En el límite

Una prensa cortesana

Leo en un periódico: "Difícilmente en la larga Historia de España podrá encontrarse un Príncipe más preparado, más instruido, más capacitado para ser Rey". Lo acostumbrado, la consabida frase pero... ¡esperen! La fecha no es de hoy. Ni de este año. Ni siquiera se refiere a Felipe de Borbón. Corresponde al editorial de ABC del 22 de noviembre de 1975, día de la proclamación de Juan Carlos. Un texto que contiene las mismas consignas, loas y alabanzas que hoy repiten muchos medios convencionales. Las décadas transcurren pero cierta propaganda permanece ajena a la modernidad, inmutable en sus términos, tópicos y argumentos. ¿Será que el ingenio y la inventiva desaparecieron sin dejar rastro? El editorial continuaba: "Sí, será un gran Rey, por la virtudes que le adornan. Por su trato, por su infatigable trabajo, por su entrega total...". Lástima, no especificaba a qué se entregaría.

Los actuales genios de la comunicación ni siquiera se han tomado la molestia de elaborar una campaña novedosa para vender las bondades personales de Felipe. Se limitan a desempolvar antiguos documentos, a copiar, a repetir idénticas lisonjas. Un guión calcado de la prensa del tardofranquismo con elogios "comodín", igualmente válidos para Juan o para Pedro, para Juana o su hermana, para un roto o un descosido. ¡Qué desilusión! Ni el celebrado título de "preparao" es original: ya lo ostentó en su momento el padre. La historia siempre se repite dos veces... pero la segunda suena a rechifla. Poco se puede construir con tales mimbres, con términos propios de sainete o zarzuela.

La machacona publicidad, la alabanza permanente, los argumentos tramposos acaban siendo contraproducentes. La gente no compra la monarquía por la preparación del heredero, como si fuera a ocupar la presidencia de la CNMV, el Tribunal de Cuentas o el Banco Central Europeo. La popularidad de la realeza descansa en un fuerte componente sentimental. No depende de la competencia profesional o la erudición, sino del respeto que suscita en el ciudadano. De la integridad, honradez, generosidad o espíritu de sacrificio. Por su anacronismo, para compensar su carácter tan excepcional, el mantenimiento de la Monarquía requiere de su titular un plus de esfuerzo, especialmente en un país que cree poco en privilegios dinásticos.

El Rey sólo puede mantener su auctoritas a través de una conducta intachable, esforzada y ejemplar. Sin ser monárquica, la gente puede admirar a un rey que ve la corona como una carga, un deber, una responsabilidad. Pero difícilmente al que aprovecha el trono como mera fuente de ventajas, como medio para una vida lujosa y regalada. He ahí el fracaso de Juan Carlos y la terrible herencia que deja al sucesor. Ha conducido la Monarquía a un complicado berenjenal, ganándose a pulso el cuestionamiento de una dinastía que parecía sólida.

Demasiados pelotas y tiralevitas

Pero no puede culparse a una sola persona de lo que fue un verdadero fallo del sistema. No estando sujeta la monarquía al sufragio ni a un proceso de selección por méritos debió estar sometida a otros controles como el escrutinio de la opinión pública y la estrecha vigilancia del gobierno. Pero nada de esto funcionó. La crítica al Rey y su tratamiento objetivo fueron hasta hace poco un terrible tabú que pocos se atrevían a romper.

Una prensa dependiente de los gobiernos, de la publicidad institucional o de empresas relacionadas con el poder, incumplió su obligación de ejercer la crítica sobre la Corona, de proporcionar información fiable, entregándose a la más vergonzosa adulación. Fuese para garantizar la supervivencia del medio, o por no cerrarse puertas en su aspiración a un puesto, lo cierto es que casi todos acabaron diciendo lo contrario de lo que pensaban. O pensando lo opuesto a lo que veían. O, directamente, no viendo nada. Nadie fue consciente de que la ausencia de crítica y control acabaría corrompiendo la Corona. Los pelotas y tiralevitas, esos que defendían a ultranza al Rey, ocultaban y justificaban su comportamiento, han sido los mejores abogados de la causa republicana.

Mientras el Régimen se descompone, el país se descoyunta y las instituciones hacen agua por todas partes, gran parte de la prensa convencional sigue repitiendo la misma cantinela, ese mantra elaborado hace cuarenta años. Intentan adoctrinar antes que proporcionar información veraz. Tocan la lira de las excelencias del heredero mientras el fuego amenaza con extenderse. Menos almíbares, menos discursos huecos y más objetividad. Nos encontramos en una crucial encrucijada, un momento en que España se juega el futuro. Es la hora de la verdad, hay que abrir ventanas, ventilar habitaciones, levantar alfombras, retirar de una vez las toneladas de basura acumulada. La prensa sólo puede servir a los ciudadanos informando sin censuras, reconociendo la situación en que nos encontramos, proponiendo los debates cruciales para ganar el futuro.

El sistema ha avanzado poco a poco hasta su crisis terminal. Nunca era el momento adecuado para acometer las reformas, para "abrir el melón", hasta que finalmente éste se pudrió. Quizá Rajoy tuvo la última oportunidad de operar in extremis al enfermo, de impulsar los cambios que lo salvasen del hundimiento. Pero volvió a desaprovechar la ocasión. Incluso, se movió en la dirección equivocada, esa que caracterizó durante décadas la política en España: reforzó todavía más la manipulación partidista del poder judicial. Ahora, con el Régimen convertido en un zombi, se abren demasiadas incógnitas, muchas opciones no siempre deseables.

En los profundos cambios que se avecinan, la travesía debe estar marcada por la transparencia, la claridad de objetivos. Nunca por la mentira, la cortedad de miras, la repetición de absurdas consignas, la ocultación o la manipulación. Nos jugamos demasiado para continuar con mascaradas, óperas bufas, fuegos de artificio o toreos de salón. Resultaría muy preocupante que, como en la abdicación de Juan Carlos, todo se llevara a cabo con prisas, tarde y... mal.


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