acostumbrado pacto secreto, de tapadillo, bajo la mesa. Pero la otra cuadrilla de tunantes quiere la jactancia pública, la foto, la demostración, el aspaviento. Los líderes independentistas buscan denodadamente la proclamación desde el balcón, el reconocimiento internacional. Unos ritos que favorezcan la creación del mito fundacional, esas ceremonias que confieren la aureola de héroe, de personaje histórico. Éste, y no otro, es el objetivo que los nacionalistas vienen persiguiendo, con paciencia y perseverancia, desde la Transición.

Eso sí, se arrearán patadas y zancadillas, se despellejarán entre ellos por aparecer como el George Washington o el Éamon de Valera de la nueva república. Pero a duras penas alcanzarán la estatura de un Francisco Macías Nguema. Pese a lo que algunos creen, no llega el Mesías... sino el Macías de turno. Llegados a ese punto, Rajoy representará el "heroico" papel de Juan Carlos en la cesión incondicional del Sahara a Marruecos. Y encima sin cobrar. 

Por mucho que unos malintencionados lo maquinen, otros botarates lo propaguen y algunos ingenuos se lo crean, no hemos presenciado una confrontación entre España y Cataluña sino una lucha intestina entre distintas facciones de la clase política del Régimen. Aun con los tabúes rotos, y los mitos por el suelo, muchos paisanos siguen obnubilados, tragando una tras otra las pesadas ruedas de molino. O creyendo cándidamente que la secesión de Cataluña es sólo una pose para obtener más financiación.

Reformen la Constitución, pero para desvestir de poder a las cúpulas de los partidos, favorecer la separación de poderes, blindar los órganos de control y garantizar la representación directa del votante. O para facilitar que la gente se pronuncie sobre el sistema monárquico. En contra de lo que nos contaron, la democracia no consiste en transferir más y más competencias a las autonomías sin calibrar las ventajas para el ciudadano; mucho menos cuando el único objetivo es ganar tiempo. Garanticen los derechos, las libertades y, sobre todo, una prensa libre que pueda contar sin cortapisas todo lo que ocurre.

Menuda tropa de políticos. Al fin, tacita a tacita, han consumado un nuevo desastre nacional. ¡Qué tiempos aquellos en que las diferencias entre oligarcas se dirimían con un singular duelo a pistola o florete!


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