En el límite

Un pasado que no volverá

La añoranza de los buenos tiempos, la nostalgia del pasado, esa peculiar melancolía por lo que se fue y no regresará, se encuentran tan arraigadas en el alma humana que conlleva un duro esfuerzo aceptar la pérdida, admitir que nuestra vida será más dura a partir de ahora. Los seres humanos no adoptamos una actitud simétrica ante los avatares de la vida. Nos adaptamos con facilidad a las situaciones favorables pero nos resistimos a aceptar la realidad cuando muestra sus aspectos más negativos. La felicidad y el gozo de la buena fortuna se disipan rápidamente mientras la congoja por un revés permanece más tiempo. Con todo, finalmente se produce el doloroso ajuste, no sin esfuerzo y sufrimiento: aunque nada pueda hacer volver los días de esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos porque fuerza hallaremos en lo que aún permanece.

A pesar de la dificultad, los ciudadanos parecen haber asumido que los tiempos de la burbuja quedaron definitivamente atrás, que se trataba de un espejismo, de un globo que explotó. Que buena parte la pérdida de renta y riqueza no es temporal sino permanente, que el entorno económico será distinto en adelante y debemos adaptar las expectativas y las decisiones a los nuevos tiempos.

Por ello, el cambio de pautas ha sido radical, mucho más profundo que en pasadas crisis. No se trata de ese ajuste coyuntural, más bien marginal, que se acomete en un mero entreacto, sabiendo que la función continuará después. Ni de esa espera a cubierto de un pasajero temporal, que amainará pronto. No, los hábitos se han transformado de forma radical, mostrando abiertamente que los ciudadanos perciben unos cambios estructurales, que perdurarán aún superada la crisis.

Un cambio en la trayectoria vital

Para finales de este año, el consumo puede haber caído casi un 10% con respecto a sus niveles del comienzo de la recesión, una cifra muy superior a la de crisis anteriores, cuando la reducción no alcanzó más de un 2,5%, regresando al poco tiempo a sus niveles anteriores. Aunque parte de este ajuste tenga su origen en la restricción del crédito, que impide a los sujetos endeudarse para consumir más, el grueso parece deberse a lo contrario: a un deseo de desendeudarse para alcanzar una senda distinta a del pasado. Pesa mucho la percepción de una menguante riqueza invertida en viviendas, la anticipación de una trayectoria de ingresos salariales muy por debajo de la anteriormente prevista y la reciente perspectiva de una pensión de jubilación muy inferior a la que prometieron los políticos durante décadas. Todo impulsa a ahorrar, si se puede, para cubrir el poco halagüeño futuro.

El consumo depende básicamente de la expectativa de ingresos en el largo plazo, que se ha deteriorado notablemente. Los ciudadanos, que ajustan su trayectoria mirando al futuro, van reduciendo su nivel de endeudamiento hasta límites más razonables y, ante la pérdida de empleo, muchos aceptan trabajos peor remunerados resignándose a una reducción del nivel de vida.

Esfuerzo, tesón y sacrificio. Los consumidores, y ese sector empresarial no dependiente de los favores públicos, van modificando su rumbo ante los nuevos y difíciles horizontes. No así los políticos, principales responsables del desaguisado que, a juzgar por sus actos, mantienen su cabeza rígida, la mirada fija en la misma dirección, pensando que todo volverá a ser como era, que la vaca engordará de nuevo y mantendrá su acostumbrada mansedumbre para ser ordeñada a placer. Por ello, aplican recortes preferentemente a los demás, raramente en aquellas partidas relacionadas con el gasto clientelar. Y, cuando es así, lo hacen con carácter transitorio.

Vivir en el pasado

Reducen el gasto público corriente pero descartan la necesaria y radical reforma de las Administraciones. Se mantiene casi íntegra una inmensa red de estructuras y empresas públicas gravosas e inútiles que, pretendidamente, servirán para colocar a una masa de simpatizantes y amigos cuando la esperada bonanza permita reanudar la orgía de gasto. Recortan notablemente la inversión pública en infraestructuras pero se trata de un paréntesis, una parada temporal, mientras anuncian que la ruinosa red de AVE retomará su imparable expansión, sin estudios rigurosos, con el fin de alcanzar todos los rincones exigidos por los caciques locales. Confían en que el diluvio de comisiones regará de nuevo el jardín de los partidos y engrosará las cuentas suizas de ciertos dirigentes tras la adjudicación de las obras.

Una nueva brecha de abre entre políticos y ciudadanos, entre los que sostienen el país con su esfuerzo y los que, confinados en su burbuja, sordos a los ruidos de la calle, creen que es posible el regreso al pasado, a los tiempos de vino y rosas. A esa etapa de especulación, falsa riqueza, impunidad y nula contestación de la opinión pública. Inconscientes de que la historia no retrocede, de que la pérdida de legitimidad es difícilmente reversible, de que su particular búnker no resistirá los azotes y acometidas de esta crisis, las élites dirigentes no llegan siquiera a atisbar que se encuentran ante la enfermedad terminal del Régimen de privilegio y favoritismo que contribuyeron a crear.

Más que miopía, se trata de una permanente falta de visión, de perspectiva. La crisis ha mostrado la verdadera naturaleza de un sistema cerrado, corrupto y caciquil, repleto de barreras a la participación política y económica. Y sus vergüenzas han sido aireadas repetidamente ante la opinión pública de manera tal que, escapados los vientos, ni el más poderoso hechicero puede devolverlos a su caja. Imposibles de convencer de que, sin cambios profundos el sistema se descompone, los partidos mayoritarios continúan agarrados al palo de un barco que se hundirá tarde o temprano. Ya dijo lo dijo el clásico: los dioses ciegan a quienes quieren perder


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