En el límite

Quién paga los impuestos

El reciente informe de la comisión de expertos para la reforma fiscal fue recibido por la opinión pública con una catarata de críticas. Tantas, que quizá superen a las encajadas por Cristóbal Montoro por su constante escalada impositiva. Ninguna sorpresa. El político sube los impuestos pero busca un técnico a quien echar la culpa, a quien arrojar a los leones en presencia del público. Un 'pimpampum' que atraiga la lluvia de tartazos y tomatazos. Hay que ser muy experto, pero algo menos prudente, para prestarse a un juego donde el gobierno seguirá finalmente las recomendaciones que le convengan, rechazará las que le venga en gana y compondrá un discurso donde las bajadas de impuestos serán mérito del ministro, las subidas culpa de los expertos y las propuestas impopulares no aplicadas… una muestra de la generosidad del Ejecutivo.

Los informes, dictámenes y recomendaciones tienen escasa eficacia en un país donde los principios generales de la tributación entran en constante contradicción con el proceso político, conduciendo a otros criterios prácticos bastante más difusos aunque identificables. Existe una amplia brecha entre lo que recomienda la doctrina fiscal y lo que los gobernantes realmente aplican. Cualquier similitud entre ambos es pura coincidencia.

No pagan más impuestos quienes más tienen o más ganan. La letra pequeña, tan larga como compleja, contempla numerosas excepciones, deducciones, desgravaciones, siempre a medida de esos grupos con influencia política. Una colección de agujeros por los que se cuelan los amigos, todos aquéllos que pululan alrededor del poder en busca de favores. Finalmente, la carga fiscal depende menos de la capacidad de pago que de la cercanía al poder político, de la inclinación a comprar privilegios o de la disposición a ejercer presión. Como corolario, los impuestos no siguen el conocido principio de sencillez pues la normativa debe ser lo suficientemente compleja y enrevesada como para privilegiar a unos grupos, desplumar a otros y mantener la ficción de que la aplicación es justa y equitativa. Si usted no pertenece a un grupo influyente, ni a un fuerte lobby comprador de favores… deberá rascarse el bolsillo. 

Una recaudación siempre insuficiente

La estructura impositiva óptima debe distorsionar lo menos posible la actividad económica pero, en la práctica, los gobernantes muestran especial predilección por otras vías que permitan ingresar de forma rápida, cómoda y sencilla. Por esos métodos facilones, que generan pocos quebraderos de cabeza a la Hacienda Pública, con independencia de los daños causados a la economía. Existe especial fijación con los contribuyentes cautivos, esos que carecen de oportunidades de escapar. Los asalariados, especialmente con vivienda en propiedad, son presas fáciles de cazar. Menor presión experimentan los más móviles, esos  que podrían hacer la maleta en cualquier momento, decir adiós agitando la mano y dejar al recaudador con tres palmos de narices. Así, el impuesto sobre la renta es básicamente una carga sobre los asalariados, las nóminas, las clases medias. Diera la impresión de que el Estado conserva algunos tics, ciertas costumbres de ese origen en la noche de los tiempos como bandido que se instalaba en el pueblo la víspera de la recogida de la cosecha.

Pero los métodos han avanzado, se han sofisticado hasta el punto de que algunos impuestos se han tornado borrosos, indoloros, casi invisibles para la mayor parte de los contribuyentes. Delegando la recaudación en las empresas, el Estado logra que la mayoría abone tributos sin necesidad de mover un dedo, sin ser consciente de ello. Muchos asalariados pueden llegar a olvidar que hay una retención, esa parte del sueldo que nunca se materializa, ese concepto similar a las meigas: existe aunque nadie lo haya visto. La mayoría de trabajadores mide sus ingresos como el salario neto, olvidando otros conceptos. Y pocos consumidores se detienen a calcular el IVA satisfecho cada vez que hacen la compra. Sólo empresarios y autónomos toman plena consciencia de la verdadera carga impositiva. 

Aunque, idealmente, la presión fiscal debe ser suficiente para cubrir los servicios públicos que son socialmente necesarios, en la práctica la relación de causalidad se ha invertido completamente. Cuando hay recaudación abundante, los políticos van inventando nuevos gastos, nuevos organismos para colocar a los amigos, nuevas redes clientelares para captar adeptos o nuevas obras faraónicas, con frecuencia innecesarias. Establecen unas estructuras burocráticas rígidas, permanentes, muy resistentes al recorte cuando el ciclo se torna desfavorable. Así, por definición, los impuestos nunca son suficientes. Cuanto más se exprime al contribuyente más dilapidan los gobernantes en conceptos superfluos o, al menos, discutibles. Como Alicia al otro lado del espejo, la recaudación debe crecer a toda prisa, tan sólo para mantenerse en el mismo lugar.

Pescar peces en un cubo

El problema fiscal español no es tanto económico como político. El grueso de la carga tributaria acaba recayendo sobre aquellos que carecen de la capacidad de ejercer presión, sobre los más atados al terreno y sobre los menos conscientes de la cuantía de impuestos que pagan. Es decir, sobre las clases medias asalariadas. Las autoridades tributarias muestran inclinación a recaudar con ese estilo propio de quien pesca peces en un cubo.

Adelante, si logran abrirse paso, esas reformas fiscales capaces de repartir la carga más equitativamente, de reducir o eliminar  favoritismos, de avanzar hacia una mayor transparencia, de evitar que siempre paguen los mismos. Pero de poco servirán si no se aborda la vertiente del gasto, allí donde los intereses políticos se dejan sentir todavía con mayor intensidad. Quizá se moderaría el derroche, y se repartirían mejor los impuestos, si muchos contribuyentes tomaran mayor consciencia de lo que pagan y exigiesen un buen uso de sus recursos. La recaudación quedará siempre rezagada si los ciudadanos no se plantan para limitar el despilfarro, controlar las subvenciones, reducir apreciablemente las redes clientelares o poner coto a las innecesarias obras faraónicas. Esos dispendios que nadie sabe a que obedecen… pero todo el mundo lo sospecha.


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