En el límite

¿Un país de tramposos?

Justo cuando la historia se dispone a pasar la página del caduco régimen de la transición, algunos difunden un mensaje de pesimismo y resignación. No existe cambio político capaz de mejorar nuestro país, sostienen, pues el mal no se encuentra en los dirigentes, sino en la propia ciudadanía. La corrupta clase política sería el mero reflejo de una sociedad permeada por la picaresca, un espejo de esa España de lazarillos y buscones. Cualquier transformación toparía con la peculiar naturaleza de los españoles, sólo honrados cuando carecen de otra opción.

Por suerte, se trata de una visión completamente equivocada: la honradez o la deshonestidad no son características inmutables de una nación. No existen pueblos genéticamente pícaros ni otros intrínsecamente honrados. Ni el grado de integridad depende de raza, cultura o religión: es producto de los incentivos, percepciones e interacciones que generan las propias instituciones del país. 

The Honest Truth About Dishonesty es un libro reciente, muy ilustrativo de los mecanismos que conducen a un país hacia la corrupción generalizada. Tras experimentar con varios miles de personas, Dan Ariely, profesor de Economía del Comportamiento en la Duke University, explica con desenfado los determinantes de la corruptela, el fraude, la trampa y la mentira, cuando hay algunos dólares en juego.  

Ariely descubre que, en toda población, existe un pequeñísimo porcentaje de sujetos realmente tramposos y embusteros, proclives a retorcer las normas, engañar o falsear bajo cualquier circunstancia en beneficio propio: son los corruptos natos. Sin embargo, la mayoría se encuentra sometida a dos impulsos contrapuestos: desea verse a sí misma como persona honrada pero, al mismo tiempo, se siente tentada por el beneficio que proporciona la picaresca. Los individuos normales no son santos ni demonios; el predominio de una u otra fuerza depende de su entorno. El sujeto típico alcanza el fiel de su balanza haciendo alguna trampa, pero sólo hasta el punto en que comienza a comprometer la buena imagen que tiene de sí mismo. Y ese punto depende de interesantes circunstancias ambientales. 

Yo soy tramposo porque eso es lo que vi…

La intensidad de fraude o engaño que se permiten los individuos está determinada por los ejemplos públicos observados y por el nivel de honradez que perciben en los demás. Por ello, la deshonestidad es contagiosa, una epidemia que puede extenderse a través de las expectativas de la gente. Si un sujeto piensa que los demás hacen trampa, se siente más justificado para infringir las normas. Un caso público de falta de honradez tiende a ampliar los límites de lo éticamente aceptable y a generar nueva picaresca.

Ariely observó que los individuos hacían muchas más trampas cuando recibían sus ganancias en fichas, canjeables en dólares, que cuando cobraban el producto de su pequeño fraude directamente en dinero contante y sonante. Las personas se justificaban tanto mejor cuanto mayor era la distancia psicológica entre la mala acción y la recompensa. No era lo mismo pensar en verdes billetes que imaginar inocentes fichas de plástico, aunque posteriormente se convirtieran en dinero. La intensidad de la picaresca también aumentaba cuando el beneficiario final del engaño no era el protagonista, sino una tercera persona. El ser humano posee una enorme facilidad para disculparse en nombre de un malentendido altruismo, ese Robin Hood que todo hijo de vecino lleva dentro. Por el contrario, el recordatorio de principios éticos o morales, incentivaba notablemente la observancia de las normas.

Una vez que un sujeto violaba por primera vez sus códigos éticos, experimentaba menos dificultad para hacerlo de nuevo al quedar relajadas las restricciones morales. Y lo más interesante de todo: los experimentos, inicialmente en los Estados Unidos, se repitieron en Israel, China, Italia, Canadá, Turquía e Inglaterra. ¿Mostraba el ciudadano de la corrupta Italia una conducta menos honrada que el habitante de la América puritana? No, los participantes de todos los países manifestaron exactamente la misma propensión a la picaresca. El comportamiento de todos los colectivos fue idéntico ya que el experimento aislaba a los individuos de su contexto social e institucional, sometiéndolos a condiciones equivalentes. No había nacionalidades más o menos inclinadas al fraude sino equilibrios institucionales muy distintos.  

Yo soy honrado porque robo para el partido

Estos resultados ofrecen algunas pistas sobre el proceso de putrefacción del régimen político español y la extensión de la picaresca. La política ejerce un irresistible atractivo para los sujetos extremadamente corruptos, esos no sometidos al freno de los principios y la conciencia. Si los procesos de selección son imperfectos, estos individuos tienden a conformar un porcentaje significativo de la clase política.

En España, estos procesos son manifiestamente perversos pues, ante la imposibilidad de voto a candidatos individuales, son los partidos quienes llevan a cabo la selección de las personas, con criterios muy distintos a la honradez o los principios sólidos. La carencia de espíritu crítico, la conducta oportunista, la capacidad para la intriga o la proclividad a la trampa, son atributos muy oportunos para el éxito dentro de los partidos. Y un sistema político sin controles eficaces proporciona un campo abonado para este tipo de sujetos. 

El tipo de corrupción que predomina en España, aquélla organizada por los partidos, favorece también la participación de políticos normales en actividades inconfesables pues aporta dos potentes inhibidores de la responsabilidad individual. La división de tareas entre los que otorgan los favores y los que cobran los sobornos contribuye a incrementar enormemente la distancia psicológica entre fraude y recompensa. Además, la creencia de que el beneficiario final del dinero es el partido, otorga a los participantes esa aureola del altruismo: “soy honrado porque, en el fondo, contribuyo a una buena causa”. Para justificarse por su participación en la corrupción organizada, el individuo puede aferrarse a estos elementos, ausentes en la corrupción individual. 

Una vez generalizadas las corruptelas en la clase política, algunos ciudadanos incorporan la información a su lógica de comportamiento. En un marco de integridad actuarían con más honradez pero en un ambiente dominado la corrupción ven su pequeña picaresca menos reprobable. No estando dispuestos a ser los únicos “primos”, prefieren actuar como yernos, reforzando así los malos hábitos sociales.

No es necesario transformar a las personas, basta con cambiar el entorno. Un sistema político bien diseñado genera un equilibrio aceptablemente honrado; uno perverso conduce a un equilibrio muy corrupto, a un círculo vicioso que se refuerza sin cesar. Escapar del agujero negro requiere un cambio drástico en las reglas del juego, una profunda y radical reforma política que proporcione un enérgico impulso, una colosal volea capaz de catapultar la esfera institucional al equilibrio contrario. Sencillo no es. Posible, sí.


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