En el límite

Una política de bajos vuelos

En vista de la precaria salud y estabilidad del Rey, regresaron la pasada semana los recurrentes rumores acerca de la abdicación y el inevitable debate sobre si Juan Carlos debe seguir aposentando sus maltrechos huesos sobre el trono o, por el contrario, renunciar a sus regias prerrogativas y buscar nuevos acomodos. Sin embargo, a pesar de tan sesudas argumentaciones, finalmente se trataba, en palabras del jefe de la Casa Real, de una “decisión personalísima”, o dicho de otro modo, que Juan Carlos hará, dentro de sus limitaciones físicas, lo que más convenga… a su persona. Los intereses de España pesarían bastante menos que la real gana, los beneficios propios o los réditos del entorno. O, al menos, mucho sorprendería a propios y extraños lo contrario.

Sería injusto, no obstante, atribuir al monarca la exclusiva de semejantes inclinaciones. El comportamiento nítidamente interesado se encuentra generalizado entre una élite gobernante española para la que el aprovechamiento de lo público para fines privados, la ausencia absoluta de responsabilidad o la numantina resistencia a abandonar cargos que proporcionan inmunidad – motivación que algunos atribuyen también al titular de la corona – constituyen la tónica general. Y cada día con menos dosis de disimulo. Las erráticas decisiones de los gobernantes no reflejan precisamente unas metas basadas en ideas o valores sino crudos e inmediatos intereses. Una defensa de la estructura que permite y favorece esa nefasta connivencia para el reparto de rentas. Los partidos no ganan las elecciones para aplicar su programa: hacen el programa para ganar las elecciones.

Políticos siempre interesados pero…

Sin embargo, no se puede caer en la ingenuidad de esperar unos dirigentes absolutamente generosos y altruistas, que se limiten a velar por el bien común. La clase política es interesada en todas las latitudes, tanto aquí como en la “Conchinchina”. Es, sin embargo, en el matiz donde se encuentra la diferencia. En países más asentados, ese egoísmo queda atemperado por un entorno de valores, ideales y visiones del mundo, mientras los intereses son constreñidos por un estricto marco legal. Ese tipo de políticos persigue su propio beneficio, por supuesto, pero también otros objetivos más nobles. Miran por ellos mismos sin por ello dar de lado a una visión de futuro. No así en España, donde la política se convierte en un mercadillo persa donde todo es negociable, sin idea profunda o aspiración elevada, mientras leyes y valores se retuercen en beneficio propio.

¿Por qué no se manifiestan esos valores en la política española? Hay quien piensa que vivimos en un país maldito, siempre azotado por la fatídica mala suerte. Que soportamos una desgraciada sucesión de plagas bíblicas. Que un defecto genético conduce inevitablemente al poder a unas élites expoliadoras, escasas en valores y de visión miope. No hay, sin embargo, casualidad o mala suerte: nos encontramos ante el producto previsible de perversos mecanismos que se refuerzan entre sí. Ante la consecuencia de inadecuados procesos de selección que se combinan con la ineficacia de los sistemas de control del poder y se agravan por el efecto difusor de tan viciado ambiente. El resultado sólo podía ser explosivo.

Son los partidos quienes llevan a cabo la selección de la élite política mediante procesos que escogen generalmente a los más desprovistos de escrúpulos, a aquéllos sin criterio, a los más inclinados a cambiar de opinión a orden del jefe, a los más tramposos y maniobreros. Por el contrario, imponen enormes costes psicológicos a esos militantes con ideales y visión de futuro, que generalmente acaban abandonando un entorno tan opresivo para el libre pensamiento. Al final, el aparato tiende a elegir como líderes a los más dispuestos a defender a toda costa los intereses del estrecho grupo. Se creó así una vasta clase de políticos profesionales, desprovista de valores o ideas elevadas, cuyo principal objetivo es el mantenimiento de un statu quo que proporciona enormes privilegios. Una casta refractaria a cualquier cambio que pudiera implicar merma de su poder, influencia e ingresos. 

Una política con visión de futuro

La debilidad del control democrático, el consiguiente vaciado de la mayoría de órganos del Estado, para convertirse en meras correas de transmisión de los partidos, no sólo amplían el margen de actuación de los oportunistas sino que, además, difuminan las deseables metas y objetivos de muchas instituciones, proporcionando un campo abonado para la arbitrariedad y la ausencia de reglas. Se fomenta así un desmoralizador relativismo que se extiende, por influencia y contagio, a una buena parte de la sociedad. Al fin y al cabo, cuando la trampa y la arbitrariedad parecen permitidas, siempre hay quien percibe el juego limpio, o los principios, como una seria desventaja frente a otros.

Mantener viva la política no sólo requiere una gestión racional y eficaz del día a día. Necesita unas metas y unos valores que generen ilusión y esperanza en el futuro. Los ciudadanos desean comer cada día pero también navegar con rumbo, no vagar constantemente a la deriva. Anhelan una política de altos vuelos, no una arrastrada por el suelo. Y unas instituciones sólidas y eficaces, que garanticen el recambio, no un Estado de cartón piedra que tiembla y se tambalea cuando el Rey tropieza o tiene que ser “reparado” en mecánica, chapa y pintura.

Solo un profundo cambio político, capaz de instaurar instituciones neutrales e independientes, mecanismos eficaces de control del poder y adecuados métodos de selección de los gobernantes, será capaz de cambiar radicalmente el estilo de la política en España. De transformar la gestión de lo público en un arte capaz de dar respuestas con patriotismo, ideales y visión de futuro. La gente no desea una política arrastrada por el suelo; mucho menos una clase dirigente que, cuando alguien señala la Luna, invariablemente dirige su mirada… a la cartera. 


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