En el límite

¿Hay políticos honrados?

La acumulación de casos de corrupción ha estallado a ojos de la opinión pública como bomba de racimo. Explosiones multicolores abarcan todas las gamas del espectro político, iluminando el firmamento en una noche poco estrellada. ¿Es la constatación de que todos los políticos están podridos hasta la médula? ¿La prueba de que se apunte donde se apunte siempre se abate un molesto roedor o se pesca un pez bien gordo? ¿O es un síntoma de que el sistema funciona, de que es capaz de corregir el error de haber nombrado a personas indignas, tal como declaró Mariano Rajoy? ¿Una señal de es posible eliminar las malas hierbas, dejando limpio y aseado el jardín de la política? ¿La demostración de que, tal como afirman vehementemente algunos tertulianos de radio, hay muchos políticos decentes?

Cada dirigente no se corrompe de forma individual, no toma tal decisión aislado de su entorno, consultando en solitario a su conciencia

En realidad, el intento de separar los culpables de los honrados, el grano de la paja, responde a una concepción errónea de nuestro sistema político. Un camino que lleva a confundir las causas de este colosal latrocinio. Cada dirigente no se corrompe de forma individual, no toma tal decisión aislado de su entorno, consultando en solitario a su conciencia. Ni actúa en un imaginario universo neutral donde coexisten en armonía buenos y malos, justos e infames, como en el cole hay niños obedientes y traviesos.

El entorno político teje una tupida malla donde casi nadie actúa por su cuenta y riesgo sino en connivencia con muchísimos otros. O cubierto por acciones ajenas. Señalar con el dedo a los corruptos, y exonerar a los justos, conduce al absurdo, a estirar con fuerza de una cereza que arrastrará a todas las demás. La corrupción no se encuentra tanto en las personas como en el sistema, en esas perversas e informales reglas. Y en la nefasta organización institucional. En un entramado donde, con muy diferentes grados de implicación, existen pocos inocentes. No es que el sistema sea corrupto; es que la corrupción es el sistema.

Aunque la corrupción siempre fue endémica en España, el nuevo régimen introducirá nuevos métodos

Un moderno sistema de corrupción organizada

El régimen de 1978 surgió de un pacto tácito entre los partidos y la Corona para repartirse el poder y, de paso, financiarse vendiendo favores desde las estancias del Estado. Las diferencias políticas e ideológicas no serían obstáculo mientras la vaca diese leche suficiente para todos. Los suculentos ingresos se repartirían alícuotamente entre formaciones, así nadie caería en la tentación de descubrir el pastel. Para favorecer el opíparo banquete, los partidos fundadores irían desactivando los controles, desmontando los contrapesos, domesticando la prensa libre. Pavimentando un atajo que condujese aceleradamente a un sistema clientelar, de intercambio de favores.

Aunque la corrupción siempre fue endémica en España, el nuevo régimen introducirá nuevos métodos, una moderna organización para aprovechar con eficacia las enormes oportunidades que se abrían en el horizonte. Quedará atrás esa tradicional corruptela de carácter individual y artesanal, donde el mismo dirigente prevaricaba, cobraba y se beneficiaba del cohecho. Un procedimiento arriesgado, demasiado fácil de descubrir pues dejaba muy expuesto el vínculo entre favor otorgado y dinero recaudado.

Los nuevos tiempos requerían una eficiente división del trabajo, modernas técnicas de corrupción que se implantarán con el puntual asesoramiento de partidos hermanos de Francia e Italia. El nuevo método consistirá en separar adecuadamente en el espacio, e incluso en el tiempo, la prevaricación del cohecho. Para ello, la concesión de favor y el cobro de la comisión se llevarían a cabo por personas distintas, sin conexión aparente entre ellas. Y el dinero llegaría a través de complejas vías a las arcas del partido. Había nacido la corrupción organizada, una era de ubicuas y complejas tramas que cubrirán todos los rincones de la geografía. Si nadie se iba de la lengua, resultaría casi imposible descubrir incluso la mera existencia del delito. Sólo saldrán a la luz ciertos casos como fruto de la causalidad, de conflictos personales. O de despiadadas luchas entre facciones, como las que presenciamos ahora. 

Distintos grados de implicación

El novedoso sistema empujó a la corrupción a muchos militantes de los partidos fundadores que, probablemente, nunca se habrían involucrado en un episodio de corrupción individual. Dado que no se benefician personalmente y sólo tienen acceso a uno de los múltiples resortes del complejo proceso, carecen de visión de conjunto. A duras penas perciben que se trata de un colosal latrocinio. Como mucho de una limitada corruptela. Aun tratándose de acciones intolerables, seguramente se justifican pensando que los fines son justos, que están apoyando al partido que defiende sus ideas. O se nubla su conciencia, su capacidad de discernimiento, al percatarse de que la retorcida práctica es omnipresente: no puede ser tan perverso un juego en el que participa todo el mundo, del Rey al concejal.

La financiación del partido no es el único objetivo del esfuerzo corruptor, ni siquiera el principal

Con el tiempo estos "bienintencionados" afiliados sufrirán una gran decepción al comprobar que esa historia indulgente tampoco era cierta del todo. Que la financiación del partido no es el único objetivo del esfuerzo corruptor. Ni siquiera el principal. Buena parte del formidable caudal fluía puntualmente a bolsillos privados, a determinadas cuentas en Suiza. Ya no eran sólo intermediarios, cobradores y tesoreros quienes detraían un pellizco. Los altos dirigentes, apelando a la caridad bien entendida, consideraron de justicia dedicar parte sustancial a ellos mismos. Una compensación por el esfuerzo y los desvelos que garantizaría una holgada existencia al abandonar la política. Otros, todavía más pícaros, organizaron tramas de enriquecimiento al margen del partido, aprovechando un entorno especialmente propicio: no hay mejor lugar para esconder un árbol que dentro de un tupido bosque.

No son honestos los que se enriquecen personalmente ni los que contribuyen a la corrupción accionando un resorte, ese pequeño mecanismo que les fue encomendado, aunque crean que sólo ayudan a las finanzas del partido. Ni otros muchos que, sin tomar parte en alguno de estos actos, están al corriente de las infamias que se perpetran a su alrededor... y callan. Quizá pueda existir un último grupo, el formado por quienes desconocen todo cuanto se cuece en el partido.  Aceptemos pulpo como animal de compañía: estos ciegos y sordos serían los honrados. E inocentes... en todos los sentidos. 


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