En el límite

La radiografía de Panamá

Apenas despuntado el nuevo año, el firmamento vuelve a llenarse de señales que anuncian, no ya la venida de los Magos, sino la persistencia de los viejos modos de la política patria. El reciente viaje de la ministra Ana Pastor a Panamá para resolver el embrollo entre Sacyr y la Autoridad del Canal resulta más que ilustrativo de un fenómeno especialmente sangrante, cansino y desmoralizador. Los perversos intercambios de favores entre la clase política y los grupos empresariales que viven a la sombra del poder. La radiografía de una política mucho más orientada a los beneficios particulares y partidistas que al interés general.

Dada la lentitud y parsimonia que caracteriza al gobierno de Mariano Rajoy, pudiera sorprender la presteza con la que la ministra de Fomento se encaramó al aeroplano para plantarse en el estrecho istmo, cortado en dos mitades por obra y gracia de la moderna ingeniería. Y todo para sacar las castañas del fuego a una compañía, supuestamente privada. Resulta inexplicable a primera vista su demoledora eficacia. Veni, vidi, vici. ¿Qué excelsa cualidad acompaña a los gobernantes, capaces de triunfar a la primera de cambio, de convencer instantáneamente a las partes allí donde reinaba el conflicto y el desacuerdo? ¿Será esa resplandeciente aureola que otorga el cargo? ¿O acaso la tan mentada como incomprensible erótica del poder?

Ninguna de ellas. Se adivina que tan rápida solución no proviene de la elocuencia de la señora Pastor. Más bien de las suculentas contraprestaciones ofrecidas a costa del contribuyente español. En esos ambientes, ni las mejores palabras pueden competir con el inmenso poder de persuasión de una chequera bien abultada. La declaración oficial desmintiendo que el Estado Español vaya a aportar dinero debe tomarse por los flancos: excusatio non petita… Directamente no, claro. Pero ya sabemos que los caminos de la subvención, y del favor, son inescrutables. Infinitos e insondables.

La dinámica de los grupos de presión

Pocos han descrito con tal maestría los fundamentos de las decisiones políticas favorecedoras de intereses particulares como lo hizo Mancur Olson en 1982. Su libro The rise and decline of nations se convirtió pronto en una referencia para explicar la tendencia al crecimiento de los grupos de presión que reciben favores del poder. El economista norteamericano mostró que la acción colectiva, aun siendo costosa, está marcada por una profunda asimetría. La creación de pequeños grupos de intereses para forzar un reparto más beneficioso de la tarta es relativamente sencilla. Por el contrario, la organización de grandes asociaciones favorecedores del bien común conlleva dosis muy superiores de coste y esfuerzo. Este plano inclinado, este desfavorable embudo, conduce a la larga al predominio de grupos minoritarios, pero poderosos, cuya presión acababa condicionando las decisiones del gobierno. Explicables son entonces las jugosas subvenciones, los tratos de favor, las leyes fiscales con agujeros a medida de los poderosos y, sobre todo, las regulaciones abusivas que mantienen mercados cautivos para estos grupos empresariales.

Los sistemas políticos, y por ende las naciones, entran finalmente en decadencia pues el gobierno, capturado por los grupos de presión, es empujado a una política que genera notables ineficiencias. Y no sólo porque el nuevo reparto perjudique al ciudadano común. Las medidas que restringen la competencia para favorecer a unos pocos conducen inexorablemente a una continua reducción de la riqueza. Cada vez menos pastel a repartir. Y, una vez formadas, las coaliciones raramente desaparecen. Más bien engordan y engordan, permanentemente alimentadas desde el poder.

A la larga, la dinámica se torna insostenible. Los conflictos políticos se exacerban a medida que la tarta se reduce y cada facción presiona desesperadamente por mantener su porción. No puede ser estable un sistema que prima la coacción, la trampa y la capacidad de corromper a los gobernantes sobre la creatividad, el mérito, el esfuerzo o el trabajo bien hecho. Donde la valía no depende de los propios méritos sino de la pertenencia a un grupo.

Grupos de intereses que surgen de la política

La tesis de Mancur Olson podría explicar parte de la grave crisis política y económica que aqueja a España, esa fuerte sensación de fin de Régimen. Sucesivos gobiernos favorecieron a las constructoras, no sólo pagando las obras a unos precios notablemente inflados sino también promoviendo infraestructuras innecesarias. O protegieron a las eléctricas, garantizando que el déficit de tarifa sería compensado en el futuro mediante sustanciales incrementos de precio. Por no hablar del gran desembolso a fondo perdido que ha supuesto el salvamento de la banca. Y el discurso podría extenderse a otros sectores.

Sin embargo, nuestro país posee ciertos detalles adicionales, elementos divergentes con la descripción clásica del destacado economista norteamericano. No es el sistema político el que va siendo engullido paulatinamente por unos potentes lobbies privados. En España los principales grupos de intereses surgen de la política y allí tejen sus extensas redes de intercambio de favores. Los partidos no son esos objetos pasivos que acaban sucumbiendo a las malignas fuerzas externas sino sujetos activos, verdaderos catalizadores y organizadores de coaliciones con los intereses privados. Las dádivas, sean éstas subvenciones, desgravaciones fiscales o regulaciones restrictivas de la competencia, siempre se otorgan a cambio de pago o favor. Una regla de oro que permitió a todos, de rey a concejal, disfrutar del jugoso “toma y daca”.

Sostenía Olson que, de vez en cuando, sobrevienen golpes inesperados, cataclismos o hecatombes que, interrumpiendo esta persistente tendencia, desgarran las redes de intereses grupales y liberan a los países… durante algunas generaciones. Una vía demasiado dramática. No es necesario quemar el monte para que vuelva a crecer con fuerza. Ni destrozar los valiosos jarrones chinos para matar a la molesta y persistente avispa. Las redes se deshilachan y pierden su vigor cuando alguien es capaz de cortar el suministro del que se alimentan. 


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